domingo, 9 de julio de 2017

Andaluces con ADN germánico en las Carolinas

Andaluces con ADN germano: 250 años de la colonización alemana de Sierra Morena.

La Carolina es un municipio de parada y fonda nada más cruzar Despeñaperros camino de Cádiz. Tiene 15.000 habitantes y unas avenidas interminables cortadas milimétricamente en cuadrícula como si fuera Nueva York. La Carolina es un templo de la caza y el paté de perdiz, tierra de olivos frente a los cerros de Úbeda (los de verdad), epicentro de la reconquista (en sus alrededores tuvo lugar la batalla de las Navas de Tolosa en 1212) y refugio de bandoleros en Sierra Morena. La Carolina está de cumpleaños. Nació hace 250 años como punta de lanza de un proyecto pionero de repoblación y políticas públicas que trajo a España 6.000 colonos centroeuropeos a cambio de tierras.

La Carolina, en el norte de Jaén, celebra estos días la fundación de las llamadas Nuevas Poblaciones de Sierra Morena. Eventos, conferencias y exposiciones recuerdan un hito de la historia de Andalucía muy olvidado. Apenas quedan restos del proyecto que idearon los ministros ilustrados de Carlos III. Resiste un legado revolucionario en aquel tiempo de políticas públicas y reparto de tierras para su cultivo en un lugar de señoríos y latifundios.
Y sobreviven apellidos alemanes impropios de estos lares, danzas tirolesas nada parecidas a las sevillanas y costumbres como pintar huevos de Pascua. Poco más. Algunos dicen que hay más rubios con ojos azules que la media habitual. Un mito quizá exagerado, pero médicos alemanes han hecho estudios en épocas distintas a lo largo de la historia para comprobar si resistía la genética prusiana en el norte de Andalucía. La leyenda dice que los nazis buscaron pruebas de la superioridad aria en Jaén.
Francisco Pérez-Schmid es cronista de Aldeaquemada, Navas de Tolosa, Santa Elena y Montizón, cuatro de los 16 municipios que integraron las Nuevas Poblaciones. La Carolina fue su capital. Su antepasado Felipe Schmid llegó desde Alemania a este paraje prácticamente desierto del norte de Andalucía hace ahora 250 años. Él firma sus textos con ese apellido compuesto para evitar que se pierda el legado de su familia.

“Queda una idea de la implicación de la Corona en las políticas públicas y las posteriores leyes de repartimiento de tierras que hubo”, dice Pérez-Schmid. “En lugar de quitar o expropiar tierras a los nobles o la iglesias se consiguió convencerles de los beneficios de un arrendamiento a largo plazo”.

Carlos III comisionó las Nuevas Poblaciones al jurista Pablo de Olavide. El proyecto buscaba un objetivo triple: poblar una zona despoblada; aumentar la seguridad de los caminos de Sierra Morena, por donde pasaban todas las riquezas de América hacia Madrid; y paliar la falta de alimentos básicos.
La idea de traer extranjeros fue una manera de dar ejemplo. España quería demostrar que podía acoger gente de otros países, darles casa, trabajo y una forma de vida. Olavide encargó a Johann Kaspar Thürriegel, un coronel bávaro que trabajaba al servicio de Carlos III, la contrata. La única condición era que fueran jóvenes, católicos y conocedores del campo. En los documentos de la época, se vendía esta oportunidad como una puerta a la felicidad.
Thürriegel trajo los colonos fundamentalmente de Alemania, pero también había suizos, franceses, italianos y hasta húngaros. Algunos llegaron en carros. Otros, por ejemplo, dejaron barcos que enfilaban Puerto Rico para recalar en Jaén. Se calcula que llegaron unos 6.000 colonos de diversos estratos sociales. En 1767 se fundó La Carolina como capital y se empezó a acoger a los primeros colonos. El rey concedió un fuero especial a las Nuevas Poblaciones. La cosecha no tributaba y a los extranjeros se les entregaron lotes de tierra, material de labranza y vivienda.

No fue fácil”, explica Pérez-Schmid. “No había nada. Costó un poco arrancar”.

Una epidemia de paludismo en 1768 diezmó la población de colonos. La Corona llevó a catalanes y valencianos para no abandonar el proyecto. La idea de Carlos III siempre fue españolizar a los extranjeros. Lo consiguió rápidamente. Una vez superadas las enfermedades, los nuevos habitantes empezaron a prosperar, crecieron los matrimonios mixtos y el alemán y las costumbres extranjeras desaparecieron.
La muerte de Carlos III fue el principio del fin de las Nuevas Poblaciones. No se le retiró definitivamente su fuero especial hasta 1835, pero el grifo económico se había cerrado mucho antes. La guerra de la independencia, la dominación francesa, las Cortes de Cádiz y el trienio liberal pasaron factura al proyecto. Los años borraron casi por completo los vestigios de la colonización.

Danza de los locos

Algunos de ellos se recuerdan estos días de celebración. Los vecinos de La Carolina se visten con trajes de época. Un grupo del municipio de Fuente Carreteros baila la llamada danza de los locos, de origen tirolés. En el pueblo de San Sebastián de los Ballesteros se cocina un pavo con fideos cuya receta, dicen, se remonta al tiempo de los colonos.
Muchos historiadores creen que Franco se inspiró en el plan de Olavide para su colonización agraria, uno de los mayores movimientos migratorios de nuestra historia. La Carolina y algunos municipios del norte de Jaén recuperaron fugazmente su esplendor durante la época de las minas de plomo, que también atrajo población extranjera: ingenieros ingleses y alemanes fundamentalmente.
Pero las minas también cayeron. El norte de Jaén vive ahora de la oliva, una industria demasiado pequeña y una escuálida oferta turística. Algunos de sus municipios concentran las tasas de paro más altas de España. “Es importante recordar todo aquello. Saber quienes somos”, dice Pérez-Schmid. “Proteger lo que queda del patrimonio de los colonos labradores es una obligación”.

Fuente: El español


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