lunes, 23 de julio de 2012

Rodrigo Díaz, el Cid campeador. Part II

El 27 de diciembre de 1065 muere en León el rey Fernando I, dividiendo los reinos entre sus hijos, quedando para Sancho, el primogénito, Castilla con las parias de Zaragoza, a Alfonso, Asturias y León, con las parias de Toledo, y al pequeño García, Galicia y Portugal, con las parias de Sevilla y Badajoz. Es durante estas fechas, cuando debido a ciertas acciones expansionistas castellanas sobre Zaragoza, se produjeron ciertos duelos y enfrentamientos entre caballeros navarros y castellanos, encontrándose entre estos últimos el joven caballero Rodrigo Díaz, quien venció al ilustre caballero de Pamplona, Jimeno Garcés, recibiendo desde entonces el apelativo de Campeador —Campi Doctus, diestro en la pelea—. El valor y la destreza militar del joven caballero comenzó a ser pronto conocida, y valorada por el rey, quien hizo que el joven guerrero le acompañara siempre en todas su actuaciones, siendo puesto por éste al frente de sus mesnadas portando el estandarte real de Castilla, en la batalla de Llantada contra el rey leonés Alfonso, en la que Rodrigo volvió a distinguirse en la victoria. También participó en la de Golpejera, en la que Sancho ganaría el reino leonés que uniría a los reinos de Galicia y Portugal arrancados años atrás a su hermano García, y al de Castilla que ya poseía. Reunido de nuevo bajo un mismo cetro los reinos de Castilla y León, Rodrigo Díaz se convertirá por dichas fechas en uno de los nobles de confianza del monarca. Sin embrago ese mismo año durante el asedio de Zamora, ciudad en la que su señora, Urraca, hermana del rey, se resistía a la unión castellano-leonesa, un caballero zamorano llamado Bellido Dolfos acabó con la vida de Sancho II, un domingo 7 de octubre del año 1072. De esta manera acababa la vida de un monarca breve pero brillante, y principal valedor de Rodrigo Díaz, siendo enterrados sus restos por disposición suya, en el monasterio de San Salvador de Oña, panteón tradicional de los condes castellanos, demostrando con este último gesto su vinculación, no reñida con su visión imperial hispánica, a Castilla, de la que fue su primer rey.
Reconocido su desterrado hermano Alfonso como rey de León, Castilla, Asturias y Galicia, en los documentos otorgados por el nuevo monarca, parece en repetidas ocasiones entre los fieles del mismo, el nombre de Rodrigo Díaz, especificándose en la valiosa fuente de la Historia Roderici , que el rey Alfonso lo recibió como vasallo, probablemente, como apunta el profesor Martínez Díaz en su completísima obra El Cid histórico, por el prestigio que este infanzón tenía en Castilla, queriendo atraerse a los caballeros castellanos. Prueba de esta buena disposición real, fue el patrocinio por parte de Alfonso VI del enlace matrimonial entre Rodrigo y la asturiana Jimena Díaz, hija del conde de Oviedo —quien por cierto no era alférez real, ni murió en duelo con el Cid, como pretende la leyenda—, y descendiente por parte materna del rey Alfonso V de León. De esta manera, Rodrigo Díaz se vinculaba asimismo a los territorios de León y Asturias, en los que residió durante sus primeros años de matrimonio, cercano al séquito real no regresando a Castilla hasta el año 1076. Parece obvio que durante esos años tampoco ocurrió uno de los importantes hechos narrados en la leyenda que envuelve a Rodrigo Díaz, nos estamos refiriendo a la Jura de Santa Gadea, bello y sugerente episodio que no aparece recogido en documentación histórica alguna, ya que no se aprecia enemistad alguna por estas fechas entre el infanzón y el rey, y sencillamente, por lo imposible y absurdo de poder, en dicha época, doblegar y ofender impunemente a un rey castellano.
Si que ha podido establecerse, en cambio, un hecho que poco tiempo después pudo iniciar la mala disposición que el rey Alfonso VI mantendrá durante algunos años con su vasallo Rodrigo. Se trata de una embajada a cargo del Campeador para cobrar las parias al rey al-Mutamid de Sevilla, en el trascurso de la cual se enfrentó en batalla, siguiendo las condiciones de vasallaje con los reinos sometidos, con las fuerzas de la taifa rival de Granada, entre las que se encontraban ciertos caballeros leoneses con el conde García Ordóñez a la cabeza en idéntica misión a la de Rodrigo, que fueron por este vencidos y humillados en Cabra. La ofensa inferida al conde leonés, uno de los nobles más próximos a Alfonso VI, es una de las causas apuntadas por diversos historiadores, por la Historia Roderici, y por Martínez Díez, como el origen de la pérdida del favor real. La posterior, y al parecer inoportuna acción militar del Campeador contra la taifa de Toledo, que comprometió seriamente la política leonesa, propició la orden de destierro por parte del rey contra Rodrigo Díaz en el verano del año 1081.
Con el destierro de Rodrigo, comienza la bellísima obra literaria del Cantar del Mio Cid, de la que recomendamos su lectura, pero en la que los hechos relatados, no obstante a estar basados en un hecho real, difícilmente pueden ser ratificados por la historia. Nos inclinamos mejor a pensar que se trata de uno de esos maravillosos cantares heroicos tan unidos al alma y la personalidad castellana, basado en los hechos reales y ficticios de una personalidad extraordinaria del siglo XI castellano.
Al comenzar el destierro, Rodrigo Díaz se dirigió a Zaragoza. Perdido el favor real y sus tierras, partió a “ganarse el pan”, ofreciendo sus servicios como guerrero al frente de su hueste, al rey al-Muqtadir, sirviendo fielmente a este nuevo señor y a su hijo y sucesor al-Mutamin, y ensanchando los límites de este reino, durante los cinco años siguientes. Durante este tiempo acrecentó aún más su prestigio militar con sus intervenciones militares en las diversas reyertas entre los reinos de taifas, intentando no intervenir en las disputas que éstos tenían con sus hermanos de sangre. Fue entonces cuando comenzó a ser llamado entre los moros Sidi, que en árabe peninsular venía a significar Mi Señor, transmitido al romance castellano como Mio Cid, apelativo bajo el cual será reconocido universalmente.
Durante el año 1083, y debido al desastre de Rueda, se produce un primer acercamiento entre el Cid y el rey Alfonso, al poner el primero su persona y sus tropas a disposición real, sin embargo este acercamiento no fructificó, volviendo de nuevo al servicio del rey moro de Zaragoza., llegando durante el cual en sus cabalgadas hasta la región de Morella y construyendo una fortaleza en el territorio próximo de Olocau, perteneciente a la taifa de Lérida. Durante esta campaña, se enfrentó el Cid en Morella a las tropas de al-Fagit y su aliado Sancho Ramírez de Aragón confiriéndoles una dura derrota. Eran tiempos en los que se confundían los intereses de los reinos, y se enfrentaban europeos contra europeos en las reyertas de islámicos, paralizando con estas luchas estériles la reconquista. Se trata de una dinámica que pronto iba a cambiar en virtud de un importante acontecimiento histórico protagonizado por Alfonso VI. Se trata de la conquista de Toledo ocurrida en el año 1086, hecho que motivó la preocupación unánime de los reinos musulmanes, y el desembarco en Algeciras en junio de dicho año de las temibles tropas almorávides llegadas desde África al mando de Yusuf ibn-Texufin. A diferencia de los relajados moros ibéricos, la secta almorávide predicaba la pureza del Corán y una vida austera de lucha, y sus tropas se habían forjado en las penosas condiciones del desierto y la conquista del Rif y del Magreb. Cuatro meses después de este desembarco, se enfrentaban a las tropas castellano-leonesas en el campo de Sagrajas, situado en la ribera del río Guadiana, sufriendo estas últimas una dura derrota que comprometió seriamente el equilibrio entre los reinos cristianos y las taifas, y que a punto estuvo de dejar Toledo y el reino de Castilla en manos de los almorávides, frenando momentáneamente la expansión castellana. Sagrajas supuso pues un replanteamiento de la actitud de los reinos cristianos, que ante el peligro de una recuperación musulmana decidieron forjar nuevas alianzas con el fin de replantearse una unidad conjunta para la reconquista del territorio peninsular y la futura expulsión de los invasores africanos. Por ello, entre 1086 y 1087, un ejército europeo formado por caballeros borgoñones, provenzales, languedocianos, lemosinos y normandos cruzó los Pirineos para ponerse al servicio del rey Alfonso, y que tras la retirada almorávide debido al fallecimiento en Ceuta del hijo de Yusuf, se ofrecieron al rey de Aragón, que por aquellas fechas intentaba la conquista del castillo de Graus.
E. Monsonís

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