sábado, 28 de julio de 2012

Nuestra Castilla

¿Alemania? NO!, Castilla

Rodrigo Fernández de Castro "el Calvo"

Rodrigo Fernández de Castro «el Calvo» (c. 1090—c. 1142). Ricohombre castellano del linaje de los Castro, hijo segundo de Fernando García de Hita y su primera esposa Trigidia Fernández.
Igual que su hermano Gutierre, fue hombre de confianza del rey Alfonso VII de León, quien en 1130 lo nombró alférez real y jefe de la milicia toledana en 1134, recibiendo también varias plazas en Extremadura y en Castilla. Junto con su hermano Gutierre, participó en la empresa del Guadalquivir en 1138. Fue uno de los caballeros que partició en el sitio de Coria en 1138 junto con el conde Rodrigo Martínez que murió en dicha batalla. También lucho en sitio de Oreja en 1139. Se distinguió en estas hazañas, mereciendo el calificativo por parte del cronista del emperador de muy brillante en la guerra. Fue alcalde de Toledo y de Oreja en 1139 y tenente de Ávila en 1142.
Contrajo matrimonio antes de junio de 11241 con Eylo Álvarez, hija de Álvar Fáñez y la condesa Mayor Pérez. Una vez viuda, Eylo volvió a casar antes de 1148 con el conde Ramiro Froilaz. Rodrigo y Elo fueron padres de cinco hijos:

-Fernando Rodríguez de Castro "el Castellano" quien heredó la jefatura de la Casa de Castro de su tío Gutierre Fernández de Castro.
-Pedro Rodríguez de Castro, mayordomo mayor de León en 1185 y tenente de Grado, Tineo, Pravia
y Limia. Casado con Urraca Rodríguez de Guzmán.
-Álvaro Rodríguez de Castro, mayordomo mayor del rey Fernando II de León. Gobernó Asturias, Sarria, y las torres de León. Fue el segundo esposo de la reina Urraca la Asturiana con quien tuvo a Sancho Álvarez de Castro.
-Gutierre Rodríguez de Castro, casado con Elvira Osorio, señora de Lemos y Sarria.
 Sancha Rodríguez de Castro, mujer de Álvaro Rodríguez de Guzmán, tenente de Mansilla.

viernes, 27 de julio de 2012

Caballero hispano musulman del siglo X - XI. Reino de Toledo

Álvar Fáñez y el Cantar de mio Cid

En el Cantar de mio Cid, Álvar Fáñez es mencionado unas treinta veces como lugarteniente y amigo inseparable del Cid Campeador, el único en quien confiaba en circunstancias difíciles. En la única copia manuscrita que se conserva del poema, hecha por un tal Per Abat en 1207, se le designa indistintamente Minaya Álvar Fánez, Álvar Fáñez Minaya o simplemente Minaya, con algunas variantes gráficas (habitualmente «Albarffanez», donde la grafía n fonéticamente representa la palatal nasal /ñ/). Las versiones posteriores, de las cuales la canónica es la de Ramón Menéndez Pidal, han modernizado la grafía del nombre fijándola en la actual de Álvar Fáñez. En la faltante primer hoja del manuscrito (reconstruida por referencias de terceros) el juglar afirmaba que Álvar Fáñez, del Cid era primo hermano. Algunos documentos de la época lo caracterizan como sobrino del Cid, quien habría tenidos otros hermanos y hermanas, no bien identificados.
Aunque, según M. Pidal, el poema fue escrito alrededor del año 1140, poco después de los hechos relatados (si bien actualmente el Cantar se fecha hacia el año 1200), el anónimo juglar o autor culto con conocimientos de derecho que lo escribió (de la región de Medinaceli o actual provincia de Guadalajara, a juzgar por los detalles geográficos) no se preocupó por la exactitud histórica sino por los efectos dramáticos. Esto se explicaría bien con una fecha de composición tardía, que hubiera desdibujado los hechos de la historia.
Álvar Fáñez es en esta epopeya cumbre de la literatura heroica medieval española una especie de álter ego del Cid, que lo acompaña tanto en sus campañas de la Reconquista como en el exilio, con la crucial función literaria de permitirle expresar sus sentimientos más íntimos en momentos críticos. Además de otras inexactitudes históricas, consta en documentos de la época que en muchas de las ocasiones en que el poema lo sitúa en compañía del Cid, Álvar Fáñez se encontraba en otros lugares. El historiador Gonzalo Martínez Diez, en El Cid histórico, va más lejos aún, afirmando que nunca perteneció a los ejércitos del Cid y que actuó de modo totalmente independiente en las campañas guerreras de Alfonso VI, lo que parece estar avalado por los datos biográficos arriba transcriptos. Sin embargo, un eco histórico puede ser la actividad de Álvar Fáñez en la taifa de Valencia entre 1085 y 1086, adonde fue enviado por Alfonso VI con el fin de entronizar al exrey de la taifa de Toledo al-Qadir y sostenerle en sus primeros años de mandato; circunstancia geográfica que podría haber influido en el Cantar, al relacionar un conocimiento histórico de la actividad de Álvar Fáñez en Valencia con las campañas levantinas del Cid. El Álvar Fáñez épico es el lugarteniente, alférez o brazo derecho del Cid, además de aconsejarle, sobre todo, en cuestiones estratégicas; representa también la voz única del sentir de su mesnada y le son encargadas misiones delicadas, como las embajadas ante el rey Alfonso con presentes para solicitar su perdón. Al Cid le presta una fidelidad incondicional.

Banderas de Castilla

Actuaciones que se atribuyen a Alvar Fañez

En fechas no bien determinadas: mandó construir el Castillo de Huelves; participó en la reconquista de las poblaciones de Alcocer (una de cuyas puertas lleva su nombre), Horche, Mondéjar, Romanones, Tendilla, Santaver (en el curso alto del Guadiela), Toledo, Valdeavero (hasta entonces dependiente de Alcolea del Torote, pasó luego a ser señorío prelaticio y después real). En Tendilla, provincia de Guadalajara, existe un cerro que llaman de Barafañez, en su honor. En Huete, provincia de Cuenca, también reconquistado por las huestes de Alfonso VI, hay un cerro llamado Álvar Fáñez.
 En 1077 reconquistó Medina del Campo.

Entre 1085 y 1086 fue gobernador de Valencia.

La noche del 23 de junio de 1085, en camino hacia Guadalajara, reconquistó la villa de Horche de los moros. Hay allí un monumento a Álvar Fáñez que conmemora el acontecimiento.

Al día siguiente, día de San Juan, en una arriesgada acción de sus tropas, reconquistó la ciudad amurallada de Guadalajara. Todavía se conserva allí el Torreón de Alvarfáñez por donde se dice entró a la ciudad. Afirman algunos historiadores que sus pobladores le expresaron su reconocimiento incorporando su figura en el escudo de la ciudad.

En 1086 fue derrotado en Peñafiel por los almorávides dirigidos por Yusuf ibn Tasufin.

El 23/10/1086 encabeza la carga de las tropas castellanas de Alfonso VI que en la batalla de Zalaca, en las cercanías de Badajoz, fueron derrotadas por los almorávides de Yusuf ibn Tasufin.

En 1088 manda las fuerzas que saquean la zona y toman la fortaleza de Aledo en Murcia.
 A finales de 1088 o comienzos de 1089 encabezó una expedición militar de castigo contra el rey Abd Allah al-Muzaffar de la taifa de Granada debido a la ayuda que el rey andalusí había prestado al Imperio almorávide.

En 1091 colaboró con las tropas del rey Al-Mu'tamid de Sevilla contra los almorávides, pero fue derrotado en Almodóvar del Río (actual provincia de Córdoba).

A fines del siglo XI, como parte de la repoblación de la zona, fundó el pueblo de Íscar. El acontecimiento es rememorado por el infante Don Juan Manuel en su obra El Conde Lucanor cuando dice «Don Álvar Háñez era muy buen omne et muy onrado et pobló a Ixcar».

En 1097 es nombrado gobernador de las fortalezas fronterizas del valle del Tajo y Guadiela: Santaver y Zorita de los Canes. Defendiendo esa región se mismo año es derrotado por el gobernador almorávide de Murcia, Muhammad ibn Aisa (hijo del emir Yusuf ibn Tasufin) cerca de Cuenca, perdiendo esta ciudad, que reconquistaría, por muy breve periodo, en 1111.

En la primavera de 1108 dirigió los ejércitos castellanos en la batalla de Uclés, sufriendo una grave derrota ante los ejércitos de Yusuf ibn Tasufin. En esa batalla fue muerto el infante Sancho Alfónsez, hijo del rey Alfonso VI. Álvar Fáñez logró eludir el cerco almorávide, dirigiéndose hacia el norte para proteger los cauces alto y medio del río Tajo.

Tras la muerte de Alfonso VI en 1109, Urraca I le otorgó el título de I señor de Peñafiel y lo designó tenente y jefe militar de la ciudad de Toledo (Toletule dux), defendiéndola ese año del cerco del ejército almorávide, que había vencido en Uclés.

Reconquistó Cuenca en 1111, aunque solo pudo mantener la plaza por un corto tiempo.

Alrededor del año 1112 fue alcaide del castillo de Peñafiel.

Álvar Fáñez fue asimismo señor de Sotragero, de Villafañe y de Zorita de los Canes.


 

Alvar Fañez, un héroe a la sombra del Cid

El noble Álvar Fáñez, o «Álvaro Háñez», llamado históricamente Minaya (del posesivo romance «mi» más el euskera anai, 'mi hermano') (León o Castilla, hacia 1047 – Segovia, abril de 1114), fue uno de los principales capitanes del rey Alfonso VI de León tanto en la conquista de las taifas del norte de la península ibérica, como en la repoblación de los territorios así ganados a los musulmanes y en la defensa frente a la expansión del Imperio almorávide. Cumplió un destacado papel protegiendo la frontera de Castilla entre Cuenca y Toledo, región que a mitad del siglo XII era conocida como «tierra de Álvar Fáñez».
Es mencionado por su fama como guerrero ya hacia 1147 en el Poema de Almería, donde se señala que era «conocido por todos» (cognitus omnibus), que el Cid lo ensalzó y que solo fue superado en méritos bélicos por Rodrigo Díaz el Campeador. Además, su figura fue popularizada por las muchas menciones que de él hace el Cantar de mio Cid como amigo, principal lugarteniente (lo que es falso) y primo o sobrino del Cid Campeador, que sí refleja un parentesco histórico.
Poco antes de su muerte, en 1065, el rey Fernando I de León y conde de Castilla, dividió su reino entre sus cinco hijos. Su primogénito Sancho recibió el Reino de Castilla, Alfonso el de León, García el de Galicia, Elvira (Señora de Toro) ingresó en un monasterio y a Urraca le concedió el señorío de Zamora. El rey Sancho II de Castilla organizó un ejército para forzar a sus hermanos a la reunificación del reino, ejército en el que destacó un joven Rodrigo Díaz de Vivar, popularmente conocido como El Cid Campeador.
Su patronímico «Fáñez» o «Háñez» permite deducir que su padre pudo ser un Fan Fáñez o Han Háñez, un infanzón del valle de Orbaneja que suscribe varios documentos de Alfonso VI entre 1072 y 1080.
No hay documentación primaria que establezca fehacientemente el lugar de nacimiento de Álvar Fáñez y los nombres de sus padres y hermanos (si es que los tuvo). Según Argote de Molina era hijo de Fernán Laínez (medio hermano de Diego Laínez, padre del Cid Campeador) y bisnieto de Gutierre (Señor de Castrojeriz) y del rey Alfonso V de León.
Según Sandoval, Álvar Fáñez combatió inicialmente junto al Cid contra el rey García de Galicia primero y luego contra el rey Alfonso de León. Luego de la primera batalla contra este último en la ribera del río Esla, Álvar se hizo fuerte con sus tropas en una pequeña población cercana a la ciudad de León, logrando impedir el paso de las fuerzas enemigas por el puente de Villarrente. En recompensa a su valentía, poco antes de ser tomado prisionero, en el año 1072, el rey Sancho le hizo merced del sitio y sus adyacencias para él y sus descendientes. El lugar se denominó primero Villa Fañe (con el que ya figura en la carta puebla otorgada a la cercana localidad de Mansilla de las Mulas en la década de 1180). El nombre de Villa Fañe se abrevió luego a Villafañe que designa tanto a la localidad como al linaje y actual apellido toponímico.
Cuando el rey Sancho fue asesinado en Zamora, el 7 de octubre de 1072 (según la tradición por Bellido Dolfos), sin dejar herederos, su hermano Alfonso que estaba exiliado en Toledo tomó el trono de Castilla. A partir de ese momento hay abundante documentación que vincula a Álvar Fáñez con el nuevo rey de León Alfonso VI, de quien fue tenente y capitán, y a cuyo servicio combatió a los moros taifas y almorávides, entre quienes, según la crónica Kitab al-Iktifá era muy temido.
La tradición oral mantiene que, antes de la reconquista de Guadalajara, recorrió junto al Cid el valle del Henares (frontera de la marca media de al-Ándalus) realizando diversas incursiones militares y conquistando Castejón, el castillo de Jadraque y sembrando el pánico entre los sarracenos en Hita, Guadalajara y Alcalá. Sin embargo, la campaña del Henares del Cid no está documentada en otras fuentes que no sean el Cantar, por lo que, según es «con casi total seguridad, ficticia»; si bien el pasaje del poema épico pudiera ser una traslación de la algara de castigo que Rodrigo Díaz llevó a cabo hacia 1080 y le valió su primer destierro, no consta que fuera acompañado en la ocasión por Álvar Fáñez. La documentación relativa a este magnate no registra su presencia con regularidad en la corte de Alfonso VI hasta 1093, si se exceptúa una dudosa suscripción en el Fuero de Sepúlveda (1078).
Alvar murió en la rebelión que tuvo lugar en Segovia a mediados de abril de 1114, combatiendo en defensa de la reina Urraca I

lunes, 23 de julio de 2012

Soldado de infanteria Castellana. Finales del siglo XI

Rodrigo Díaz, el Cid campeador. Parte III

Sagrajas también supuso un giro en la trayectoria del Cid, quien volvió junto a sus hermanos de sangre, siendo acogido por el rey Alfonso, que le entregó las fortalezas de Dueñas, Ordejón, Campos, Iguña, Briviesca y Langa. Sabemos pues, que en el año 1087, Rodrigo Díaz, renovó con el tradicional besamanos en Toledo, el vínculo de vasallaje con el rey Alfonso, y que éste le entregó dichas tenencias incluyéndole entre los principales magnates de Castilla. Dispuso el rey ese mismo año un privilegio para Rodrigo, según el cual todas las tierras que fuera de los límites de los reinos cristianos conquistara, quedarían bajo la soberanía de Castilla, pero se reconocería el derecho de señorío para el Cid.
En este año de1087, el reino moro de Valencia estaba gobernado por al-Qadir, reyezuelo impuesto por el castellano Alvar Fañez durante su estancia en la ciudad, pero que tras la retirada de este debido a Sagrajas, había quedado en desventaja en su propio reino. Amenazado además por el rey de Lleida  al-Hayib, y escaso de fuerzas militares, pidió ayuda a l rey de Zaragoza al-Mustain, pero también al monarca leonés Alfonso VI. Esta, siguiendo la obra del moro valenciano Ibn-Alqama La elocuencia evidenciadora sobre la gran calamidad,  parece ser  junto con el privilegio que daba carta blanca a Rodrigo, la causa del desplazamiento del Cid con sus mesnadas hacia las tierras de Valencia. Durante el año 1088, el Cid salió desde Zaragoza acompañado por el rey al-Mustain que albergaba la posibilidad de quedarse el reino de Valencia, y al que una falta de acuerdo con los castellanos hizo que se retirara al poco tiempo, quedando las tropas del Cid razziando en la zona de Jérica, para impedir la llegada de suministros y comercio en la que era una de las principales vías comerciales del reino de Valencia. Partió meses después hacia Castilla para convencer a Alfonso de la conveniencia política y militar de un ensanchamiento castellano hacia el este, sin provocar un gran entusiasmo en el mismo, que por aquellas fechas  ponía todas sus energías en la reconquista por el sur. Si esto no hubiera sido así, probablemente la Valencia catalano-aragonesa de hoy podría haber sido castellana. Por ello, mientras Alfonso trataba de conquistar Ubeda y Baeza, y el Cid reclutaba nuevas tropas en Castilla con el objeto de conquistar Valencia, el conde catalán Berenguer Ramón que también buscaba  la expansión de sus tierras hacia el sur puso cerco a la ciudad de Valencia, fortificando dos bastidas, una en Líria, y la otra en Yubaila, actual Puig de Santa María, lugar, por cierto, donde ciento cincuenta años más tarde, acamparía Jaime de Aragón, descendiente de Berenguer Ramón y de Alfonso VI, consumará la última conquista de la ciudad de Valencia. Sin embargo, la llegada del Cid a tierras valencianas, hizo que los catalanes se retiraran en espera de tiempos mejores. Mientras, desde su campamento en Torres-Torres, Rodrigo Díaz saqueó y razzió durante unos meses la taifa vecina de Alpuente, y cobró tributos del rey de Valencia, del que obtuvo además derecho a morar en la ciudad, y derecho de mercadería en el interior de la misma. De Torres-Torres pasó a Requena, donde se estableció también durante una larga temporada.
La llegada de nuevo de los almorávides de Yusuf ibn-Tuxufin en 1088, y el asedio por parte de un gran ejército musulmán de la fortaleza castellana de Aledo, hizo que las tropas de Alfonso VI se trasladaran a dicha zona, pactando un encuentro con las del Cid a las que convocó en Villena. El Cid por su parte partió de Requena, trasladándose a Játiva y posteriormente a Onteniente. Por razones que desconocemos, en lugar de ir a Villena, pasó de Onteniente a Hellín, mientras el rey pasaba por Villena, por lo que éstos no se llegaron a encontrar. Estos movimientos de tropas provocaron una retirada de Yusuf, pero el rey no pudo perdonar el desplante del Cid y lo condenó de nuevo a destierro a pesar de los juramentos  de éste proclamando su inocencia. Durante este segundo destierro, el Cid atacó Denia y Palop, llegando a  acuerdos de vasallaje con sus dirigentes y pasando a instalarse en la zona montañosa de Morella, lugar donde se enfrentó a las tropas del conde catalán Berenguer Ramón que de nuevo intentaba un peligroso acercamiento hacia Valencia. El resultado fue la derrota de los catalanes, y el apresamiento de su propio conde, al que se dio libertad junto con sus hombres con el compromiso de pago de rescate. Parece ser, que debido a la generosidad del Cid para con los prisioneros catalanes, gestos habituales para con los contendientes de su propia raza, se forjó una amistad y alianza entre el conde catalán y el infanzón castellano, cediendo el primero los tributos sobre su protectorado de Tortosa-Lérida-Denia. Mientras, el Cid se instala en Burriana, a la espera de poder conquistar totalmente la ciudad y reino de Valencia.
En el año 1090 vuelve a la península Yusuf con su ejército almorávide, y de nuevo se producen desavenencias entre el Cid y Alfonso VI. Tras una corta campaña, los almorávides deponen a los reyes de taifas y vuelven a unificar el territorio musulmán, a excepción del reino de Zaragoza. Tras la toma de Aledo, únicamente quedó en dicho territorio, un núcleo en manos europeas. Se trataba de la fortaleza y territorio reconstruido por el Cid en Peña Cadiella, en las faldas del monte valenciano de Benicadell, en el actual término municipal de Beniatjar, desde donde forjó una alianza con el rey de Zaragoza, y donde limó sus últimas asperezas con Alfonso VI que intentó atacarle en dichas fechas, y que tras su fracaso se reconciliaría definitivamente con el infanzón de Vivar.
El año 1092 señala la entrada de los almorávides en Valencia, y la muerte del rey al-Qadir, quedando esta ciudad bajo el gobierno del cadí  Yafar-ibn-Yahhaf, de una importante familia de etnia yemení que inició una época de terror en dicho reino que motivó una huída general de los partidarios del al-Qadir que pudieron ponerse a salvo de la represión del yemení, y que marcharon a encontrase con el Cid, que con sus mesnadas y los partidarios del rey depuesto, se asentaron en Yubaila (el Puig) desde donde se creó u a red de impuestos cobrados a los cadís y reyezuelos musulmanes de los alrededores, con el fín de crear un ejército lo suficientemente poderosos para conquistar Valencia. Desde Yubaila, el Cid pudo adquirir merced a un trato con Ibn-razin Murviedro, y finalmente en el mes de julio de 1093 ocupa los arrabales de Mestalla, frente a las murallas de Valencia, desde inició un asedio en el que destruyó todas las edificaciones que rodeaban la ciudad. Un primer intento de pacto de los musulmanes valencianos con los atacantes castellanos fue abortado por Yusuf que amenazó con enviar sus tropas contra Valencia, y meses después tuvo el Cid que enfrentarse con su antaño aliado ibn-Razin, rey de Albarracín, enfrentamiento del que salió herido. Vuelto a su lugar departida, el Cid inicia su segundo asedio a valencia en diciembre de 1093 mientras persistía el ritmo de la llegada de tropas de refuerzo almorávides que llegarían en enero del año 1094, pero que se retiraron sin cumplir su objetivo.
Tras diversas algaradas, disputas en el interior de Valencia, hambrunas e intentos de pactos, finalmente se firma un acuerdo entre el Cid y los sitiadores el 2 de junio de 1094 entrando el Cid al frente de sus tropas el 16 de junio. En un primer momento, Rodrigo Diaz decretó que los musulmanes valencianos continuaran con su trabajo, posesiones, usos y costumbres, y se estableció una época de convivencia entre los nuevos conquistadores y los habitantes de la ciudad. Convivencia rota por las reiteradas peticiones de ayuda que estos últimos hacían a Yusuf, quien tres meses después de la conquista llegó a  Valencia con sus tropas almorávides enfrentándose contra los castellanos en la batalla de Quarte, enfrentamiento que se saldó con una rotunda victoria del Cid, que así se constituía en el indiscutido señor de Valencia. En estos tiempos, conquistó Olocau y Serra, y celebró una alianza militar en Burriana con el nuevo rey aragonés Pedro I, hijo del difunto Sancho Ramírez. Esta alianza motivó la creación de un gran ejército formado por castellanos del Cid, aragoneses y navarros a las órdenes de este mismo y teniendo como lugarteniente al príncipe aragonés Alfonso el Batallador, que se enfrentó en la batalla de Bairén con las tropas almorávides al mando de Mohammed ibn-Texufin en enero del año 1097, y que supuso una gran derrota para los almorávides, penúltimo intento por parte de éstos de seguir sus conquistas hacia el norte con objeto de recuperar la península ibérica para el Islam. Aún volverían las tropas almorávides a iniciar nuevas campañas en la primavera del año 1097, encaminándose a la conquista de Toledo. Un ejército al frente de Alfonso VI trató de frenar estas pretensiones. En las filas del mismo se encontraba el joven caballero Diego Ruiz, único hijo varón del Cid, al que éste envió con un contingente de sus tropas, y que perecería durante la derrota castellana de Consuegra en agosto de 1097, hecho que supuso un nuevo repliegue de las tropas castellanas ante él, de nuevo, peligro de la marea negra almorávide. Por dos veces más las hordas africanas vencían a las castellanas, en Cuenca y en Alcira, durante el año 1098, derrotas a las que el Cid se dispuso a dar respuesta, primero tras el asedio por sorpresa y conquista de la ciudad de Murviedro (Sagunto) en junio y con la de Almenara después. Estas derrotas motivaron un repliegue de los almorávides hacia el sur, y el regreso del Campeador a su ciudad de Valencia, libre momentáneamente del peligro moro.
En Valencia, gobernó según sus biógrafos con sabiduría y generosidad, y supo mantener a sus tropas alerta ante el peligro musulmán que llegaba del sur. Manteniendo estrechas alianzas con el rey de Aragón y Navarra, el conde de Barcelona, y el rey de Zaragoza, Rodrigo Díaz de Vivar, señor de Valencia, se mantuvo como un fiel vasallo del rey Alfonso VI de León y Castilla, y mantuvo la paz en Valencia durante el final de 1098 y el año 1099, en cuyo mes de julio, probablemente el día 10, murió de enfermedad, mientras al otro lado del Mediterráneo, guerreros de su misma sangre europea comenzaban el asedio a la ciudad de Jerusalén, en la primera Cruzada.
En el año 1102, los almorávides vuelven a desembarcar en la península, y a atacar Valencia, que esta vez, y sin la dirección del Cid, tuvo que ser evacuada. Su familia y sus mesnadas abandonaron en esas fechas la ciudad en dirección a Toledo con los restos del Cid, que fueron enterrados en el monasterio de San Pedro de Cardeña.
Su hija Cristina Rodríguez contraería matrimonio con el infante Ramiro Sánchez de Navarra, del cual tuvo un hijo llamado García, que fue rey de Navarra, y cuya hija Blanca casó con Sancho III de Castilla, hijo de Alfonso VII de León. De esta manera la sangre del Cid pasó a las dinastías de León-Castilla y de Navarra.
Así pasó la sangre del héroe castellano a algunas de las principales casas reales de Europa, mientras su ejemplo, historia y leyenda le convirtieron en un mito, el del guerrero bravo, leal y generoso, respetado y temido. Un caballero castellano que supo servir con lealtad a su rey, y que fue temido y respetado por sus enemigos.
Al parecer, fue el rey Alfonso X, el que hizo labrar en el sepulcro del Cid el siguiente epitafio:

    BELLIGER INVICTVS, FAMOSUS MARTE TRIUMPHIS

E. Monsonís


Rodrigo Díaz, el Cid campeador. Part II

El 27 de diciembre de 1065 muere en León el rey Fernando I, dividiendo los reinos entre sus hijos, quedando para Sancho, el primogénito, Castilla con las parias de Zaragoza, a Alfonso, Asturias y León, con las parias de Toledo, y al pequeño García, Galicia y Portugal, con las parias de Sevilla y Badajoz. Es durante estas fechas, cuando debido a ciertas acciones expansionistas castellanas sobre Zaragoza, se produjeron ciertos duelos y enfrentamientos entre caballeros navarros y castellanos, encontrándose entre estos últimos el joven caballero Rodrigo Díaz, quien venció al ilustre caballero de Pamplona, Jimeno Garcés, recibiendo desde entonces el apelativo de Campeador —Campi Doctus, diestro en la pelea—. El valor y la destreza militar del joven caballero comenzó a ser pronto conocida, y valorada por el rey, quien hizo que el joven guerrero le acompañara siempre en todas su actuaciones, siendo puesto por éste al frente de sus mesnadas portando el estandarte real de Castilla, en la batalla de Llantada contra el rey leonés Alfonso, en la que Rodrigo volvió a distinguirse en la victoria. También participó en la de Golpejera, en la que Sancho ganaría el reino leonés que uniría a los reinos de Galicia y Portugal arrancados años atrás a su hermano García, y al de Castilla que ya poseía. Reunido de nuevo bajo un mismo cetro los reinos de Castilla y León, Rodrigo Díaz se convertirá por dichas fechas en uno de los nobles de confianza del monarca. Sin embrago ese mismo año durante el asedio de Zamora, ciudad en la que su señora, Urraca, hermana del rey, se resistía a la unión castellano-leonesa, un caballero zamorano llamado Bellido Dolfos acabó con la vida de Sancho II, un domingo 7 de octubre del año 1072. De esta manera acababa la vida de un monarca breve pero brillante, y principal valedor de Rodrigo Díaz, siendo enterrados sus restos por disposición suya, en el monasterio de San Salvador de Oña, panteón tradicional de los condes castellanos, demostrando con este último gesto su vinculación, no reñida con su visión imperial hispánica, a Castilla, de la que fue su primer rey.
Reconocido su desterrado hermano Alfonso como rey de León, Castilla, Asturias y Galicia, en los documentos otorgados por el nuevo monarca, parece en repetidas ocasiones entre los fieles del mismo, el nombre de Rodrigo Díaz, especificándose en la valiosa fuente de la Historia Roderici , que el rey Alfonso lo recibió como vasallo, probablemente, como apunta el profesor Martínez Díaz en su completísima obra El Cid histórico, por el prestigio que este infanzón tenía en Castilla, queriendo atraerse a los caballeros castellanos. Prueba de esta buena disposición real, fue el patrocinio por parte de Alfonso VI del enlace matrimonial entre Rodrigo y la asturiana Jimena Díaz, hija del conde de Oviedo —quien por cierto no era alférez real, ni murió en duelo con el Cid, como pretende la leyenda—, y descendiente por parte materna del rey Alfonso V de León. De esta manera, Rodrigo Díaz se vinculaba asimismo a los territorios de León y Asturias, en los que residió durante sus primeros años de matrimonio, cercano al séquito real no regresando a Castilla hasta el año 1076. Parece obvio que durante esos años tampoco ocurrió uno de los importantes hechos narrados en la leyenda que envuelve a Rodrigo Díaz, nos estamos refiriendo a la Jura de Santa Gadea, bello y sugerente episodio que no aparece recogido en documentación histórica alguna, ya que no se aprecia enemistad alguna por estas fechas entre el infanzón y el rey, y sencillamente, por lo imposible y absurdo de poder, en dicha época, doblegar y ofender impunemente a un rey castellano.
Si que ha podido establecerse, en cambio, un hecho que poco tiempo después pudo iniciar la mala disposición que el rey Alfonso VI mantendrá durante algunos años con su vasallo Rodrigo. Se trata de una embajada a cargo del Campeador para cobrar las parias al rey al-Mutamid de Sevilla, en el trascurso de la cual se enfrentó en batalla, siguiendo las condiciones de vasallaje con los reinos sometidos, con las fuerzas de la taifa rival de Granada, entre las que se encontraban ciertos caballeros leoneses con el conde García Ordóñez a la cabeza en idéntica misión a la de Rodrigo, que fueron por este vencidos y humillados en Cabra. La ofensa inferida al conde leonés, uno de los nobles más próximos a Alfonso VI, es una de las causas apuntadas por diversos historiadores, por la Historia Roderici, y por Martínez Díez, como el origen de la pérdida del favor real. La posterior, y al parecer inoportuna acción militar del Campeador contra la taifa de Toledo, que comprometió seriamente la política leonesa, propició la orden de destierro por parte del rey contra Rodrigo Díaz en el verano del año 1081.
Con el destierro de Rodrigo, comienza la bellísima obra literaria del Cantar del Mio Cid, de la que recomendamos su lectura, pero en la que los hechos relatados, no obstante a estar basados en un hecho real, difícilmente pueden ser ratificados por la historia. Nos inclinamos mejor a pensar que se trata de uno de esos maravillosos cantares heroicos tan unidos al alma y la personalidad castellana, basado en los hechos reales y ficticios de una personalidad extraordinaria del siglo XI castellano.
Al comenzar el destierro, Rodrigo Díaz se dirigió a Zaragoza. Perdido el favor real y sus tierras, partió a “ganarse el pan”, ofreciendo sus servicios como guerrero al frente de su hueste, al rey al-Muqtadir, sirviendo fielmente a este nuevo señor y a su hijo y sucesor al-Mutamin, y ensanchando los límites de este reino, durante los cinco años siguientes. Durante este tiempo acrecentó aún más su prestigio militar con sus intervenciones militares en las diversas reyertas entre los reinos de taifas, intentando no intervenir en las disputas que éstos tenían con sus hermanos de sangre. Fue entonces cuando comenzó a ser llamado entre los moros Sidi, que en árabe peninsular venía a significar Mi Señor, transmitido al romance castellano como Mio Cid, apelativo bajo el cual será reconocido universalmente.
Durante el año 1083, y debido al desastre de Rueda, se produce un primer acercamiento entre el Cid y el rey Alfonso, al poner el primero su persona y sus tropas a disposición real, sin embargo este acercamiento no fructificó, volviendo de nuevo al servicio del rey moro de Zaragoza., llegando durante el cual en sus cabalgadas hasta la región de Morella y construyendo una fortaleza en el territorio próximo de Olocau, perteneciente a la taifa de Lérida. Durante esta campaña, se enfrentó el Cid en Morella a las tropas de al-Fagit y su aliado Sancho Ramírez de Aragón confiriéndoles una dura derrota. Eran tiempos en los que se confundían los intereses de los reinos, y se enfrentaban europeos contra europeos en las reyertas de islámicos, paralizando con estas luchas estériles la reconquista. Se trata de una dinámica que pronto iba a cambiar en virtud de un importante acontecimiento histórico protagonizado por Alfonso VI. Se trata de la conquista de Toledo ocurrida en el año 1086, hecho que motivó la preocupación unánime de los reinos musulmanes, y el desembarco en Algeciras en junio de dicho año de las temibles tropas almorávides llegadas desde África al mando de Yusuf ibn-Texufin. A diferencia de los relajados moros ibéricos, la secta almorávide predicaba la pureza del Corán y una vida austera de lucha, y sus tropas se habían forjado en las penosas condiciones del desierto y la conquista del Rif y del Magreb. Cuatro meses después de este desembarco, se enfrentaban a las tropas castellano-leonesas en el campo de Sagrajas, situado en la ribera del río Guadiana, sufriendo estas últimas una dura derrota que comprometió seriamente el equilibrio entre los reinos cristianos y las taifas, y que a punto estuvo de dejar Toledo y el reino de Castilla en manos de los almorávides, frenando momentáneamente la expansión castellana. Sagrajas supuso pues un replanteamiento de la actitud de los reinos cristianos, que ante el peligro de una recuperación musulmana decidieron forjar nuevas alianzas con el fin de replantearse una unidad conjunta para la reconquista del territorio peninsular y la futura expulsión de los invasores africanos. Por ello, entre 1086 y 1087, un ejército europeo formado por caballeros borgoñones, provenzales, languedocianos, lemosinos y normandos cruzó los Pirineos para ponerse al servicio del rey Alfonso, y que tras la retirada almorávide debido al fallecimiento en Ceuta del hijo de Yusuf, se ofrecieron al rey de Aragón, que por aquellas fechas intentaba la conquista del castillo de Graus.
E. Monsonís

Rodrigo Díaz, el Cid campeador. (Parte I)

La diferencia entre la biografía de una persona común y anónima y la de un héroe o personalidad pública y excepcional, suele ser, el paralelismo que puede forjarse entre los hechos personales y los hechos históricos que puedan afectar a la comunidad nacional de la persona en cuestión. Su participación en hechos importantes de la misma, e incluso su influencia en el devenir histórico de alguna entidad que le supere. Rodrigo Díaz de Vivar, llamado  el Campeador y Mio Cid, es uno de estos personajes, su vida corre paralela al devenir histórico de los reinos de León y Castilla, e incluso de sus vecinos peninsulares Aragón y Navarra, incluyendo los diversos reinos moros de taifas, en el siglo XI. Su obra, salvo ciertos paréntesis de su vida, terminó ligada al destino de sus hermanos de raza que en aquella época recuperaban para Europa el suelo peninsular en una ardua y gloriosa empresa que se ha dado en llamar Reconquista. Es por ello el propósito de este trabajo, apoyándonos en estudios serios e importantes basados a su vez en fuentes de la época que nos ocupa,  intentar recorrer los aspectos más importantes de la vida de este héroe castellano a través de la historia de Castilla, intentando desligarnos de los no por ello menos importantes aspectos míticos.  Se trata pues de intentar presentar un aproximación bibliográfica, desnuda de bellas invenciones e interpretaciones que llenaron la leyenda que le envolvió, sobre el héroe castellano por excelencia, quien mereciera alabanzas de muchos eruditos de su época tanto en el campo europeo como en el islámico, el Campi Doctus,  o distinguido en la pelea, de los europeos,  el Mio Sidi, o Señor de los musulmanes. El Cid Campeador de las fábulas y de la realidad histórica: Rodrigo Díaz, infanzón, guerrero y héroe castellano.
Terminando la primera mitad del siglo XI, reinaba en Castilla Fernando I, monarca que reunía en sus venas la sangre de los linajes real de Navarra y condal de Aragón, y que descendía por parte de madre de Fernan González, primer conde independiente de Castilla. Asimismo, era por su matrimonio con Sancha, descendiente directa de los reyes de León, depositario de esa antiquísima casa real, por entonces la principal de la península. Por aquellas fechas, el reino de León se había afianzado como una entidad poderosa entre los diversos reinos, eurocristianos y musulmanes, que existían en la península ibérica. Tras la muerte del caudillo musulmán Almanzor y la fitna del año 1009, el otrora poderoso califato de Córdoba se había fragmentado en pequeños y débiles reinos conocidos como taifas , siendo consecuencia de este debilitamiento la recuperación de diversos territorios perdidos durante las campañas de Almanzor, y el establecimiento de una frontera segura en la ribera del Duero. Paralelamente Fernando I impulsó la imposición de parias, o tributo anual a los reinos de taifas, favoreciendo con esta situación, el fortalecimiento económico y militar del reino leonés, y como consecuencia el empobrecimiento y debilitamiento de los reinos musulmanes a éste subordinados.
Por otra parte, se produjo por estas fechas una situación singular, ya que el último descendiente de los condes de Castilla, se alejaba por primera vez de sus territorios, que al convertirse en rey de León, y quedar también bajo su cetro los reinos de Asturias y Portugal hubo de trasladarse a León, favoreciendo esta situación, que el gobierno directo de Castilla quedara en manos de los infanzones de confianza del rey, quienes a través de su alfoces y posesiones actuaron como verdaderos delegados de Fernando I.
Uno de estos infanzones fue Diego Laínez, que aunque no pertenecía a la primera nobleza castellana, era miembro de una familia de cierta importancia en aquella época, descendiente de Laín Calvo, y nieto de Rodrigo Alvarez —de quien tomo el nombre para su hijo—, quien ejerciera el gobierno sobre las tenencias de Luna, Torremormojón, Moradillo, Cellorigo y Curiel. Era pues Diego Laínez en la década de los cuarenta del siglo XI, uno de los capitanes de frontera del condado de Castilla, siendo responsable desde su casa solar en Vivar, de la línea fronteriza que unía Castilla con el reino de Navarra en el sector norte de Burgos. Y es en Vivar, como casa de este linaje, donde transcurrirá la infancia del futuro héroe castellano Rodrigo Díaz, hijo, como indica su patronímico, de Diego, que a su vez lo era de Laín Rodríguez.
Independientemente del lugar geográfico  exacto del nacimiento de Rodrigo, que no conocemos, lo importante es que su lugar de origen, al que estaba vinculado fue sin duda Vivar, casa fuerte de la familia que le vio nacer. En cuanto a la fecha de nacimiento, el historiador Malo de Molina, señala el decenio comprendido entre 1040 y 1050, siendo corroborada esta datación por otros autores como Ubieto, Menéndez Pidal o el catedrático Gonzalo Martínez Díez, con pequeñas diferencias. Durante su infancia en Vivar, su padre recuperó durante la batalla de Atapuerca, en destacada acción militar, las fortalezas de Ubierna, Urbel y La Piedra, actuación que el rey Fernando supo recompensar incluyéndolo entre los infanzones de su confianza, y por ello, pasaría años más tarde su joven hijo Rodrigo, a incorporarse al entorno del infante Sancho, hijo primogénito del rey, cuya corte por aquellos días se hallaba en Burgos. El infante, quien ya se decantaba claramente por Castilla, acogió al joven Rodrigo, a quien según la Historia Roderici, “alimentó diligentemente y le ciñó con el cíngulo de la milicia”, por lo que entendemos que debió ejercer funciones de doncel o paje del príncipe heredero, de quien aprendió el oficio militar de la caballería, acompañándole en sus expediciones triunfantes por Zaragoza y Graus, y al que desde esas fechas quedó especialmente vinculado.
E. Monsonís

Batalla de las Navas de Tolosa 1212 - 2012

Fin de semana Cidiano. Burgos, 6 y 7 de Octubre 2012

martes, 17 de julio de 2012

Trovadores de Castilla - Despierta Castilla

Castella vires per saecula fuere rebelles

Surgimiento de la caballería villana

El surgimiento de la caballería villana también fue plebeyo, y su análisis requiere una pequeña historia de la historia del problema. Para Sánchez Albornoz y otros miembros de su escuela, el valle del Duero fue repoblado por hombres libres, y esa característica se acentuó aún más en la Extremadura Histórica. Surgieron allí grandes concejos, como Ávila, Salamanca o Zamora, con el protagonismo de una caballería popular. Esa extensa región no habría estado sometida al régimen señorial (no había dependencia campesina), ni tampoco feudalismo (no había vasallaje), y ello contribuyó decididamente para dar nacimiento a la excepcionalidad de Castilla en el medioevo europeo.
A partir de 1975, aproximadamente, una nueva generación de medievalistas rebate esta imagen. En conexión con el estudio de Barbero y Vigil (1978), aunque también con criterios propios que se adaptan a la región, estos historiadores afirman que aquí dominaron relaciones feudales (para algunos ya estaban implementadas a principios del siglo XI, para otros se constituyeron más tarde) y que los caballeros villanos serían pequeños o medianos señores. Salvo excepciones, esta concepción prevaleció.
Desde una perspectiva de historia social que supere el marco jurídico formal, es indudable que los concejos de la Baja Edad Media se incorporaron al feudalismo (Astarita, 1982 y 1993). Ya hacia comienzos del siglo XIII, o tal vez un poco antes, los campesinos quedaron sujetos a rentas impuestas por el señor del concejo (principalmente el rey, pero también la iglesia o algún señor particular) mientras los caballeros villanos explotaban pequeñas y medianas propiedades libres, aunque reproducían las relaciones socioeconómicas del feudalismo. Ello se debió a que esos caballeros constituyeron un señorío colectivo (el gobierno del concejo) que aseguró la extracción de renta al señor. Si cada uno de ellos hubiera formado un señorío, como afirman muchos historiadores, esa renta central del señor nunca se hubiera concretado. Esta particular articulación social de esa aristocracia local en los mecanismos de reproducción de las relaciones dominantes se explica, en buena medida, por su formación histórica (cfr. Astarita, 2005).
Veamos las circunstancias del área en los siglos X y XI (cfr. González, 1974: 268 ss.; Sánchez Albornoz, 1966: 375 ss.; Gibert, 1953: 348 ss.; Pérez de Urbel y del Arco y Garay, 1956).
La victoria de los cristianos en Simancas, en 939, permitió un avance decisivo en la Extremadura, repoblándose al año siguiente Sepúlveda. A pesar de las campañas de Almanzor, a principios del siglo XI se estabilizaba población. De este período no han quedado casi documentos, con excepción de alguna escritura aislada como el fuero de Sepúlveda que ordenó redactar Alfonso VI en 1076 (Sáez 1953:45).22 Este fuero, que había sido transmitido oralmente según se desprende de su preámbulo, señala por esa característica la permanencia de pobladores, lo cual está corroborado por la donación que el mismo rey hiciera, también en 1076, del lugar de San Frutos al monasterio de Silos, "... locum quod ab antiquitate Sanctus Fructus vocatur ...", en tanto la perpetuación en la memoria de los lugareños de este nombre indica continuidad de población (Sáez 1956: doc. 1). Estos documentos, que objetan una supuesta despoblación total, son confirmados por estudios con nuevos enfoques, por un lado, y por fuentes árabes por otros (Barrios García 1982:115 y ss), 1983: 119 y ss.).24
Esta continuidad de población se relaciona con las posibilidades de interpretar la estructura social originaria del concejo, la comunidad típica de la zona. Desde el momento en que el fuero de Sepúlveda confirma costumbres forjadas desde tiempos condales, permite reconstruir, con ayuda de testimonios posteriores (que incluyen también a otros municipios), las cualidades que prevalecían entre los siglos X y XI.
Los campesinos tomaban tierras en la frontera (presura o escalio) originando pequeñas o a lo sumo medianas propiedades privadas (Domínguez Guilarte 1933)25, vinculadas al trabajo individual, con familia nuclear, tipo de propiedad que se complementaba con comunales (montes, pastos, etc.) (Sáez 1956: Apéndice, doc. 4). En esas circunstancias, los propietarios se reunían en asambleas abiertas reflejadas en expresiones como "... Universum tam maiorum, quam minorum, totius Segovie concilium ..." (Villar García, 1986: doc. 2, año 1116, p. 46), o ". nos Segobiense concilio, communi omnium consenssu ..." (Villar García, 1986: doc. 4, p. 48).
Ese fue el medio de elaboración colectiva de un derecho de costumbre que, por su misma naturaleza, era la antítesis del fuero señorial. En este último, el derecho del señor organizaba las relaciones sociales, y su fundamento era la subordinación de los productores. En Sepúlveda y otros concejos de la Extremadura, por el contrario, la costumbre traducía relaciones generadas espontáneamente en la comunidad.
El poder superior preservaba entonces un régimen de excepción en el feudalismo. Es así como se dispone que el hombre de Sepúlveda pueda tener derecho contra infanzones en la misma medida que contra villanos, reduciendo el campo de acción del último grado de la nobleza. La violencia de los infanzones se restringió al establecerse que aquel infanzón que deshonrara a un sepulvedano debía enmendar la afrenta bajo pena de ser declarado enemigo de la comunidad. Dificultando la violencia se reducía la posibilidad de efectivizar el poder feudal. No es un hecho menor la posibilidad de que el infanzón fuera declarado enemigo de la comunidad, lo que significa la oposición del colectivo contra el privilegiado, su muerte social. Como indicó María del Carmen Carlé, en los municipios que surgieron de la reconquista se procuraba la unificación jurídica de sus habitantes, y ello implicaba la pérdida del estatus privilegiado de los infanzones, como también se muestra en los fueros de Palencia, Cáceres y otros.
No es ajena a esas restricciones la prohibición que el fuero de Sepúlveda estableció de prendar sobre las aldeas, ya sea por fuerza o por derecho, anulando así un mecanismo esencial de la percepción tribu-taria. Se reducía lo que se pagaba por homicidio en el caso de que el asesino fuera de Sepúlveda, manteniéndose la pena según las generales de la ley si alguien de Castilla matara al de Sepúlveda. Al disminuir las penas por delitos, que no serían infrecuentes en una sociedad violenta, se minimizaban medios de acumulación señorial. Se disponía también que si algún hombre de Sepúlveda matara a otro de Castilla y fugara hasta el Duero, nadie lo persiga.
La autoridad superior estaba encarnada por el señor (el rey) a quien se le impedía realizar acciones de fuerza sobre los sepulvedanos, que gozaban del amparo concejil. Esta norma refleja un poder acotado que, o bien obedecía a un equilibrio de fuerzas en la relación entre comunidad y señor, o bien a una debilidad del señor, que se correspondería con una situación de no inviolable, como lo indican el título 27 del fuero en relación al representante del rey, al contemplarse la posibilidad de que algún sepulvedano tome prenda al señor, o el título 12, que dispone que si alguien matara al merino, el concejo no debía pagar más que sendas pieles de conejo por ello (multa simbólica).
Otra disposición redujo las atribuciones del señor: cuando demandaba a un hombre del concejo, éste debía responder sólo ante el juez o el excusado del señor. La autoridad del rey, por su parte, no era ejercida de manera continua en la villa, y cuando se presentaba ocasionalmente realizaba una comida con el juez en el palacio, según establece el fuero. Veamos más detenidamente esta acción.
Una disposición complementaria sobre la visita del señor a la villa prohibía tomar posada por la fuerza en las casas, y el rey sólo podía tener alojamiento con el acuerdo de los habitantes de Sepúlveda. Esta parte del fuero manifiesta un poder político (condal o monárquico) que establecía un vínculo de reciprocidad con la comunidad. El palacio no era un centro de percepción de tributos o de justicia señorial sino que tenía el valor simbólico de una autoridad lejana (García de Cortázar 1989). La comida entre el señor y el juez se inscribe en un ceremonial practicado por comunidades en busca de reciprocidad con una autoridad superior (el banquete fue una institución central de pueblos germanos que practicaban el don y contra don). En correspondencia con estas circunstancias, el alcalde y el merino eran de la villa, lo mismo que el juez que debía ser anual, elegido por las colaciones.
La guerra ofensiva era, por su parte, una actividad de los caballeros. Se establecía así una distinción entre peones y caballeros asentada en roles diferenciados. Esta situación incluía un principio de subordinación (también se dio en otros lugares), al disponerse que quien contribuyera al equipamiento del caballero fuera escusado de la obligación o que cuatro peones se liberen de la expedición proveyendo de un asno.
Esta cláusula foral expresa al mismo tiempo una obligación comunal y su principio de negación, en tanto establece una apropiación en germen de fuerza de trabajo excedente entregado como contribución militar, y ello incidiría en acumulación diferenciada. El mismo sentido tiene el título 26 del fuero, que expresa una dependencia funcional de las aldeas respecto a la villa, al disponer que las primeras acudan en la defensa de Sepúlveda. Aquí se presenta a la guerra como la gran tarea colectiva, pero esta actividad estaba jerarquizada, ya que su dirección era asumido por el centro regional. 
A partir de esa diferencia entre caballeros y peones se establecían bases para que los primeros, mediante expediciones militares, que fueron constantes en el siglo XII, pudieran lograr una acumulación de bienes (lo reflejan la Chronica Adefonsi Imperatoris y la Crónica de la población de Ávila) (Castro y Onis 1916, Gómez Moreno 1943, Sánchez Belda 1950), consolidando en el transcurso del tiempo su posición de propietarios independientes. Se constituían pequeñas aristocracias locales que darían una connotación particular a los concejos castellanos y leoneses del área. Su base estaba en la explotación de tierras de cereal, vides y ganado, con un número limitado de servidores asalariados. Esas actividades las ejercían como pequeños y medianos propietarios independientes, junto al oficio de la caballería. A medida que la guerra de frontera disminuía, sus funciones políticas y militares se reconcentraron en la ejecución conjunta del gobierno local como una rama inferior del dominio señorial.
Carlos Astarita


Caballeros del codice Calixtino. Reino de León

800 aniversario las Navas de Tolosa (Jaen) - guerreros almohades leyendo el coran antes de la batalla


domingo, 15 de julio de 2012

Jaén celebra los 800 años de la batalla de Navas de Tolosa

La comisión organizadora de los actos conmemorativos del octavo centenario de la Batalla de Las Navas de Tolosa celebrará mañana la clausura de las actividades, coincidiendo con el día de la contienda que tuvo lugar hace ocho siglos en esta pedanía de La Carolina (Jaén).
El Ayuntamiento de La Carolina informa de que los actos centrales del día de la Batalla de las Navas de Tolosa comenzarán a las nueve de la mañana con una misa de campaña oficiada por el obispo de Jaén, Ramón del Hoyo.
Posteriormente se inaugurará el monumento conmemorativo del VIII Centenario de la Batalla, y a continuación se celebrará un desfile militar a cargo de la Compañía de Honores y de la Banda de Guerra de la Brigada de Infantería Guzmán El Bueno X en la plaza de la Cruz de Las Navas de Tolosa.
A este acto le seguirá el izado de bandera en el monumento a la Batalla de Navas de Tolosa del Paseo de la Virgen (monumento del Pastor), tras el que la compañía de honores de la Brigada de Infantería Guzmán el Bueno X desfilará por las calles de La Carolina.
A las 13 horas se celebra el acto institucional de entrega de las llaves de la ciudad y las medallas de honor de Las Navas de Tolosa conmemorativas del VIII Centenario de la Batalla.
Las llaves han sido concedidas al jefe del Estado, al presidente del Gobierno y al presidente de la Junta de Andalucía, y las medallas se imponen a los representantes de la Iglesia católica y del Ejército, así como de las comunidades de Navarra, Aragón y Castilla-La Mancha.
Los actos concluyeron a las 20:30 horas con una jura de bandera civil y un homenaje a los caídos que ha tendio lugar en la Plaza del Ayuntamiento de La Carolina.


Surgimiento de la caballería feudal en el área castellana y leonesa

Ningún especialista negaría que 1978 marca un punto de inflexión historiográfico en el tema. En ese año, Abilio Barbero y Marcelo Vigil (1978) publican su libro sobre la formación del feudalismo hispánico, en polémica con Claudio Sánchez Albornoz (veremos a este historiador más adelante). Desde entonces se impuso una concepción (inspirada en Engels) que sintetiza dos tesis, una gentilicia y otra patrimonial. Estos autores postularon que desde la invasión árabe, en el año 711, en el norte peninsular, evolucionaron comunidades libres, con tierras compartidas y lazos de parentesco de origen matriarcal, formadas por astures, cántabros y vascones. De esa evolución surgía el feudalismo a medida que los pobladores se desplazaban hacia el sur. Sin continuidad entre las realezas visigoda y astur, la reconquista sería entonces la noción ideológica que justificaba una conquista.
Esta interpretación fue retomada por la mayoría de los especialistas, y aun cuando se la discutió parcialmente, sus puntos fundamentales prevalecen. Afirman que en las comunidades de aldea surgieron campesinos ricos que subordinaron económicamente a los más pobres y acrecentaron entonces su poder político. En esta forma de ver las cosas, primero estuvo el patrimonio, el dominio y, como una consecuencia de esa base material, se lograba el poder y se imponía la herencia de varón a varón y la primogenitura. Así habría sido el proceso para todos los niveles de la clase feudal, monarcas, condes y caballeros entre los laicos, o abades y obispos entre los eclesiásticos.
Fuera del círculo de medievalistas que estudian el área, este punto de vista es poco admitido. En especial, no se acepta un estadio primitivo gentilicio con centralidad de relaciones matriarcales. Tiene un crédito algo superior el criterio de que el enriquecimiento fue un presupuesto del poder. Indicios arqueológicos, que se interpretan como síntomas de diferenciación social de comunidades libres, alimentan la premisa. A ese esquema se opone otro que enfatiza los mecanismos de subordinación política de los campesinos para dar cuenta de la génesis del sistema. Es el camino que exploraremos en esta contribución.
Prescindamos aquí del examen de cómo algunos historiadores del reino asturleonés fundamentaron sus posiciones sobre comunidades gentilicias en documentos monásticos de los siglos IX y X. Basta con decir que han hecho una lectura muy difícil de sustentar: los bienes en común de los monjes, lejos de reflejar un arcaísmo comunista, como creen, se corresponden con la forma de toda propiedad señorial, y en particular de la eclesiástica. El individuo era propietario en tanto miembro de una familia, y la renuncia a la propiedad particular era para el monje el requisito para incorporarse en cuerpo y alma al cenobio.
A la objeción puntual se une otra que conecta decididamente el norte hispánico con la historia europea occidental. Con esa inmersión en un desarrollo más amplio, el mítico año 711, que se creyó, durante mucho tiempo, una ruptura de la evolución visigoda e inicio de una historia "gentilicia" (o alejada de cualquier ensayo previo de feudalismo), ahora se pone en duda. Es el postulado que Chris Wickham comenzó a defender ya hace unos años, y se corresponde con escrituras de los siglos X y XI (Wickham, 2005: 225 ss.). Con ellas se traza un modelo general de evolución.
 La primera es el fuero de Brañosera (en Palencia) del año 824 (aunque hay dudas sobre su datación), dado por el conde Munio Núñez a cinco familias campesinas (Muñoz y Romero, 1847: 17). Delimitaba un lugar de instalación, y establecía que el montazgo (tributo de pastos para los que acudieran de otras aldeas) se repartiera entre el conde y los pobladores. Pero además, eximía a los campesinos del servicio de vigilancia en el territorio o en el castillo, obligándolos en cambio al pago de tributo y renta. Otro texto es del año 971. El concejo de Agusyn (Los Ausines) se liberaba entonces de la construcción del castillo cediendo una dehesa al conde García Fernández.4 Una tercera escritura son los fueros que Fernando I daba en el año 1039 a las villae de San Martín, Orbaneja y Villafría, exceptuando a sus moradores del trabajo de los castillos y de participar en la guerra ofensiva, y establecía que " serviant ad atrium Sanctorum Apostolorum Petri et Pauli. En la zona de Zamora, con una evolución más tardía, encontramos el fuero concedido por el conde Ramón de Borgoña al lugar de Valle en el año 1094. Entre otros deberes, liberaba a sus pobladores, de ir a la expedición militar, e imponía dos días de trabajo en las tierras condales (Doc. 4, Tít. 4: 'Barones de Valle faciant illa serna de palacio II dies ", Rodríguez Fernández, 1990).
Estos documentos, a los que se podrían agregar otros , expresan una secuencia: el tránsito de obligaciones militares a rentas agrarias, de campesinos libres a dependientes tributarios, de condes con cargos públicos a señores con beneficios privados. Son manifestaciones diversas de la formación del feudalismo, proceso que no se concretaba como evolución objetiva inconsciente, sino como resultado de prácticas sociales en determinado contexto. La dependencia política y económica del campesino era construida por una autoridad, laica o eclesiástica, que ejercía su derecho de mando sobre un distrito. Muestran esas acciones documentos del archivo de Santa María de Otero de las Dueñas, referidos a dos con-des que hacia el año mil imponían tributos e incorporaban propiedades mediante condena de delitos individuales o imposición de gravámenes colectivos (del Ser Quijano, 1994). El poder hacía el patrimonio.
Si desde el siglo XI rastreamos el origen de estos condes, la observación se extiende necesariamente más allá de la invasión árabe. El accidente de Guadalete como factor explicativo absoluto de la sociedad asturleonesa cede su paso a una continuidad estructural. Los comites civitatis, jefes de guerra que acompañaban a los reyes germanos, y que se convirtieron en cabecillas de distritos, persistieron en el norte español después de la conquista árabe.
Esas transformaciones se vinculan con el tema de esta contribución. A medida que la renta agraria se imponía sobre el campesino medio, obligándolo en consecuencia a volcarse de lleno en la producción, la exigencia militar (en especial la guerra ofensiva) comenzaba recaer sobre la porción de pobladores que tenían caballo. Eran los milites. A cambio de ese servicio, de ese don, recibían un contra don, un regalo que sólo podía pagarse con servicio honorable. Este fue el camino que siguieron los infanzones, es decir, los caballeros feudales. Si bien algunos de ellos habrían derivado de la aristocracia asturleonesa (individuos que no heredaban o desprendimientos secundarios de familias encumbradas), el origen de este estrato social está básicamente en unidades de residencia campesina.
Un documento muy conocido por los historiadores, el de los infanzones de Espeja, redactado entre 1029 y 1035, ilumina algo ese modesto nacimiento (Menéndez Pidal, 1956: 35 ss.). Allí se informa que los infanzones de Espeja se negaron a cumplir el servicio de vigilancia en Carazo y Peñafiel, al que estaban obligados de acuerdo al sistema de deberes y derechos condales de la merindad de Clunia, y por ese incumplimiento el conde confiscó sus beneficios dejándoles sólo sus hereditatelias, es decir, la parte de sus propiedades. El análisis filológico, cuyos detalles pasaremos por alto, revela que con esta palabra, hereditatelias, originada en un posible error gráfico o alteración fonética de hereditatellas, el escriba aludió al carácter pequeño y despreciado de las propiedades de los infanzones.
 Un documento del monasterio de Sobrado confirma la división entre las propiedades y los préstamos (atonitos et magnificencias) que los infanzones obtenían de su señor a cambio de servicios, constituyendo esos beneficios unidades de producción (villas) o dinero (argento ). Si estos infanzones se transformaban en propietarios significativos era por el usufructo de feudos ligados al ejercicio de sus obligaciones políticas.
 Tampoco parecieran ser grandes propietarios los infanzones mencionados en el fuero de Castrojeriz del año 974, contra los que pueden declarar los peones (Muñoz y Romero, 1847: 37-38; Sáez, 1953: Fuero latino, título 4). En Castrojeriz el servicio de guerra ofensiva lo cumplía el infanzón a cambio de un préstamo o de soldada, dones que se diferenciaban de sus hereditates. El requisito era tener caballo. Este factor, que determinaba una jerarquía de obligaciones y no la propiedad de tierras, se constata también en el fuero leonés de principios del siglo XI. Allí el miles está conceptualmente tratado junto al campesino dependiente sujeto al pago de rentas dominicales, es decir, debidas al dueño del suelo (dominus soli) como consecuencia de trabajar in solare alieno (Fuero de León, códice de Oviedo, c. XXVI, en Pérez Prendes y Muñoz de Arraco, 1988). Esta relación, paralela a un arrendamiento, no afectaba la libertad personal del usufructuario de la tierra, que podía tomar el señor que quisiera (et habeas dominum qualecumque uoluerit) . Las rentas se discriminan por factores que remiten a una diferenciación funcional. En el caso de que el campesino no tuviera caballo o asno, debía pagar anualmente 10 panes de trigo, media canadilla de vino y un lomo bueno al dueño del suelo. El que tenía asnos, debía dárselos dos veces al año (c. XXVIII, Pérez Prendes y Muñoz de Arraco, 1988). El que tenía caballo, el miles, debía acompañar al propietario a junta dos veces al año, con la condición de que pudiera volver a su casa en el día. Seguramente se trataba de la asamblea del distrito.
Este fuero manifiesta una situación que no tenía que ser necesariamente la que regía en todos lados. En otros asentamientos, los poseedores de caballo serían pequeños o medianos propietarios de tierras. Pero como expresión extrema, permite resaltar la funcionalidad política. El miles, tomada la palabra en el sentido de propietario de caballo no propietario de tierras, quedaba exceptuado de transferir rentas y participaba en servicios no degradantes, con lo cual esa denominación adquiría un sentido sociológico que, rehuyendo la connotación de clase tributaria, apuntaba a la pertenencia estamental superior.
Esta separación funcional y jurídica del caballero se cumplía sólo gradualmente, y no estaba exenta de transitorias recaídas en la uniformidad del gravamen. En el año 1090, Alfonso VI establecía la forma en que se debían resolver los conflictos entre judíos y cristianos en la tierra de León, y exigía como confirmación de esos fueros el pago de dos sueldos por cada casa, tributo que debían abonar también los infanzones, quedando éstos sujetos a la usual coacción de ser prendados sus bienes en caso de que se negasen. Aun teniendo en cuenta que el gravamen tenía un carácter excepcional, ya que el rey aseguraba que sólo lo tomaba por esa única vez, la inclusión de los infanzones en él reafirma el origen plebeyo de quienes formarían el último grado de la nobleza.
Por último, en el fuero de Santa Marinica de Orbigo, dado por el abad Egidio de Montes en el año 1198, se mencionan " tenentii et milites et villanos " a quienes sin discernir se les daba el mismo estatuto: " da-mus vobis hominibus de Sancta Marina talem forum ", que comprendía prestaciones serviles y tributos con cláusulas coactivas (Rodríguez, 1981; Doc. 54).
Esto muestra que las evoluciones se cumplían con distintas cronologías; se trataba de columnas de evolución diferenciadas por localidad, imagen que difiere de la que brindaron los defensores de la llamada mutación feudal, sobre el surgimiento del poder banal y de los milites para otras regiones. Estos autores hablan de un cambio sincrónico en toda una región que se habría verificado en un tiempo muy corto hacia el año mil, producido por un desmembramiento de las soberanías políticas. Los documentos de Castilla y León, si bien confirman que la cuestión se centra en las transformaciones del poder, indican, por el contrario, que los cambios fueron lentos y muy desiguales en cada lugar.
Los campesinos con caballo y un armamento inicial seguramente elemental, establecían, a partir del servicio, una relación personal con su señor. En el fuero de Castrojeriz se hacía infanzones de los caballeros y se los incluía en el vasallaje con dependencia honorable (Habeant signorem qui benefecerit illos) , es decir, con beneficios a cambio de obligaciones militares (Caballero de Castro qui non tenuerit prestamo, non vadat in fonsado) (Muñoz y Romero, 1847: 37-38).
 Esta era la condición social del Cid, según los que estudiaron el tema (así opinan Sánchez Albornoz, 1971: 396-397; Lomax, 1984: 88; Rodríguez Puértolas, 1967: 170-177; Meneghetti, 1985: 203-332). Ello se muestra en la carta de arras que diera a Jimena en 1074, donde se nombran villas y aldeas, muchas a título de señorío compartido, de muy escasa importancia (Rodríguez Puértolas, 1967: 170). Es creíble la referencia desdeñosa de Asur González presentada en el poema. La provocativa exigencia de que el Cid vuelva al río Ubierna a afilar los molinos y a cobrar la renta en harina, indica el origen de su familia, y algunos estudiosos aventuran que era una actividad a la que Rodrigo Díaz seguía vinculado: "Fosse a río d' Ovirna los molinos picar | e prender maquilas commo lo suele far!" (vv. 3379-3380; cfr. Rodríguez Puértolas, 1967; Sánchez Albornoz, 1971: 396-397; Meneghetti, 1985: 210). La molienda era un trabajo característico de menestrales en dependencia de un señor (muchos provenían de los antiguos siervos domésticos), aunque podían ser propietarios libres. Era también un medio económico para el ascenso social, justamente por las posibilidades que el oficio brindaba para quedarse con la mejor porción de la molienda u obtener otras ventajas.
Como otros infanzones, Rodrigo Díaz estaba al servicio de su señor en una relación personal de vasallaje. Esa dependencia honorable (que podía interrumpirse, como sucedió también con los infanzones de Espeja) era la base para recibir feudos que se sumaban al patrimonio propio, al alodio. Esa sería también la situación de algunos de los caballeros que acompañaban al Cid, como Minaya, a quien el rey devuelve "honores e tierras".
Dado el origen humilde del caballero, todo el fundamento de su promoción social estaba en la función política y militar, y esto explica la obediencia absoluta del Cid al derecho feudal que se refleja en el poema, su comportamiento "típico ideal" como vasallo. En tanto miembro de un sector subalterno de la clase de poder, su conducta resume los atributos de una práctica estructurante del feudalismo, que por otra parte estaba en pleno desarrollo en los años en que transcurrieron las acciones.
Un factor más de esa movilidad social ascendente radicaba en el casamiento. Las alianzas entre linajes de desigual jerarquía se establecían mediante la circulación de mujer, dando lugar a relaciones de parentesco, filiación y poder. El sistema matrimonial asimétrico entre miembros de la clase dominante (que se combinaba con intercambios simétricos) seguía la lógica feudal y era un componente de la estructuración social. En este aspecto, las estrategias matrimoniales en las que participan las hijas del Cid también se inscriben en un molde típico.
A la vista de estas evidencias, puede ahora revisarse la exposición de Sánchez Albornoz sobre el surgimiento de los infanzones. Afirmaba que hacia principios del siglo XI tenía el infanzón limitados recursos económicos, aunque había conservado su status jurídico. La proposición se corresponde con lo que muestran las escrituras invocadas en el plano socioeconómico, pero se aleja de nuestro argumento en el alcance que otorga a la condición jurídica por herencia. Ese estado legal, Sánchez Albornoz lo atribuía a que los infanzones eran nobles de sangre, nietos de los filii primatum visigodos, es decir, de la aristocracia de palacio que en el siglo VII recibió los privilegios de sus padres. Se apoyaba en parte en el estudio de la palabra infans, niño, a la que se agregaría el sufijo aumentativo - on, lo que daba infanzón que habría significado "hijo de grande", es decir, de los que formaban el Aula Regia de los visigodos. Al finalizar este reinado, los privilegios de esos primates (los primeros de la asamblea política) habrían sido heredados por sus descendientes, constituyendo entonces una nobleza de sangre. Este segundo fundamento de su tesis se basaba en las similitudes de status entre ese círculo de visigodos y los infanzones.
Esta tesis se amolda a la interpretación que Sánchez Albornoz diera sobre los orígenes de la reconquista (miembros de la nobleza visigoda derrotada en Guadalete encontrarían refugio en el norte), y se enlaza con su visión sobre una continuidad del homo hispanicus a través de los tiempos. En esa línea de reflexión, algunos historiadores actuales rastrean el antecedente de los grandes linajes castellanos y leoneses en la más remota antigüedad; esos linajes se habrían originado, según esta creencia, por fusión de las aristocracias galorromana y germánica. La tesis se presenta con una argumentación vacilante, carece de apoyo documental y omite el examen sociológico18, única opción metodológica realmente válida para plantear el proceso de estructuración de una clase de poder (desarrollo que no se confunde con el esporádico encadenamiento generacional de algún actor ilustre).
En oposición al modelo continuista, el período decisivo de formación nobiliario debería situarse en los siglos X, XI y XII. Ya Tácito distinguía entre los reyes germanos, cuya situación provenía de un linaje, es decir, era heredada por nacimiento (reges ex nobilitate) y los jefes de guerra, que eran elegidos por su virtud, por su valor en la guerra (duces ex virtute sumunt) (Castiglioni, 1945: cap. VII). Durante mucho tiempo esta situación predominó, y los jefes de distrito tardaron en convertir sus territorios entregados ad mandamentum en patrimonio. Hasta que ello no ocurrió, era la eficacia militar la condición que en términos generales pesaba para ocupar el cargo, mientras que la herencia tenía un valor relativo, cualidad que se transmitió incluso a los reyes del norte español. La incapacidad física para la guerra que padeció Sancho el Craso (955-957) lo descalificó para reinar, de la misma manera que la derrota de Vermudo I en el Burbia (año 791) le acarreó un descrédito irrecuperable. Esto remite a la funcionalidad social aristocrática (sobre obispos y abades podrían extenderse consideraciones paralelas), constituyendo ese poder de función un presupuesto del futuro poder de coacción de la nueva clase dominante, praxis específica sobre la que volveremos con referencia a los caballeros.
 Con abstracción de este problema general, que comprende el tema de este artículo pero que también lo excede, si nos limitamos al estrato inferior del estamento nobiliario, nada avala una visión continuista. La coincidencia institucional no prueba un desarrollo social en el tiempo. Como indicó Salvador de Moxó (1979: 148), la ausencia de infanzones en las fuentes diplomáticas hasta avanzado el siglo X impide considerarlos parte de un grupo con existencia permanente desde principios del siglo VIII y es sintomático que aparezcan antes en Castilla que en León, donde la tradición neogótica era más fuerte.
Por último, un metafísico ser nacional que se formaría desde el arqueolítico es un tema indigno de la más mínima consideración científica ante los actuales estudios de etno-génesis o etno-formación. Ésa era la porción más emotivamente especulativa de Sánchez Albornoz que, desafortunadamente, alcanzaba sus elaboraciones más rigurosas y eruditas.