sábado, 18 de junio de 2011

Milicias concejiles en la plena Edad Media Hispana. El caso de Castilla y León en los siglos XII y XIII

La concepción y comprensión de Edad Media en la Península Ibérica es inseparable de la lucha entre los reinos cristianos y el al-Andalus. España fue una tierra de fronteras donde cristianos y musulmanes se enfrentaron en lo que actualmente se llama, no sin ciertos reparos, “Reconquista”. De esta forma la violencia fue un componente permanente en la conformación de la sociedad hispana, una sociedad convencida de que vivía y luchaba una Guerra Santa, en una tierra santificada por la tumba del apóstol Santiago y que debía ser recuperada para el cristianismo, arrebatándosela a los musulmanes que injustamente se habían apropiado de ella.
Las características de esta sociedad, permitieron la aparición de ciertas particularidades como fueron las formas de vida en la frontera, caracterizadas por una fuerte militarización de y una considerable autonomía respecto al poder real. Parte importante de está organización social la componían las milicias concejiles o urbanas, instrumentos al servicio de la corona y de los intereses de sus ciudades y villas.
En el presente estudio, a través del uso de fuentes cronísticas contemporáneas y bibliografía moderna, pretendemos describir una visión panorámica de las milicias castellano-leonesas de los siglos XII y XIII, como reflejo de una sociedad que debió aprender a convivir en un clima casi permanente de hostilidad bélica. Es cierto que a partir del siglo XI el conflicto se centró en la zona fronteriza entre la España cristiana y el Al-Andalus, frontera que además, a partir del siglo XII experimentó un progresivo avance que la alejaba del centro de la zona peninsular. Pese a ello las grandes invasiones de los Almorávides (1086) y Almohades (1145), así como los Meriníes (1275) causaron periódicos episodios de temor, inestabilidad y retroceso de la “Reconquista”, que obligaron a los soberanos y habitantes de la península a realizar grandes esfuerzos bélicos, en los que se vieron afectados no solo los pobladores de la frontera sino también aquellos de los territorios del interior.
Por este estado casi permanente de guerra y la forma en que se desenvolvió el conflicto no es de extrañar que la sociedad hispana desarrollara una doble mentalidad respecto al hecho bélico. Por un lado se organizaba para la guerra y lucraba con ella a través de la siempre tentadora presencia del botín y la venta de cautivos, pero por otro lado debía sufrir las consecuencias de muerte y destrucción que la contienda causaba. Al respecto Don Juan Manuel no dudaba en calificar la guerra como el peor mal que podía afectar al reino:

Señor infante, segund dizen los sabios todos, y es verdat, en la guerra ay tantos males que non solamente el fecho, mas aun el dicho, es muy espantoso, et por palabra non se puede decir quánto mal della nasçe et por ella viene. Ca por la guerra viene pobreza et lazeria et pesar, et nasçe della desonra et muerte, et quebranto et dolor, et deserviçio de Dios et despoblamiento del mundo, et mengua de derecho et de justiçia.

Pese a esta visión terrible de la guerra, el conjunto de la sociedad hispana parecía entenderla como un mal necesario, una actividad a realizar tanto por motivos políticos, como el fortalecimiento del poder de la monarquía y la recuperación del territorio hispano tradicional; religiosos, la derrota de los infieles sarracenos, el fortalecimiento de la iglesia peninsular y la recuperación de una tierra considerada sagrada y finalmente razones de índole económica, como era el ya mencionado enriquecimiento producto del comercio del botín y cautivos, el aumento de las tierras cultivables y el crecimiento de las propiedades de los nobles.
Raimundo Meneghello

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