sábado, 18 de junio de 2011

Los celtas en Castilla - Los pelendones I

Existen ciertas controversias sobre el carácter de la invasión celta del territorio de Iberia, también sobre las características de los pueblos que conformaron Celtiberia, sus expansiones territoriales, sus contactos y épocas diferenciadas en las que se produjeron.
Los estudios especializados parecen coincidir en que la presencia celta en la Península fue producto de una invasión de los pueblos de Centroeuropa, de forma prolongada en el tiempo a través de consecutivas oleadas. Sin embargo, existen pareceres encontrados en torno a sus momentos, intensidad y duración. Algunos autores defienden que la primera se produjo hacia el siglo XIII-XII A.C.
Sin determinar con exactitud el número (se han diferenciado más de cinco), ni los momentos precisos de estas, se describen dos grandes movimientos de integración territorial. El primero se habría producido hacia el siglo IX-VIII A.C., bajo la llamada Cultura Hallstática, o de "campos de urnas", y un segundo aporte en torno al VI-V A.C., con características culturales de La Tène, aunque hay autores que señalan que esta aportación cultural fue escasa debido a cierto aislamiento de los celtas peninsulares con relación a los del resto de Europa. De cualquier forma, los recién llegados respondían a un origen geográfico común, y a unas características culturales y lingüísticas similares, subdivididos en múltiples ramas y tribus. A este grupo étnico los conocemos como "keltoi", "gálatas", o "celtas".
Los PELENDONES (también nombrados como Cerindones en algunos textos) llegaron, de acuerdo con esto, hacia el siglo VIII-VII A.C., con el primer gran movimiento y se instalan en las zonas norteñas del Sistema Ibérico precedidos por los beribraces (o bebriaces en la Galia, quizás emparentados) que lo harían desde el Levante hasta el límite con la Meseta.
Procedentes al parecer de la zona belga (o Bajo Rhin), eran un pueblo eminentemente ganadero, en menor medida agrícola, con un gran conocimiento sobre la metalurgia, especialmente del bronce, pues la elaboración y el trabajo del hierro era incipiente en este momento y se desarrollaría plenamente hacia el s.IV A.C. Son notables armeros y duchos en el arte de la guerra que marcaba, como en el resto de los que luego serían denominados celtíberos, su idiosincrasia de autoprotección y defensa.
Se asentaron especialmente en lugares elevados desde donde dominaban con la vista pastos y valles. Regidos por un consejo de ancianos y una estructura de clanes familiares, estos asentamientos se sitúan a corta distancia entre sí dominando un territorio comunal. Acostumbran al rito de la incineración, depositando las cenizas del difunto en vasijas de arcilla (o urnas). Otros de sus ritos son el culto a las "cabezas cortadas" y la exposición de sus guerreros muertos a las aves. Aunque su estructura es patriarcal (consejo de ancianos, jerarquía guerrera), las mujeres desarrollan un papel fundamental, al menos, en igualdad con los hombres: reciben herencias, eligen a sus esposos, son alfareras, tejedoras, comparten las labores del ganado y, si es preciso, guerrean. En España se inscriben dentro de la llamada Cultura de los Castros sorianos, lugares parcialmente protegidos a los que se añadían defensas artificiales como murallas, y series de "piedras hincadas" que dificultaban las agresiones desde los accesos más débiles. A este tipo de construcción se la considera característica de este pueblo. Su muralla, que puede alcanzar los cuatro o cinco metros de altura, es única y está construida adaptándose al terreno con una cara interior y otra exterior de piedras más o menos regulares, rellenándose el espacio entre ellas de piedras más pequeñas y de tierra. En algunos casos se rematan con torreones y estructuras de madera. Dentro de su demarcación, pueden coincidir viviendas de tipo circular y rectangular, o casas adosadas a la muralla, o entre sí, formando espacios centrales o plazas. Están construidas a partir de un pequeño muro de unos cincuenta centímetros, sin cimentar, sobre el que se edifica una estructura de adobe y madera, para concluir en un tejado vegetal impermeable que filtra el humo de la hoguera. En estas viviendas se distinguen generalmente tres espacios, separados por tabiques de tablas o ramajes. En el centro se sitúa la estancia-cocina-dormitorio, espacio de la vida familiar, alrededor del hogar. Más allá, está la despensa donde se guardan los alimentos en grandes tinajas de barro sobre altillos. El espacio con más luz es la entrada, y en él se realizan las labores diarias, como el tejido en telares verticales o la molienda.
Su cerámica, hecha a mano, mantiene algunas reminiscencias excisas y campaniformes, lo que ha hecho pensar a algunos en la teoría del "ida y vuelta" de la cerámica peninsular en relación con la europea. Se realiza a partir de una base de arcilla a la que se le van añadiendo "cordadas" sucesivas, dándole forma y cociéndose después al aire libre entre las cenizas vegetales. Llevan distintos acabados en cuanto a su uso, como las vasijas de cocina en las que se incluyen arena y minerales para soportar los cambios bruscos de temperatura. Algún tiempo después conocerían el uso del torno. Los ejemplares son generalmente lisos y sin adornos, aunque también aparecen con incrustaciones del propio barro y, en los decorados, con estilizaciones de animales y símbolos solares, o característicos semicírculos concéntricos y espirales.
Como portadores de la cultura celta, poseían su propias deidades a las que adoraban desde lugares naturales destinados para ello, pues no se registran templos. Su mitología está inspirada en la naturaleza: el sol, la luna, el agua, árboles y animales. Estrabón nos habla de una "deidad innominada", a la que rinden culto las noches de luna llena, "danzando a las puertas de sus casas". Se identifica con la propia luna. Otras deidades están emparentadas con la cultura gala, o la irlandesa. La deidad LUG (sol, luz) sería la más importante de acuerdo a su concepción religiosa, una especie de Júpiter en los romanos (estos lo asimilaron a Mercurio). Sobre él no faltan referencias etimológicas y toponímicas en el noroeste peninsular, incluidas las ermitas de Santa Lucía. Son representativos: Cernunnos (bosque, caza, ciervo), Epona (difuntos, caballo), Ayron (profundidades, agua), Las Matres, en número de tres manteniendo la triplicidad céltica (fecundidad, tierra nutricia, agua), o animales de culto como el toro, el caballo, de mal fario como el cuervo, o sagrado como el buitre que subía al cielo el alma de los muertos en combate. Los pelendones se describen como adoradores, en especial, del dios Belenos (Belen de los galos), del que se desprendería su denominación "Belen" = belendones = pelendones. Es el culto al fuego, a las tormentas. A través de él se purifican hombres y animales. Aún pervive en el subconsciente colectivo en diferentes manifestaciones tradicionales. Boch Gimpera y Taracena coinciden en que los "Belendi", mencionados por Plinio y asentados en la región francesa de Aquitania, serían los antecedentes directos de la rama que cruzó los Pirineos Atlánticos.


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