sábado, 18 de junio de 2011

Descubrimiento reciente de la epopeya castellana.

La primera de todas estas manifestaciones, la epopeya medieval, es un descubrimiento reciente de la ciencia.
Hace poco más de medio siglo el estudio de la poesía épica se reducía al estudio de Homero, de Virgilio, del Tasso, del Ariosto y de sus imitadores; esto es, a la epopeya de tipo clásico. Sólo cuando la ciencia moderna fue sacando a luz toda una literatura caballeresca de la edad media, se renovó completamente la crítica de la epopeya, distinguiendo con claridad dos categorías: de un lado una epopeya primitiva, más espontánea, de carácter popular, o mejor dicho, tradicional, como la Ilíada, la Chanson de Roland, los Nibelungos; de otro lado una epopeya más tardía, más docta y artificiosa, escrita en un estilo más personal y erudito; por ejemplo, la Eneida, el Orlando furioso, la Araucana, la Henríada. Los poemas de vida tradicional son anónimos o debidos a autores sin una personalidad literaria bien definida, se escriben y se difunden dentro de un ambiente cultural poco especializado y están destinados a ser cantados en público; los poemas eruditos, al contrario, son obra de un literato perfectamente individualizado, celoso de su reputación, que escribe pensando habrá de ser leído en privado por un círculo reducido de personas entendidas.
Muchos pueblos tienen una poesía tradicional lírica o lírico-épica, pero muy pocos han logrado esa forma más desarrollada y compleja que constituye un poema narrativo de alto vuelo. Se pretende que la epopeya es una creación propia de los pueblos llamados arios, y más precisamente, de unos pocos de ellos, a saber: la India, la Persia, la Grecia, Bretaña, Germania y Francia. A éstos pudo añadirse el nombre de España sólo desde 1874.
Antes de esa fecha, aun los que conocían más a fondo la edad media española, como Fernando Wolf y R. Dozy, afirmaban no sólo que España no había tenido poesía épica, sino que no había podido tenerla, y aducían para ello buenas razones históricas. España podía darse por contenta con la universal admiración que despertaba el romancero, en particular por sus originales romances fronterizos, y se repetía en todos los tonos que España, como Servia y Escocia, no había dado un desarrollo completo a estos esbozos de cantos épicos. Entonces se conocían ya dos poemas extensos: el de Mio Cid y el de las Mocedades de Rodrigo; pero Wolf veía tan sólo en ellos rudos y desdichados intentos para imitar un género francés, cuya aclimatación en España resultaba imposible.
En 1874 la crítica comenzó a descubrir y a estudiar toda una poesía épica castellana. Se probó que los dos poemas recién mencionados, de Mio Cid y de Rodrigo, no eran un caso aislado, sino que habían existido otros referentes a ese mismo héroe, dos por lo menos sobre Fernán González, tres sobre los Infantes de Lara, más de uno sobre Bernardo del Carpio, otros sobre Garci Fernández y sobre el Infante García… Se ha probado, en fin, que hubo en Castilla una gran actividad épica, cuyo apogeo ocurre en los siglos XI y XII, seguido de una decadencia, notable aún y fecunda, en los siglos XIII y XIV; se ha probado, además, que varios de los más viejos romances no son sino fragmentos desgajados de largos poemas de la decadencia.
Si quisiéramos asistir a la proclamación de esta conquista de la ciencia, nada mejor que escuchar la completa contradicción que existe entre dos afirmaciones hechas con treinta años de intervalo por el venerable maestro de la filología romántica Gastón Paris… En 1865 decía él: “España no ha tenido epopeya...” ; …después, en 1898, …reconoce que Milá y Fontanals ha probado la existencia de una epopeya castellana y que muchos de los romances del siglo XV “son esencialmente fragmentos desprendidos, y con frecuencia alterados, de antiguos cantares de gesta”; reconoce que los descubrimientos posteriores han probado además: “que la vida de la epopeya castellana ha sido más larga, más rica y más variada de lo que se había creído hasta aquí”;y después de exponer la opinión de que esta rica epopeya nació por imitación de la epopeya francesa, el maestro continúa en estos términos: “No es en modo alguno por despreciar la epopeya española por lo que yo afirmé su originaria dependencia de la francesa. Ésta, a su vez, tiene muy probablemente sus raíces en la epopeya germánica, lo que no le impide ostentar su valor propio y ser plenamente nacional. Lo mismo sucede con la epopeya española: jamás un retoño trasplantado a otro suelo se ha impregnado más ávidamente de los jugos de la tierra en que arraigó, ni ha producido flores y frutos más diferentes de los del tronco nativo.
Ramón Menéndez Pidal

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