lunes, 27 de junio de 2011

La cultura de los castros sorianos

La Cultura de los castros sorianos se desarrolló entre los siglos VI y IV a. C. en la meseta española, en un espacio geográfico aproximado al que ocupa en la actualidad (2008) el norte de la provincia de Soria y el suroeste de La Rioja, (España).
Estos castros, en definión de Blas Taracena, son aldeas fortificadas naturalmente, situadas en elevadas cumbres entre 1.100 y 1.400 m. de altura, siempre respaldados por elevaciones de mayor altura; se adaptan a las superficies que ofrece el terreno; así, serán circulares, como los de Castilfrío de la Sierra, Valdeavellano o Ventosa de la Sierra; ovales, como el de Arévalo de la Sierra; triangular, el de Langosto; trapezoidales, el de Taniñe y el de Villar del Ala. Sus dimensiones oscilan entre los 1.400 metros cuadrados del Castillo de El Royo y los 18.000 metros cuadrados del de Arévalo de la Sierra.
Practicaban la agricultura en los terrenos más inmediatos, cultivando hortalizas, leguminosas y cereales (trigo y cebada), documentado en análisis de residuos de cerámicas y molinos. Elaboran cerveza, documentado en Numancia e Hinojosa del Campo, donde se dan los datos más antiguos (siglo VI a.C).
La ganadería es una actividad destacada, principalmente ovino, caprino, vacas y caballos, con búsqueda de pastos de verano e invierno.
La dieta sería especialmente vegetal, harinas y panes de bellotas o gachas, mezclando diversos cereales con la leche. Raramente comían carne, excepto de caza. Este régimen alimenticio creaba carencias de salud, con frecuentes enfermedades.
Se desarrollan desde comienzos del s. VI hasta la segunda mitad del s. IV. Esta cronología fue propuesta por Taracena a partir de estudios de los elementos metálicos relacionados con las necrópolis denominadas entonces posthallstátticas y la existencia de niveles superiores, ya celtibéricos, en algunos castros como Fuensaúco y Arévalo de la Sierra, ha sido confirmada por las dataciones de C. 14 de El Castillo de El Royo (Eiroa, 1980), con una fecha de 530 a. C. para el nivel más antiguo, y 320 a. C. para el más reciente, así como las aportadas por el castro del Zarranzano, 460 y 430 a. C., que indica quizás el tiempo de apogeo de esta cultura.
Cuando Taracena realizó el estudio de estos asentamientos dio a conocer catorce, localizados en Arévalo de la Sierra, Cabrejas, Castilfrío de la Sierra, Cubo de la Sierra, Cuevas de Soria, Fuensaúco, Gallinero, Garray, Hinojosa de la Sierra, Langosto, Molinos de Razón, El Royo, Taniñe, Valdeavellano de Tera, Ventosa de la Sierra, Villar del Ala. A éstos hay que sumar los dados a conocer posterioremente por otros investigadores, como los de Carbonera de Frentes, Pozalmuro, Omeñaca, El Espino y San Andrés de San Pedro, así como el Castillo de Soria, Santa María de las Hoyas, Vizmanos y Ólvega, algunos de ellos ya de época celtibérica.
Fernando Romero (1984) hizo una revisión en profundidad de la Cultura de los castros sorianos. Catalogó veintiocho castros, que tienen su origen en la etapa anterior al mundo celtibérico, a los que hay que añadir nuevos hallazgos, tanto en la zona norte como en la zona centro y sur de la provincia de Soria, aumentando su número hasta más de cuarenta, de los cuales unos treinta pertenecen a la zona norte.
Este tipo de asentamientos no es exclusivo de esta zona de Soria, también se da en otras partes de la Meseta y Noreste de España, aunque con rasgos diferentes de unas zonas a otras. Los castros de la zona occidental de la Meseta (Zamora, Salamanca, Ávila) son de mayores dimensiones.

martes, 21 de junio de 2011

Bardulia los Vardulos y el origen de Castilla

Quizás uno de los grandes misterios acerca del nombre original de Castilla, sea precisamente cual fue su nombre en origen.
Es evidente aun cuando no muy conocido, que el Norte de lo que seria el condado de Castilla, es decir, las tierras del ducado de Cantabria, y sierras norte de Burgos. No fueron nunca tierras tomadas por el califato de Omeya. En esos lares y por esos tiempos, existían pueblos poco romanizados y que siempre habían puesto las cosas muy complicadas a los visigodos; Cantabros, Autrigones, Vardulos, Caristios, junto con algunos turmugos mas romanizados. Es mas, sobradamente conocido es, que cuando el moro Tarik invade la península Ibérica, el rey de los godos Rodrigo se encontraba combatiendo a los vascones en el norte. Lo que demuestra a priori que toda esa zona aun en tiempos de los visigodos ya tardíos, era una zona poco romanizada y genéricamente “civilizada”.
Con la invasión del Islam, casi toda la península ibérica cayó bajo el dominio del califato de los Omeyas. Incluso tierras que han pasado popularmente por no islamizadas, fueron pasto de los ataques y saqueos de los musulmanes. Sin ir mas lejos Galicia (ver mapa). Tierra esta que no se salvo de las armas musulmanas, y que aun cuando ciertamente no fue una islamizacion mas que testimonial, con algunas guarniciones árabes, y algunos saqueos y ataques de desgaste a la población civil. No menos cierto es que permaneció bajo el dominio político de los Omeyas de Córdoba, hasta que Pelayo en las montañas, junto con algunos astures, igualmente poco romanizados, y los visigodos rebeldes que habían escapado al poder de damasco, reconquistaron Galicia anexionándosela al reino de Asturias.
Al mismo tiempo por el Este, las montañas del cantábrico permanecieron vírgenes al dominio de Damasco, allí se estableció el ducado de Cantabria, donde fue mítico el duque Pedro de Cantabria, quien con sus tropas resistió igualmente el ataque a zona del moro Musa Ibn Nusair. Tras esto y habiéndose creado una zona libre del dominio musulmán, Don pedro une fuerzas con Pelayo, uniendo los dos reinos por medio del matrimonio. Así se establece la unión de toda la cordillera cantábrica bajo el reino de Asturias.
Es un error muy frecuente el identificar las viejas tierras fronterizas de los reinos o condados, con las actuales, basándonos únicamente en la similitud de nombre. Así pues, es inevitable que confundamos el nombre de Ducado de Cantabria, con las limitaciones fronterizas de la cantabra actual, pero no fue así. La Cantabria antigua comprendía grandes zonas de la actual Castilla burgalesa (ver mapa). Zona nuclear de la que nacería mas tarde no solo el condado de Castilla, sino la Castilla independiente.
Así pues, y aun cuando existieron algunos intentos de ataque musulmanes por adueñarse de la zona, esto nunca ocurrió, en parte por que las tropas de Don Pedro y las poblaciones belicosas de la zona, siempre se resistieron y combatieron expulsando a los moros hacia el sur.
Tras comprender estos datos entenderemos que la zona cantábrica de Asturias, Cantabria, Norte de Palencia, Norte de la provincia de Burgos, todo país vasco, y zonas del pirineo. Jamás fueron conquistadas por los moros, y jamás formaron parte del califato de Damasco. De ahí nació Castilla, la vieja Castilla, la Castilla norte, una tierra nunca conquistada por el Islam muy a pesar de la leyenda negra que portamos.

¿Pero cual fue el nombre de esa Castilla?
Es evidente que toda esa zona que pertenecía al ducado de Cantabria de Don Pedro, y mas tarde al reino de Asturias de Don Pelayo. No era conocida en esos tiempos con el nombre de Castilla, cuyo termino llegaría muchísimos años mas tarde. Es mas, y auque esto es discutible, la propia bandera del Castillo no fue insignia de la nación o reino castellano hasta bien entrado el siglo XII - XIII.
¿Como se conocía entonces a esta tierra?.
Hemos llegado al misterio, y auque hay muchas teorías, y algunos datos oficiales sacados de crónicas de la época, no hay ninguno fiable al 100%, y muchísimo menos claro.
La primera vez que se hace mención identificando a Castilla con Bardulia, es en la crónica de Alfonso III, quien narrando las conquistas de Alfonso I, dice:

Eo tempore populantur Primorias, Lebana, Transmera, Supporta, Carranza, Bardulia quae nunc appellatur Castella1
(...Bardulia, que ahora es llamada Castilla").

Es evidente que la conexión Bardilia – Castilla existe. La duda nace cuando nos preguntamos ¿por qué Alfonso III identifica Castilla con Bardulia?, ¿Y a que zona se refiere?.
Parece mas que evidente que el termino Bardulia, procede del de Vardulos. Los pueblos Vardulos fueron tribus celtas o cuanto menos indoeuropeas, que se asentaron durante toda la edad del hierro en lo que hoy es País Vasco. Y que con el empuje de los vascones procedentes del pirineo, estos (Vardulos) se vieron forzados a dejar sus tierras de origen emigrando hacia el Oeste.
Si esto fuera así, es muy posible que el pueblo vardulo ocupara o se asentara en las zonas del norte de Burgos, dando en tiempos de la reconquista nombre a la tierra en la que vivían, Bardulia, mas tarde conocida con el nombre de Castilla.
Contrapuesta a esta teoría hemos de decir, que lamentablemente no existe ningún escrito de la época, que de fuerza a la teoría de que los vardulos de País Vasco, se asentaron en la zona del norte de Burgos, siendo tan solo una hipótesis en busca de una nueva tierra tras su expulsión de sus tierras originales en Euskadi.
Otra teoría plantea que tanto Autrigones como Caristios, fueran en realidad parte de la nación de los Vardulos. Siendo así, los autrigones que ocuparon igualmente la zona norte de Burgos, serian conocidos genéricamente con el también nombre de vardulos. Llamando en consecuencia Alfonso III a sus tierras las Bardulias de una forma erudita o retórica.
Sea como fuere, esas Bardulias antiguas ahora llamadas Castilla. Con una composición étnica de Godos y pueblos muy poco romanizados tales como cantabros, autrigones y vardulos, todos ellos de raigambre celta o fuertemente indoeuropeizada. Unidos con pequeñas poblaciones supervivientes de los turmugos, caristios, y otras etnias igualmente de raíz celtica. Serán los primeros foramontanos o repobladores de las nuevas tierras de Castilla conquistadas por la espada a los musulmanes.
La tarea no obstante fue posible en parte por la poca islamizacion de la zona, la cual como ya explica A. Barbero permaneció prácticamente desértica, donde tan solo algunos puestos de guardia musulmanes, garantizaban una defensa y vigilancia de las zonas nortes. Mas en previsión de ataques y una pronta alarma a las tierras del sur, que por intenciones de dominar y repoblar una zona montañosa y desde siempre hostil al dominio invasor. No solo en tiempos moros, sino desde los tiempos romanos, y godos mas tarde.
La vieja Bardulia al norte, con su expansión hacia el sur y su conquista con la espada y el arado de las nuevas tierras hasta el Guadarrama, había dado origen a una “nueva Bardulia”, conocida genéricamente en la posteridad como: Castilla

La leyenda del Azor y el caballo

Varias son las leyendas que tienen como protagonista, a Fernán González. Entre otras la victoria sobre Almanzor con la ayuda de San Millán y la leyenda de la independencia del condado de Castilla. Transcribimos a continuación una de las versiones que ha llegado a nuestros días de esta última.

El azor y el caballo

Sancho, rey de León, envió mensajeros a Fernán González para recordarle la obligación de asistir a las Cortes. El conde acudió, aunque no gustosamente, pues no le complacía sentirse vasallo del rey leonés.
Cuando llegó Fernán González, el rey salió a recibirle y a honrarle. Portaba el conde un hermoso azor en la mano y montaba un magnifico corcel ganado a Almanzor. El rey quedándose prendado de ambos, quiso comprarlos diciendo: “Magnifico caballo montáis, conde, y vuestro azor es envidiable. Quiero compraros uno y otro.” El conde dijo: “No ha de pagar el señor cosa que posee el vasallo. Vuestros son”. El rey no aceptó recibirlos sin paga, y entonces Fernán González puso una pequeña cantidad como precio, pero advirtiendo que por cada día que pasara había de doblarse el mismo. Sancho complacido aceptó.
Siete años transcurrieron, cuando de nuevo el rey mandó misivas a Fernán González para que acudiera a Cortes. En ellas le exhortaba a acudir a su mandato, advirtiéndole que de no hacerlo habría de dejar el condado y marchar de aquellas tierras. El conde, ante este mensaje, fue a León. A su llegada se arrodilló a los pies de don Sancho y le pidió las manos para besarselas. Mas el rey se las negó, acusándole de traidor, pues hacía dos años que lo llamaba y él no acudía. Y le reprochó, además, haberse alzado con el condado y no pagar los tributos debidos.
Ante estas palabras, el conde se puso en pie y replicó: “Señor, hace siete años que vine a vuestras Cortes y no cobré honra, sino deshonra. Si me he alzado con el condado, es porque no recibo la paga de la venta que os hice del caballo y el azor. Echad cuentas de lo que me debéis y yo os pagaré la diferencia.” Sancho enojado ante las palabras del Conde, le contestó: “Lenguaraz eres, conde, mas he de callar tu insolencia”. Y mandó que se le recluyera en prisión.
Cuando la condesa supo la prisión de su marido, se puso en camino acompañada de trescientos hijosdalgo castellanos, a los cuales dejó atrás. Llegando ella sola a pedirle al rey que le permitiera visitar a su marido. El rey lo permitió y llevaron a la condesa a la torre donde estaba el conde. Éste tuvo una gran alegría cuando vio a la condesa. Ella le dijo prestamente: “Levantaos, señor y trocad las ropas conmigo”. El conde lo hizo así y salió disfrazado con las vestiduras de la condesa, sin que el engaño fuera advertido por los soldados que guardaban al preso. Al día siguiente, y el conde ya en seguridad en sus tierras, las dueñas que habían acompañado a la condesa se presentaron, y al preguntárseles qué deseaban, contestaron que recoger a su señora. Abrieron la celda y con gran sorpresa vieron que quien la ocupaba era la esposa de Fernán González. El rey se asombró mucho de lo sucedido y dejó libre a la condesa, mandándola escoltada hasta encontrar a su marido.
El conde mando decir al rey que le pagase el azor y el caballo o lo cobraría por la fuerza. El rey echó cuentas y vio que la cantidad necesaria para pagar la deuda era superior a lo que podría reunir y no tuvo más remedio sino perdonar al conde el tributo que habría de darle.
Y así fue como Fernán González consiguió la independencia del condado de Castilla.

lunes, 20 de junio de 2011

Curiosidades poco contadas sobre la islamización de Hispania

Muchas veces nos hemos preguntado como fue la islamizacion de la península ibérica durante los primeros años de la invasión musulmana. Y decimos bien, musulmana, y no árabe. Ya que la propia invasión de Hispania, no fue un ataque organizado ni orquestado mayoritariamente por árabes de raza, sino mas bien de musulmanes fruto de diferentes etnias ya asentadas en el norte de África, como bien explica Rosa Sanz Serrano en su libro Historia de los godos – Cap; la perdida de Hispania y la leyenda de Ilyian 687 – 711.
En ese mismo libro explica como los musulmanes de Tarik, eran un complejo grupo militar formado por una considerable diversidad étnica, entre la que se encontraban vándalos convertidos al Islam, romanos convertidos al Islam del norte de África, salidos de la vieja provincia del imperio, y diferentes tribus bereberes. Todos ellos capitaneados por una casta de nobleza militar árabe, que unió a todos estos pueblos bajo la religión musulmana.
Todos estos pueblos tras la batalla de Guadalete, fueron recibidos bastante bien por la población del sur de Hispania, donde la presencia de los godos nunca había gozado de buena salud, y quienes veían a los musulmanes como salvadores de la tiranía de los bárbaros. bárbaros que recordemos, no solo habían llegado desde el norte imponiéndose a la nobleza mayoritaria hispano romana, sino que además combatieron contra el imperio de bizancio que se asentó durante algunos años en las costas del sur de Andalucía.
Sea como fuere, lo cierto es que las viejas tierras de Hispalis, fueron de las menos “gotizadas”, y en las que menos simpatía se tenia por la presencia y dominación visigoda. Quizás junto con las poblaciones del norte de España, aun cuando las causas del origen de la enemistad o simpatía eran notablemente diferentes.
En esta línea es sin duda muy acertada la teoría de A. Barbero (1992, p.216). Quien dice que la nobleza local (sur de Hispania) pactó con los árabes como antes lo había hecho con los godos, aunque una parte se les resistió con las armas y finalmente tuvieron que exiliarse a las montañas.
Los grandes perdedores, según este mismo autor, fueron las autoridades católicas, al menos en los territorios del sur que se fueron convirtiendo al islamismo, lo que no sucedió mas allá de la frontera del Duéro.
Es decir, para los que no lo han entendido aun. La invasión árabe de la península, fue muchísimo mas una invasión religiosa o proceso de islamizacion de la población, que de asimilación racial de la misma. La minoría árabe asentada en la nobleza, influyó notablemente en la historia del sur de Hispania, perdiendo fuerza según se aproximaban hacia el norte, donde no obstante las gentes eran hispano musulmanas (Vease – Taifas de Toledo, Taifa de Extremadura, Taifa de Zaragoza, Taifa de Valencia) fruto de una asimilación de la religión por parte de los nativos, bien por intereses, bien por dominación, o bien por imposición.
De entre todo esto, y con la excepción de la taifa de Zaragoza, casi toda la mitad norte de Hispania, fue una tierra poco o nada islamizada, y muchísimo menos dominada por los árabes. Tan solo algunas guarniciones guerreras o puestos de guardia, formaron la llamada “dominación árabe” de la península desde la mitad norte hacia el cantábrico. Un territorio que si bien es cierto pertenecía oficialmente al territorio del califato Omeya, no mostraron mucho interés por él, muy posiblemente por lo complicado de su geografía en el caso de las zonas mas montañosas (costas cantábricas, montañas de Castilla la vieja, país vasco y Pirineos), y lo áspero y “desértico” de su clima, en el caso de los campos de Gallaecia, también llamados campos godos, tierra de campos, o mas modernamente mar de Castilla. Tierras que si bien es cierto en la baja edad media pasaron a ser parte de la corona de Castilla, históricamente, y en origen, poco o nada tenían que ver con la Castilla vernácula norte o la vieja, siendo mas bien tierras tradicionales del reino de León, como bien nos indica su nombre mas antiguo de Campos de Gallaecia.
Fue precisamente la falta de interés por estas tierras por parte de los musulmanes, lo que facilito en un momento determinado la incursión de las tropas cristianas procedentes de León, y Castilla en sus tiempos de condado y mas tarde como reino, hacia el sur de Hispania, comenzando así la reconquista de la totalidad de la península.

sábado, 18 de junio de 2011

Las enigmaticas piedras de los vettones

Una cultura casi desconocida sembró la Península Ibérica de enigmáticos animales de piedra cuyo significado o propósito aún siguen siendo materia de debate para los arqueólogos. Son los vettones.

Uno de los fenómenos arqueológicos relacionado con los celtas más importantes de España tiene que ver con las representaciones escultóricas de los pueblos prerromanos que habitaron entre el Duero y el Tajo, en la meseta; los vetones. Toros, jabalíes, cerdos, osos, tal vez elefantes... Esculturas toscas de granito, de distintos tamaños y encontradas en tan diversos ámbitos que los investigadores aún no se han puesto de acuerdo en su significado — puede que fueran varios los motivos de su fabricación?—. Son los llamados “verracos” que es como se conoce a esta cultura que reúne más de 400 ejemplares en una estrecha franja de piedra y monte. Corresponden al trabajo de un grupo de artesanos que labraba la roca y que proveía a los vetones de estas figuras misteriosas, cuyo sentido aún no ha sido desvelado.

Hace 2.500 años...
Los vetones eran celtas, vivían de la ganadería y se preparaban para ser soldadas de postín. Celebraban ritos iniciáticos para los futuros guerreros en saunas excavadas en la roca y adoraban a las fuerzas de la naturaleza celebrando sacrificios animales y humanos en altares rupestres. Se repartieron por el territorio extendido entre el Duero y el Tajo, lo que ahora es Toledo, Cáceres, Salamanca, Ávila, Zamora, Segovia y las provincias portuguesas de Tras-os-Montes y Beira Alta. Construyeron sus ciudades fortificadas (oppida) más importantes en el valle abulense de Amblés, en montes colindantes a las sierras que rodean la capital de Ávila. En este marco se tallaron los verracos, considerados la expresión plástica más representativa de los vetones.
La curiosidad por estas esculturas milenarias ha respondido a patrones varios. Los romanos utilizaron la figuración de toros y jabalís de reducidas dimensiones en sus necrópolis, a modo de cistas y cupae —¿símbolo del enterramiento de alguien cuyos ancestros vetones adoraban a estos animales, igual que ahora se hace con la Cruz?—, o bien usarlas como sillares en la Edad Media en construcciones importantes, como la muralla de Ávila o varias iglesias de ésta y otras capitales y pueblos de la zona —quizá con el despectivo propósito de ahorrarse en pulir piedra cuando ya disponían de elementos de buena roca y, además, labrados—. Y, como los siglos dan tantas vueltas al arte, a partir del siglo XVI las familias nobiliarias los situaban en los jardines de sus sus palacios — reconocimiento a su valor artístico, a su antigüedad, o por una atracción del misterioso poder de estas esculturas milenarias hacía los ricos estamentos?—. Las pruebas arqueológicas y, a partir del siglo XV, la documentación de los cronistas, sitúan la construcción de estas esculturas en la Edad del Hierro, a partir del siglo V-IV a. de C. Sólo desde finales del siglo XIX, época en que surge la figura del investigador arqueológico se han realizado excavaciones más sistemáticas en los castros vetones, intentando descubrir algo del pasado de estos pueblos ganaderos y guerreros, y encontrándose con una cultura llena de enigmas y dudas.

¿Idea o figuración?
Entre dioses y hombres siempre ha habido una extraña relación. Temor, amor, miedo, petición, protección... distintas caras de una misma moneda en la que las circunstancias que nos rodean son fundamentales. En el caso de los celtas, las fuerzas de la naturaleza eran el misterio de la lluvia y de los ríos, la energía del Sol y la Luna, y la fuerza pétrea y el poder de los animales. La comprensión de lo que ocurría influía hasta transformar los elementos cotidianos de la existencia en objetos de culto.
¿Culto al toro o a la piedra? ¿O a ambos? Es una de las incógnitas de los verracos. Figuras esquemáticas, simples, muy geometrizadas; tanto, si las comparamos con las representaciones ibéricas de la misma época, que es casi imposible relacionarlas. ¿Cuestión de riqueza, de medios, de torpeza, o se trata de una visión buscada, de la mera representación de una idea sin un afán figurativo? Las relaciones de los celtas con la naturaleza fue tan acusada que puede que la idea sea sólo la conjunción de dos elementos naturales, fundamentales en su vida: la roca sobre la que construían sus poblados, que les protegía, y el toro, animal sagrado en mitologías clásicas, cargada, en este caso, de un componente sociológico que no se puede obviar: una de sus fuentes de riqueza era la ganadería.
Las piedras en el culto y el propio culta a las piedras también se han relacionado con las corrientes de agua. Por ejemplo, en el castro de Ulaca (Solosancho, Avila) se halló un verraco cerca de un manantial, y junto al castro de El Raso (Candeleda, Avila) también se encontró un ejemplar al lado de un río, junto al Santuario prerromano de Postolabosa. La presencia de es tas esculturas en extensas praderas, a modo de hitos en el paisaje, y algunos cerca de los poblados e incluso dentro de los mismos, se ha interpretada coma una sacralización de los mismos, en relación con la protección tanto del ganado como de los hábitats. Han pasado más de setenta años desde que el arqueólogo Juan Cabré, uno de los primeros que excavó los castros vetones, destacaba la función mágico-religiosa de estas figuras zoomorfas, relacionándolos con ritos de protección del ganado, fertilidad y reproducción de la especie. Se han encontrado esculturas en zonas de pastos especialmente ricas, en las cercanías de cañadas medievales, en las lindes de las tierras y de marcándolas — modo de hitos sagrados—. Hay teorías que indican, incluso, que los verracos trataban de señalizar las posesiones de los grandes guerreros (los privilegiados en la escala jerárquica de los poblados), como símbolo de su estatus social. Lo que aún no se ha confirmado es si, en realidad, los toros y verracos hallados se situaron en esos lugares en sus orígenes o si, por el contrario, han sido desplazados de su ubicación original a lo largo de los siglos. De algunas sí que se conoce con certeza su desplazamiento, lo que pone en duda a ubicación original del resto. Lo que será muy difícil averiguar es el cuándo y el por qué.

Los celtas en Castilla - Caelia la cerveza de los celtiberos

La Caelia Celtibérica era, a decir de historiadores y arqueólogos, la bebida favorita de los Celtíberos. Se trataba de una especie de cerveza elaborada a base de trigo, que según Orosio:

“Se extrae este jugo por medio del fuego del grano de la espiga humedecida, se deja secar y, reducida a harina, se mezcla con un juego suave, con cuyo fermento se le da un sabor áspero y un calor embriagador.”

Hay dudas sobre si estaba realizada íntegramente de trigo, o una mezcla de cereales. No se trata de ninguna pócima mágica. Según los estudiosos, la caelia formaba parte de su cultura, y se tomaba en rituales quizá prebélicos. Los Cántabros desarrollaron su propia cerveza llamada zhytos, muy similar a la caelia.
La fabricación de la cerveza era pues algo habitual entre los indígenas usando un producto, el cereal, que permitía su elaboración durante todo el año. Se destinaba, generalmente, a un consumo familiar, por lo que no era necesario tener grandes espacios o estructuras dedicadas a su producción.
El consumo de cerveza en la península Ibérica tiene una larga tradición,
En el valle de Ambrona, en Soria, se hallaron restos de cerveza elaborada con trigo en vasijas y otros recipientes que correspondían a parte de los ajuares funerarios, con 4.400 años de antigüedad (hacia el 2.500 a.C).
Son pocos los elementos que permiten evidenciar en un poblado la presencia de esta bebida, salvo los recipientes relacionados con su fabricación como son los denominados “vasos cerveceros” o candiotas. Poseen en la parte baja un pico vertedor y posiblemente, se utilizarían como decantadores.Se desprende de ello que era una bebida común en los poblados y consumida en numerosas ocasiones.
La caelia celtibera, era posiblemente bebida en ocasiones singulares por los pobladores indoeuropeos de esta vieja península. Seguramente en rituales, festejos o festividades religiosas. Pero no fue únicamente una bebida destinada al disfrute culinario de los habitantes de Iberia.
Según los describe Orosio 5,7, 2-18, hablando de cuando los numantinos se reúnen valor para el ultimo combate (133 a C):

"Por último irrumpieron todos de súbito por dos puertas, después de haberse bebido una gran cantidad, no de vino, en el que esta región no abunda, sino de jugo de trigo artificiosamente elaborado, jugo que llaman "caelia" porque es necesario calentarlo. Se extrae este jugo por medio del fuego del grano de la espiga humedecida, se deja secar y, reducida a harina, se mezcla con un juego suave, con cuyo fermento se le da un sabor áspero y un calor embriagador. Encendidos por esta bebida, ingerida después de larga inanición, se lanzaron a la lucha..."

Dejando bastante claro que al igual que otras culturas indoeuropeas de centro Europa y el norte del continente, los celtas de la iberia indoeuropea usaban la caelia como vehículo ritual para encontrar un valor sobrenatural que les hiciera luchar hasta la muerte contra un enemigo muy superior. Algo similar a los hongos que utilizaban años mas tarde los famosos berserk vikingo, una costumbre tipica entre varios grupos de pueblos europeos de raigambre hiperborea.

Descubrimiento reciente de la epopeya castellana.

La primera de todas estas manifestaciones, la epopeya medieval, es un descubrimiento reciente de la ciencia.
Hace poco más de medio siglo el estudio de la poesía épica se reducía al estudio de Homero, de Virgilio, del Tasso, del Ariosto y de sus imitadores; esto es, a la epopeya de tipo clásico. Sólo cuando la ciencia moderna fue sacando a luz toda una literatura caballeresca de la edad media, se renovó completamente la crítica de la epopeya, distinguiendo con claridad dos categorías: de un lado una epopeya primitiva, más espontánea, de carácter popular, o mejor dicho, tradicional, como la Ilíada, la Chanson de Roland, los Nibelungos; de otro lado una epopeya más tardía, más docta y artificiosa, escrita en un estilo más personal y erudito; por ejemplo, la Eneida, el Orlando furioso, la Araucana, la Henríada. Los poemas de vida tradicional son anónimos o debidos a autores sin una personalidad literaria bien definida, se escriben y se difunden dentro de un ambiente cultural poco especializado y están destinados a ser cantados en público; los poemas eruditos, al contrario, son obra de un literato perfectamente individualizado, celoso de su reputación, que escribe pensando habrá de ser leído en privado por un círculo reducido de personas entendidas.
Muchos pueblos tienen una poesía tradicional lírica o lírico-épica, pero muy pocos han logrado esa forma más desarrollada y compleja que constituye un poema narrativo de alto vuelo. Se pretende que la epopeya es una creación propia de los pueblos llamados arios, y más precisamente, de unos pocos de ellos, a saber: la India, la Persia, la Grecia, Bretaña, Germania y Francia. A éstos pudo añadirse el nombre de España sólo desde 1874.
Antes de esa fecha, aun los que conocían más a fondo la edad media española, como Fernando Wolf y R. Dozy, afirmaban no sólo que España no había tenido poesía épica, sino que no había podido tenerla, y aducían para ello buenas razones históricas. España podía darse por contenta con la universal admiración que despertaba el romancero, en particular por sus originales romances fronterizos, y se repetía en todos los tonos que España, como Servia y Escocia, no había dado un desarrollo completo a estos esbozos de cantos épicos. Entonces se conocían ya dos poemas extensos: el de Mio Cid y el de las Mocedades de Rodrigo; pero Wolf veía tan sólo en ellos rudos y desdichados intentos para imitar un género francés, cuya aclimatación en España resultaba imposible.
En 1874 la crítica comenzó a descubrir y a estudiar toda una poesía épica castellana. Se probó que los dos poemas recién mencionados, de Mio Cid y de Rodrigo, no eran un caso aislado, sino que habían existido otros referentes a ese mismo héroe, dos por lo menos sobre Fernán González, tres sobre los Infantes de Lara, más de uno sobre Bernardo del Carpio, otros sobre Garci Fernández y sobre el Infante García… Se ha probado, en fin, que hubo en Castilla una gran actividad épica, cuyo apogeo ocurre en los siglos XI y XII, seguido de una decadencia, notable aún y fecunda, en los siglos XIII y XIV; se ha probado, además, que varios de los más viejos romances no son sino fragmentos desgajados de largos poemas de la decadencia.
Si quisiéramos asistir a la proclamación de esta conquista de la ciencia, nada mejor que escuchar la completa contradicción que existe entre dos afirmaciones hechas con treinta años de intervalo por el venerable maestro de la filología romántica Gastón Paris… En 1865 decía él: “España no ha tenido epopeya...” ; …después, en 1898, …reconoce que Milá y Fontanals ha probado la existencia de una epopeya castellana y que muchos de los romances del siglo XV “son esencialmente fragmentos desprendidos, y con frecuencia alterados, de antiguos cantares de gesta”; reconoce que los descubrimientos posteriores han probado además: “que la vida de la epopeya castellana ha sido más larga, más rica y más variada de lo que se había creído hasta aquí”;y después de exponer la opinión de que esta rica epopeya nació por imitación de la epopeya francesa, el maestro continúa en estos términos: “No es en modo alguno por despreciar la epopeya española por lo que yo afirmé su originaria dependencia de la francesa. Ésta, a su vez, tiene muy probablemente sus raíces en la epopeya germánica, lo que no le impide ostentar su valor propio y ser plenamente nacional. Lo mismo sucede con la epopeya española: jamás un retoño trasplantado a otro suelo se ha impregnado más ávidamente de los jugos de la tierra en que arraigó, ni ha producido flores y frutos más diferentes de los del tronco nativo.
Ramón Menéndez Pidal

Teoría sobre el origen francés de la epopeya castellana

La tesis del origen francés de la epopeya castellana que Gastón Paris enucia en el pasaje citado, fue aceptada por el eminente crítico español Eduardo de Hinojosa, y mucho antes ya había sido expuesta por el hispanoamericano Andrés Bello.
Gastón Paris apoya su presunción sobre dos consideraciones. La forma métrica en las gestas francesas y en las españolas ofrece muchas semejanzas, “y no es probable que esta forma naciese espontáneamente e independientemente al sur y al norte de los pirineos”. Ahora bien, el examen de la métrica española nos revela que no nació con la perfección o semejanza que pudiera esperarse en una imitación de una métrica ya perfeccionada, sino que fue evolucionando lentamente por sí misma, siempre aparte de la evolución seguida por el metro francés, y que además ofrece desde sus comienzos un procedimiento fundamental, la –e paragógica, desconocido de las chansons de geste.
El otro argumento de Gastón Paris establece “que la producción épica comenzó en España cuando ya la epopeya francesa existía hacía mucho tiempo y estaba en toda la fuerza de su plena floración, y que no parece haberse cantado ningún suceso histórico español antes de la introducción de las gestas francesas”. Sin embargo, el hecho es que el primer contacto activo de la brillante civilización francesa con la española se produjo a fines del siglo XI bajo la iniciativa de Alfonso VI, y que las primeras noticias que se tienen de la introducción de canciones de gesta francesas en España datan de comienzos o mediados del XII, en la Historia Silense y en el falso Turpin; pero, en cambio, los sucesos que son asunto de los cantares de Fernán González y de los Infantes de Lara pertenecen al siglo X, y si se tiene en cuenta la sorprendente exactitud que hoy se descubre en esos cantares respecto a ciertos pormenores históricos, geográficos y genealógicos, se llega al convencimiento de que estos poemas hubieron de recibir su primera forma muy poco después de ocurrir los sucesos que cantan. Gastón Paris no puede menos de considerar esta contemporaneidad respecto al cantar de los Infantes de Lara, pero la rechaza al fin, porque no puede ponerla de acuerdo con su hipótesis del origen francés de la epopeya castellana.
El crítico alemán H. Morf, que no admite este origen francés, admite sin vacilación que existió en el siglo X un cantar contemporáneo sobre la muerte de los Infantes de Lara.
En suma: El poema del Cid en el siglo XII y otros poemas en el XIII revelan indiscutiblemente persistente influencia de la epopeya francesa, influencia posterior a la primera gran invasión de gentes y costumbres francesas en tiempos de Alfonso VI, y a las primeras noticias relativas a la introducción de las gestas francesas en España; pero mucho antes de la penetración francesa se compusieron cantos relativos a Fernán González, a los Infantes de Lara y al Infante García, que por su fecha no podemos suponer inspirados en la épica extranjera, y más observándose en ellos una manera de concebir y de tratar poéticamente los asuntos muy diversa de la manera francesa.
Si es, pues, indudable el influjo de la épica de Francia en una época avanzada de la epopeya castellana, no hay motivo alguno para afirmarlo de sus orígenes...

el romance de Gaiferos

Aun más; este Walter de España quizá no sólo nos indica la existencia de relatos épicos entre los visigodos que se asentaron en la Península y nos da una muestra de ellos, sino además parece advertirnos que esos viejos relatos hubieron de ejercer un influjo persistente sobre la poesía peninsular, ya que nos vemos sorprendidos de encontrar el recuerdo de un poema de Walter en el romance español juglaresco y popular en el siglo XVI, que cuenta cómo Gaiferos salió huyendo de Sansueña con su esposa Melisenda, allí cautiva. Los moros persiguen a los fugitivos, y Gaiferos tiene que combatir contra ellos, los vence, y llega con su esposa a su patria, donde es recibido muy honradamente y celebran fiestas, como Walter a su llegada con Hiltgunda. La semejanza total del asunto es muy completa, pero además existen otras de pormenor en extremo curiosas, si comparamos el romance con el poema latino del siglo X, que es la más completa exposición que conocemos de la leyenda germánica.
En su huida Gaiferos mira a menudo hacía atrás y cuando ve muy cerca ya a sus perseguidores manda a su esposa que se apee y se entre en una gran espesura, mientras él combate con los moros; lo mismo que Walter, cuando su esposa vuelve la cabeza y ve venir a sus perseguidores, la manda entrar en el bosque cercano, mientras él espera. Vencedor en el combate, Gaiferos busca a su esposa; y ella, al verle teñido en sangre, le pregunta si tiene heridas, que ella las vendará con las mangas de su camisa o con su toca; asimismo Walter llama en altas voces a su esposa, la cual llega y liga las heridas al vencedor y a los vencidos, y luego les escancia el vino. Al huir, Gaiferos y su esposa andan “de noche por los caminos, de día por los jarales”, e igualmente Walter y su esposa caminan de noche y al amanecer entran por los bosques y los matorrales espesos (lugar común para indicar la cautela del caminante, pero que valdrá aquí unido a las otras coincidencias).
En fin, Gaiferos y su esposa, que después de la lucha prosiguen su camino, se sorprenden al ver llegar otro caballero armado, y se preparan para un nuevo combate; lo mismo Walter, después de haber vencido a sus primeros agresores a la boca de una caverna de los Vosgos, se pone en camino, y su esposa tiembla al ver venir detrás dos perseguidores.
Tantas analogías acumuladas no pueden ser pura casualidad. El Walter de España, célebre en el siglo XIII en Alemania, en Noruega, en Inglaterra, lo debió ser también en su patria, donde existía, como en Alemania, una robusta epopeya, de modo que podemos considerar la huída y los combates de Gaiferos como un resto, conservado por acaso, del lazo misterioso que une la poesía heroica de los visigodos con la epopeya castellana. Ese lazo se nos hace ya tangible al final de los tiempos góticos en la leyenda del rey Rodrigo, que acabamos de mencionar, leyenda de máxima divulgación e ininterrumpidas manifestaciones, por ser imprescindible en todas las historias de la Península, árabes o cristianas; no puede chocarnos que la insignificante leyenda de Walter no se nos haga visible en España sino en un romance juglaresco, tan sólo recogido por la imprenta a mediados del siglo XVI.

Escasez de elementos árabes en la epopeya castellana

Frente a tan numerosas señales de la influencia germánica, buscaríamos inútilmente en la epopeya castellana rastros de la influencia árabe que ciertos críticos han exagerado tanto respecto a toda la literatura española. Apenas encontraríamos algunos tipos y usos de la vida militar, por ejemplo, los adalides o guías prácticos de la guerra, los enaciados o espías, la algara, incursión o razzia, los alaridos, gritos de combate, y más especialmente, la notable costumbre de que el vasallo entregase al rey o señor la quinta parte de las ganancias de la guerra, quinta prescripta por una sura del Corán, y que el conquistador de Valencia, el Cid, pagaba religiosamente a Alfonso VI, lo mismo que, en plena edad moderna, el conquistador del Perú, Francisco Pizarro, pagaba al emperador Carlos V, sin que ni el uno ni el otro sospechasen que en ello se ajustaban a un precepto del odiado Mahoma. Hay que llegar a una época muy tardía, al momento en que una rama de la poesía heroica, cambiando completamente de solar y de forma, trasplantada a la vega de Granada, dio allí vida a los romances fronterizos y moriscos, para que en éstos encontremos rasgos manifiestamente inspirados en los gustos y en las costumbres de los moros nazaritas.
Menéndez Pidal

Influencias paganas en la epica castellana

Una superstición, que toca a lo maravilloso, debemos mencionar por último: la de los agüeros, y no sabemos si añadirla al influjo de los germanos o atribuirla a los romanos, a los hispanos o a los árabes, pues todos estos pueblos la practicaron. Lo notable es que el uso de los agüeros tiene una gran importancia en la epopeya castellana, mientras que la epopeya francesa no lo conoce. En Castilla, todo ayo, para educar y aconsejar a los jóvenes nobles a él encomendados, debía saber interpretar bien el vuelo de las aves.
Un ejemplo de este difícil saber nos da la gesta de los Siete Infantes de Lara: cuando los siete hermanos atraviesan el pinar de Canicosa para entrar en tierra de moros, ven dos cornejas y un águila colocadas en tal forma que presagian una gran desgracia, según entiende el viejo ayo Nuño Salido, el cual advierte a los Infantes que no osen pasar más allá de estas aves, sino que vuelvan a casa para esperar allí que las señales se muden; si de todos modos quisieran los Infantes seguir camino, sería preciso “quebrantar aquellos agüeros”; esto es, conjurarlos, fingiendo que la desgracia presagiada por las aves había ocurrido ya, para lo cual debían enviar mensaje a su madre, que cubriese de luto siete lechos y llorase a los hijos como si hubiesen muerto. Menospreciando este prudente consejo, los siete hermanos y su tío Ruy Velázquez discuten luego muy agriamente con el viejo ayo sobre la interpretación que cabe dar a aquellos agüeros, mostrándonos esa trágica discusión lo complicado que era el arte adivinatorio y lo universalmente admitido que estaba. Era superstición general entre las gentes de guerra: el adalid, o guía, observaba cuidadosamente el vuelo de las aves e indicaba al capitán el momento oportuno para empezar la batalla; ¡y ay de aquel que llevado de su ardor menospreciaba el agüero y se lanzaba a la pelea antes del momento favorable!
El Cid “cataba las aves” cuando partía para el destierro o cuando caminaba en tierra enemiga, y si antes de la batalla en Tébar el conde de Barcelona le echa en cara su confianza en los cuervos, cornejas, gavilanes y águilas, él le hace pagar cara su incredulidad burlona, derrotándole y haciéndole prisionero. Muchos guerreros insignes de aquellos siglos fueron hábiles agoreros, y el serlo es uno de los defectos que la casquivana reina doña Urraca achacaba a su marido, el rey aragonés Alfonso el Batallador. En fin, el arte augural se consideraba comúnmente en Europa como cosa propia de españoles; así, por ejemplo, según Guillermo de Malmesbury, el papa Silvestre II había aprendido entre los españoles, la astronomía y la magia, la adivinación por el canto y vuelo de los pájaros; también Robert Wace, en su Brut, introduce a un astrólogo español que asiste al rey sajón Edwin, adivinando por el vuelo de las aves los planes del enemigo. Menéndez Pidal

La Batalla De Clavijo y El Milagro De Santiago. La Rioja . Spain

El tributo de las cien doncellas

Cuenta la leyenda que el rey astur Mauregato, uno de los cuatro conocidos como los reyes holgazanes por su escasa aportación a la reconquista, pactó con los moros un tributo anual por el cual tenía que entregar cien doncellas de gran belleza de las cuales cincuenta tenían que ser de origen noble y las otras cincuenta de origen plebeyo, a cambio, él tendría asegurada la paz de sus tierras.
Muchas fueron las doncellas enviadas al sur, pero algunas que se negaban a ir y luchaban con más fuerza que las demás, decidieron desfigurarse pues así al perder su belleza también perdían valor y no eran aptas como pago del tributo.
En tiempos de Alfonso II se seguía pagando este tributo y es en este tiempo donde comienza la leyenda que voy a relatar.
El rey designó a Nuño Osorio para custodiar a las doncellas hasta el lugar donde se debería de hacer la entrega de este curioso tributo y cuando llevaban un buen trecho recorrido, una de ellas, Sancha decide desnudarse y animar a las demás a que lo hagan también y no sirvió de nada que sus guardianes quisieran convencerlas de que volvieran a vestirse, ni con ruegos ni con amenazas y por mas que les preguntaban por que lo hacían, ellas no decían ni palabra y en vista de que no conseguían hacerlas entrar en razón, decidieron continuar el camino hasta que al aparecer los moros que venían a recogerlas, ellas volvieron a vestirse y es entonces cuando Sancha dice:

“Atiende, Osorio cobarde, afrenta de homes, atiende, por que entiendas la razón, si non entenderla quieres. Las mujeres non tenemos vergüenza de las mujeres; quien camina entre vosotros, muy bien desnudarse puede, porque sois como nosotras, cobardes, fracas y endebres hembras, mujeres y damas; y así no hay por que non deje de desnudarme ante vos, como a hembras acontece. Pero cuando vi los moros, que son homes, y homes fuertes, vestíme, que non es bien que las mis carnes me viesen. ¿Qué honestidad he perdido cuando vengo entre mujeres? ninguna pues que lo sois tan cobardes y tan leves.”

Claro, llevar custodiadas a unas cuantas mujeres para entregarlas a los moros para que se diviertan con ellas lo podían admitir, pero ¿qué les llamasen mujeres? jamás, así que además de montar en sus caballos, montaron en cólera y arremetieron contra los moros y no dejaron ni uno con vida y supongo que los pobres moros pasaron en un momento de estar con cara de asombro sin entender ni jota de lo que estaba pasando a solicitar en el otro mundo las huríes prometidas en toda guerra santa.

La bandera de Clavijo

Cuentan las crónicas que la Bandera de Clavijo, a la que se conoce también como "La Seña" o "La Enseña" fue portada en la Batalla de Clavijo en el año 844 por el alférez del Rey Ramiro I, Luis Osórez (señor de Villalobos), del cual descienden los Osorios (Marqueses de Astorga), en la contienda contra las tropas de Abderramán II en el término de Clavijo.
Osórez regresó a Astorga victorioso de la batalla con la bandera de la batalla de Clavijo que fue custodiada por sus descendientes, hasta que en el siglo XV fue cedida al municipio de Astorga con la condición expresa de que ésta fuese portada en procesión hasta la Catedral todos los años el día de la Asunción para que fuera recibida por el cabildo al que el marquesado debía abonar 60.000 maravedíes.
En la actualidad se conservan algunos trozos originales de la Bandera de Clavijo, entre cristales, en una arqueta de madera forrada de terciopelo rojo, muy deteriorada, -que data de hace 250 años-, junto a documentos acreditativos. La bandera recibe los honores de Capitán General.
Descripción de la bandera: sobre fondo amarillo, dos lobos pasantes de color rojo. Rodeada de triángulos superpuestos, rojos y azules.

Las esclavas de Al andalus. Primera potencia en el trafico humano

Se suele hablar de las extensas virtudes de la España bajo la espada del Islam. Constantemente se nos pinta una España del centro y norte semi bárbara, de rudas costumbres, dominada por monarcas igual de bárbaros anclados en épicas retóricas con origen visigótico. Y por el contrario.. AL-andalus, Oh! Esa Al Andalus donde todo era paz, felicidad y tolerancia. Una Al Andalus gloriosa y fértil de poetas cultura y artes. De mezquitas y gigantescos palacios.
Pocas veces se habla de esa otra cara del reino musulmán en Hispania. Pocas veces se habla, de como durante el periodo de Al Andalus, nuestra península se convirtió en un centro de comercio, venta, o “change” de esclavos a nivel mundial. Fue especialmente un lugar donde los “civilizados” árabes del la época, traían sus cargamentos humanos procedentes mayoritariamente de Europa del Este. Bielorrusia, estepas de Crimea (Ucrania), Polonia, Bulgaria o Rumania. Mercados humanos, donde muchachas jóvenes eran vendidas a grandes nobles musulmanes para engrosar sus harenes en el mejor de los casos. O para ser esclavas sexuales en el peor de ellos. Donde jóvenes campesinos eran cambiados como burros o caballos por comerciantes de riqueza acomodada, convirtiéndoles en los famosos eunucos que cuidaban los “rebaños de esclavas” que tenían algunos pudientes árabes. Naturalmente, para que todo saliera como tenia que salir, los jóvenes eran castrados. Evitando así que pudieran tener o sentir ningún deseo sexual hacia las esclavas. Igualmente los califas u hombres pudientes de esa torre de la paz y la tolerancia que fue Al Andalus, compraban niños u adolescentes para practicas sexuales aberrantes. De los lideres turcos que invadieron Ucrania, los cosacos decían de su “afición” por los jovencitos. Gustando a los lideres musulmanes de la compañía de algunos de ellos en sus campañas militares.
Naturalmente son conocidas las razzias de los musulmanes contra los reinos del norte hispano. Siendo la caza de mujeres y hombres cristianos una parte importante de ese botín. Todos recordaremos el pago de cien doncellas vírgenes que se obligo a pagar al reino de Leon por los señores pacíficos e ilustrados del sur. Doncellas que eran reclutadas a lo largo de todo el territorio que en esos años comprendía Leon, es decir; desde Galicia, hasta Castilla, Navarra, Asturias Cantabria.
Mujeres violadas, jóvenes de no mas de 11 años, obligadas a dejar sus tierras, para ser siervas sexuales de los nobles andalusíes.
Esta es la otra cara de ese mundo de armonía y cultura infinita que fue Al Andalus. Posiblemente una primera potencia en conocimiento matemático. Pero igualmente primera potencia de esclavitud y trafico de seres humanos en Europa.

Leyenda de la conquista de Madrid por los segovianos y origen de los Nobles Linajes. S XI

Durante siglos, el gobierno de Segovia estuvo detentado por regidores que se dividían en dos grupos, cada uno de ellos vinculado a uno de los Nobles Linajes de la ciudad que, según la leyenda, tienen su origen en gloriosa gesta. Cuando el rey Alfonso VI se propuso la conquista de Madrid, llamó a las milicias concejiles y las de Segovia, mandadas por los capitanes Fernán García de la Torre y Día Sanz de Quesada, llegaron tarde al campamento. Pidieron alojamiento pero el rey, disgustado por la tardanza, les respondió que se alojaran en Madrid. Los segovianos tomaron aquello como una orden, asaltaron las murallas y ellos solos conquistaron la ciudad, enviando a decir al rey que viniese a aposentarse a Madrid, donde ellos ya tenían aposento. Don Alfonso les concedió muchas mercedes a los dos capitanes, cabeza de los Nobles Linajes de Segovia.

El poema de Fernan Gonzalez, como reflejo de la rivalidad entre Castilla y León

Sin estas atenuaciones ridículas y las otras a que ya hemos aludido, el Poema de Fernán González refleja bien la época de acritud irreconciliable en la rivalidad entre Castilla y León; el poema es de origen castellano y por eso mira al rey de León sin simpatía, es más: sin respeto alguno.
Es una muestra de esa epopeya feudal de los vasallos rebeldes, la cual produjo en Francia muchas obras como Les quatre fils Aymon o Girard de Russillon, donde se cuentan las guerras de poderosos barones contra la monarquía.
En España el género apenas arraigó, a causa de la escasa fuerza que en ella tuvo el feudalismo, especialmente en Castilla, cuyo espíritu democrático fue siempre acentuado, y en cuyo seno no pudo desarrollarse una epopeya feudal una vez terminadas las reyertas, que podríamos llamar exteriores, con el rey de León. Además nunca el vasallo rebelde fue tipo predilecto en la poesía castellana, y es bien de notar que Fernán González mismo consigue su independencia, más que por una guerra por un contrato.
Ahora bien, este contrato pudiera ser uno de esos lazos inescrutables, arriba aludidos, que traban la epopeya castellana con las tradiciones de los visigodos. Castilla, en servidumbre de León, libertada en nombre de un caballo y un azor, recuerda la leyenda, recogida por Jordanes, de cómo los godos, padeciendo servidumbre en una isla, fueron liberados mediante el pago de un caballo. Además, para que se aplicase a Fernán González esta vieja leyenda gótica, pudo dar ocasión cualquier documento notarial entre el rey leonés y el conde castellano.
En la Edad Media el que recibía una donación entregaba en cambio al donante cualquier objeto de pequeño valor para dar a la donación, en vez de su carácter de acto gratuito, el indispensable carácter de una compra o de un cambio, y a esto se llamaba roboratio o corroboración. Los objetos usuales para esta roboratio eran muchos: una pequeña suma de dinero, un par de guantes, una capa, cierta cantidad de vino o de trigo, una mula, un caballo, un azor. El caballo y el azor juntos se hallan sirviendo de roboratio en varios documentos de los siglos X y XI, y podemos suponer que sirvieron para una donación, verdadera o apócrifa, en que el rey de León cediese a Fernán González varios derechos sobre el condado, por lo cual pudo decirse que el rey había cedido el condado a cambio de un caballo y un azor.
Ramón Menéndez Pidal

El desafio de los castellanos

Los castellanos pensaron luego en vengar a su rey, desafiando a los de Zamora porque habían acogido a Vellido. El encargado del reto fue don Diego Ordóñez, quien armado de todas armas y cubriéndose con el escudo, llegó a la muralla, llamó a voces a Arias Gonzalo, y le dijo: “Vosotros habéis acogido al traidor Vellido, y es traidor el que tiene consigo un traidor. Por esto reto a los zamoranos, tanto al grande como al chico; reto al vivo como al muerto, al que ha nacido como al que está por nacer; reto a las aguas que bebieren, a los paños que vistieren; reto a las hojas del monte y a las piedras del río”.
Esta curiosa fórmula de reto, que abarca a los seres animados e inanimados de una ciudad, no se nos conserva más que en este poema, pero debe ser bien auténtica; algunas partes de ella se repiten con otro motivo en los contratos medievales. Sin embargo, la fórmula del reto que responde a la solidaridad penal del derecho germánico, de que ya hablamos, sonaba a cosa arcaica e inaceptable para el poeta que dio la última redacción del poema, pues hace que Arias Gonzalo responda como quien no comprende y rechaza esa especie de entredicho en que el retador pone todas las cosas vivas y muertas de la ciudad: “En lo que los grandes hacen, ¿qué culpa tienen los chicos; ni los muertos en lo que no vieron? Pero quitando a los muertos y a los niños, por todos los demás acepto el reto y te digo que mientes”. El mentís era palabra sacramental del desafío.
Ramón Menéndez Pidal