lunes, 27 de junio de 2011

La cultura de los castros sorianos

La Cultura de los castros sorianos se desarrolló entre los siglos VI y IV a. C. en la meseta española, en un espacio geográfico aproximado al que ocupa en la actualidad (2008) el norte de la provincia de Soria y el suroeste de La Rioja, (España).
Estos castros, en definión de Blas Taracena, son aldeas fortificadas naturalmente, situadas en elevadas cumbres entre 1.100 y 1.400 m. de altura, siempre respaldados por elevaciones de mayor altura; se adaptan a las superficies que ofrece el terreno; así, serán circulares, como los de Castilfrío de la Sierra, Valdeavellano o Ventosa de la Sierra; ovales, como el de Arévalo de la Sierra; triangular, el de Langosto; trapezoidales, el de Taniñe y el de Villar del Ala. Sus dimensiones oscilan entre los 1.400 metros cuadrados del Castillo de El Royo y los 18.000 metros cuadrados del de Arévalo de la Sierra.
Practicaban la agricultura en los terrenos más inmediatos, cultivando hortalizas, leguminosas y cereales (trigo y cebada), documentado en análisis de residuos de cerámicas y molinos. Elaboran cerveza, documentado en Numancia e Hinojosa del Campo, donde se dan los datos más antiguos (siglo VI a.C).
La ganadería es una actividad destacada, principalmente ovino, caprino, vacas y caballos, con búsqueda de pastos de verano e invierno.
La dieta sería especialmente vegetal, harinas y panes de bellotas o gachas, mezclando diversos cereales con la leche. Raramente comían carne, excepto de caza. Este régimen alimenticio creaba carencias de salud, con frecuentes enfermedades.
Se desarrollan desde comienzos del s. VI hasta la segunda mitad del s. IV. Esta cronología fue propuesta por Taracena a partir de estudios de los elementos metálicos relacionados con las necrópolis denominadas entonces posthallstátticas y la existencia de niveles superiores, ya celtibéricos, en algunos castros como Fuensaúco y Arévalo de la Sierra, ha sido confirmada por las dataciones de C. 14 de El Castillo de El Royo (Eiroa, 1980), con una fecha de 530 a. C. para el nivel más antiguo, y 320 a. C. para el más reciente, así como las aportadas por el castro del Zarranzano, 460 y 430 a. C., que indica quizás el tiempo de apogeo de esta cultura.
Cuando Taracena realizó el estudio de estos asentamientos dio a conocer catorce, localizados en Arévalo de la Sierra, Cabrejas, Castilfrío de la Sierra, Cubo de la Sierra, Cuevas de Soria, Fuensaúco, Gallinero, Garray, Hinojosa de la Sierra, Langosto, Molinos de Razón, El Royo, Taniñe, Valdeavellano de Tera, Ventosa de la Sierra, Villar del Ala. A éstos hay que sumar los dados a conocer posterioremente por otros investigadores, como los de Carbonera de Frentes, Pozalmuro, Omeñaca, El Espino y San Andrés de San Pedro, así como el Castillo de Soria, Santa María de las Hoyas, Vizmanos y Ólvega, algunos de ellos ya de época celtibérica.
Fernando Romero (1984) hizo una revisión en profundidad de la Cultura de los castros sorianos. Catalogó veintiocho castros, que tienen su origen en la etapa anterior al mundo celtibérico, a los que hay que añadir nuevos hallazgos, tanto en la zona norte como en la zona centro y sur de la provincia de Soria, aumentando su número hasta más de cuarenta, de los cuales unos treinta pertenecen a la zona norte.
Este tipo de asentamientos no es exclusivo de esta zona de Soria, también se da en otras partes de la Meseta y Noreste de España, aunque con rasgos diferentes de unas zonas a otras. Los castros de la zona occidental de la Meseta (Zamora, Salamanca, Ávila) son de mayores dimensiones.

jueves, 23 de junio de 2011

Importancia de la poesía heroica castellana en la literatura española.

La edad media ha cesado definitivamente de ser considerada como una época bárbara, como una solución de continuidad abierta en la historia de la cultura entre la antigüedad clásica y el renacimiento.
Hace más de un siglo que la ciencia introdujo en su recinto a la literatura medieval; ha publicado cuidadosamente los textos de ésta, ha creado una filología especial a ellos consagrada, mostrándolos dignos de la atención y de los esfuerzos de la crítica, antes reservados exclusivamente a los monumentos de las épocas clásicas. La espontaneidad profunda de la literatura medieval, la originalidad con que expresa el carácter de una sociedad en formación, le dan el valor de un precioso documento artístico y cultural, que debe ser interrogado atentamente.
Entre las ramas de esa vieja poesía en España, hay una dotada de atractivo particular, porque no sólo ha sabido como las otras, aunque la última de todas, conquistar un puesto en el panteón literario, sino que el espíritu que la animaba desde su primera encarnación poética, no ha dejado de transmigrar de generación en generación, adoptando necesarias metamorfosis que no le impidieron conservar siempre el claro recuerdo de sus existencias anteriores. Tal es la epopeya. Si la seguimos en sus maravillosas emigraciones, la veremos animar todos los géneros literarios: los poemas, los romances, el teatro, la novela, la lírica.
Es una materia poética creada por indoctos genios allá en los tiempos más remotos del arte moderno, a veces en una edad prehistórica del mismo. Pero sus poetas supieron comunicarle algún destello del alma nacional, de modo que el pueblo la recibió y la conservó siempre como suya. Después, los más grandes poetas de la edad áurea de la literatura española cubrieron con espléndidas vestiduras esa vieja poesía y la levantaron, como sobre grandioso pedestal, mediante el prestigio de una lengua cuyo imperio se dilataba prodigiosamente sobre el globo.
Más tarde, los poetas románticos infundieron nueva vida a esa misma materia épica, tomando jirones de ella como bandera revolucionaria. Por último, en nuestros días, los modernos artistas descubren también en esos viejos temas nuevos rumbos y nuevas formas de ideal.
Por eso la historia de la materia épica castellana nos permite considerar la historia entera de la literatura española, uno de cuyos caracteres distintivos es precisamente esta armoniosa unidad de inspiración. Pío Rajna tenía razón cuando observaba que en ningún otro país, fuera de España, podía hallarse la materia para un libro como La gesta del Cid, de Antonio Restori, que, ciñéndose a una sola tradición poética, reúne obras que pertenecen a todos los siglos y a la mayor parte de los géneros literarios; y Heinrich Morf hace una observación semejante de la Leyenda de los Infantes de Lara.
Intentaré aquí trazar sumariamente un cuadro del desarrollo de este arte nacional español que pueda interesar a un público extranjero. Difícil es despertar la emoción artística de un pasado muy lejano, aun en el alma de aquellos que se sienten ligados a él por comunidad de raza o de tradición; la dificultad aumenta cuando tal comunidad falta. Que la curiosidad de mis lectores, abierta a todas las impresiones y ávida de las que le son más extrañas, logre adivinar, en lo que yo deje entrever, aquello que no acertaré a decir.
Ramón Menéndez Pidal

Vasquevanas

El cortometraje se basa en una reinterpretación de la Leyenda medieval de Vasquevanas, según la cual, el Conde Fernán González (siglo X), se lanza por la frondosidad de Vasquevanas (Arlanza) en persecución de un jabalí, consiguiendo acorralarle en la Cueva de San Pedro, donde habita el eremita Pelayo, que le vaticina que será Conde de Castilla.
La reintrepretación es mucho más fantástica, buscando un tono épico y aumentando el caracter legendario del Conde Fernán González

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martes, 21 de junio de 2011

Bardulia los Vardulos y el origen de Castilla

Quizás uno de los grandes misterios acerca del nombre original de Castilla, sea precisamente cual fue su nombre en origen.
Es evidente aun cuando no muy conocido, que el Norte de lo que seria el condado de Castilla, es decir, las tierras del ducado de Cantabria, y sierras norte de Burgos. No fueron nunca tierras tomadas por el califato de Omeya. En esos lares y por esos tiempos, existían pueblos poco romanizados y que siempre habían puesto las cosas muy complicadas a los visigodos; Cantabros, Autrigones, Vardulos, Caristios, junto con algunos turmugos mas romanizados. Es mas, sobradamente conocido es, que cuando el moro Tarik invade la península Ibérica, el rey de los godos Rodrigo se encontraba combatiendo a los vascones en el norte. Lo que demuestra a priori que toda esa zona aun en tiempos de los visigodos ya tardíos, era una zona poco romanizada y genéricamente “civilizada”.
Con la invasión del Islam, casi toda la península ibérica cayó bajo el dominio del califato de los Omeyas. Incluso tierras que han pasado popularmente por no islamizadas, fueron pasto de los ataques y saqueos de los musulmanes. Sin ir mas lejos Galicia (ver mapa). Tierra esta que no se salvo de las armas musulmanas, y que aun cuando ciertamente no fue una islamizacion mas que testimonial, con algunas guarniciones árabes, y algunos saqueos y ataques de desgaste a la población civil. No menos cierto es que permaneció bajo el dominio político de los Omeyas de Córdoba, hasta que Pelayo en las montañas, junto con algunos astures, igualmente poco romanizados, y los visigodos rebeldes que habían escapado al poder de damasco, reconquistaron Galicia anexionándosela al reino de Asturias.
Al mismo tiempo por el Este, las montañas del cantábrico permanecieron vírgenes al dominio de Damasco, allí se estableció el ducado de Cantabria, donde fue mítico el duque Pedro de Cantabria, quien con sus tropas resistió igualmente el ataque a zona del moro Musa Ibn Nusair. Tras esto y habiéndose creado una zona libre del dominio musulmán, Don pedro une fuerzas con Pelayo, uniendo los dos reinos por medio del matrimonio. Así se establece la unión de toda la cordillera cantábrica bajo el reino de Asturias.
Es un error muy frecuente el identificar las viejas tierras fronterizas de los reinos o condados, con las actuales, basándonos únicamente en la similitud de nombre. Así pues, es inevitable que confundamos el nombre de Ducado de Cantabria, con las limitaciones fronterizas de la cantabra actual, pero no fue así. La Cantabria antigua comprendía grandes zonas de la actual Castilla burgalesa (ver mapa). Zona nuclear de la que nacería mas tarde no solo el condado de Castilla, sino la Castilla independiente.
Así pues, y aun cuando existieron algunos intentos de ataque musulmanes por adueñarse de la zona, esto nunca ocurrió, en parte por que las tropas de Don Pedro y las poblaciones belicosas de la zona, siempre se resistieron y combatieron expulsando a los moros hacia el sur.
Tras comprender estos datos entenderemos que la zona cantábrica de Asturias, Cantabria, Norte de Palencia, Norte de la provincia de Burgos, todo país vasco, y zonas del pirineo. Jamás fueron conquistadas por los moros, y jamás formaron parte del califato de Damasco. De ahí nació Castilla, la vieja Castilla, la Castilla norte, una tierra nunca conquistada por el Islam muy a pesar de la leyenda negra que portamos.

¿Pero cual fue el nombre de esa Castilla?
Es evidente que toda esa zona que pertenecía al ducado de Cantabria de Don Pedro, y mas tarde al reino de Asturias de Don Pelayo. No era conocida en esos tiempos con el nombre de Castilla, cuyo termino llegaría muchísimos años mas tarde. Es mas, y auque esto es discutible, la propia bandera del Castillo no fue insignia de la nación o reino castellano hasta bien entrado el siglo XII - XIII.
¿Como se conocía entonces a esta tierra?.
Hemos llegado al misterio, y auque hay muchas teorías, y algunos datos oficiales sacados de crónicas de la época, no hay ninguno fiable al 100%, y muchísimo menos claro.
La primera vez que se hace mención identificando a Castilla con Bardulia, es en la crónica de Alfonso III, quien narrando las conquistas de Alfonso I, dice:

Eo tempore populantur Primorias, Lebana, Transmera, Supporta, Carranza, Bardulia quae nunc appellatur Castella1
(...Bardulia, que ahora es llamada Castilla").

Es evidente que la conexión Bardilia – Castilla existe. La duda nace cuando nos preguntamos ¿por qué Alfonso III identifica Castilla con Bardulia?, ¿Y a que zona se refiere?.
Parece mas que evidente que el termino Bardulia, procede del de Vardulos. Los pueblos Vardulos fueron tribus celtas o cuanto menos indoeuropeas, que se asentaron durante toda la edad del hierro en lo que hoy es País Vasco. Y que con el empuje de los vascones procedentes del pirineo, estos (Vardulos) se vieron forzados a dejar sus tierras de origen emigrando hacia el Oeste.
Si esto fuera así, es muy posible que el pueblo vardulo ocupara o se asentara en las zonas del norte de Burgos, dando en tiempos de la reconquista nombre a la tierra en la que vivían, Bardulia, mas tarde conocida con el nombre de Castilla.
Contrapuesta a esta teoría hemos de decir, que lamentablemente no existe ningún escrito de la época, que de fuerza a la teoría de que los vardulos de País Vasco, se asentaron en la zona del norte de Burgos, siendo tan solo una hipótesis en busca de una nueva tierra tras su expulsión de sus tierras originales en Euskadi.
Otra teoría plantea que tanto Autrigones como Caristios, fueran en realidad parte de la nación de los Vardulos. Siendo así, los autrigones que ocuparon igualmente la zona norte de Burgos, serian conocidos genéricamente con el también nombre de vardulos. Llamando en consecuencia Alfonso III a sus tierras las Bardulias de una forma erudita o retórica.
Sea como fuere, esas Bardulias antiguas ahora llamadas Castilla. Con una composición étnica de Godos y pueblos muy poco romanizados tales como cantabros, autrigones y vardulos, todos ellos de raigambre celta o fuertemente indoeuropeizada. Unidos con pequeñas poblaciones supervivientes de los turmugos, caristios, y otras etnias igualmente de raíz celtica. Serán los primeros foramontanos o repobladores de las nuevas tierras de Castilla conquistadas por la espada a los musulmanes.
La tarea no obstante fue posible en parte por la poca islamizacion de la zona, la cual como ya explica A. Barbero permaneció prácticamente desértica, donde tan solo algunos puestos de guardia musulmanes, garantizaban una defensa y vigilancia de las zonas nortes. Mas en previsión de ataques y una pronta alarma a las tierras del sur, que por intenciones de dominar y repoblar una zona montañosa y desde siempre hostil al dominio invasor. No solo en tiempos moros, sino desde los tiempos romanos, y godos mas tarde.
La vieja Bardulia al norte, con su expansión hacia el sur y su conquista con la espada y el arado de las nuevas tierras hasta el Guadarrama, había dado origen a una “nueva Bardulia”, conocida genéricamente en la posteridad como: Castilla

La leyenda del Azor y el caballo

Varias son las leyendas que tienen como protagonista, a Fernán González. Entre otras la victoria sobre Almanzor con la ayuda de San Millán y la leyenda de la independencia del condado de Castilla. Transcribimos a continuación una de las versiones que ha llegado a nuestros días de esta última.

El azor y el caballo

Sancho, rey de León, envió mensajeros a Fernán González para recordarle la obligación de asistir a las Cortes. El conde acudió, aunque no gustosamente, pues no le complacía sentirse vasallo del rey leonés.
Cuando llegó Fernán González, el rey salió a recibirle y a honrarle. Portaba el conde un hermoso azor en la mano y montaba un magnifico corcel ganado a Almanzor. El rey quedándose prendado de ambos, quiso comprarlos diciendo: “Magnifico caballo montáis, conde, y vuestro azor es envidiable. Quiero compraros uno y otro.” El conde dijo: “No ha de pagar el señor cosa que posee el vasallo. Vuestros son”. El rey no aceptó recibirlos sin paga, y entonces Fernán González puso una pequeña cantidad como precio, pero advirtiendo que por cada día que pasara había de doblarse el mismo. Sancho complacido aceptó.
Siete años transcurrieron, cuando de nuevo el rey mandó misivas a Fernán González para que acudiera a Cortes. En ellas le exhortaba a acudir a su mandato, advirtiéndole que de no hacerlo habría de dejar el condado y marchar de aquellas tierras. El conde, ante este mensaje, fue a León. A su llegada se arrodilló a los pies de don Sancho y le pidió las manos para besarselas. Mas el rey se las negó, acusándole de traidor, pues hacía dos años que lo llamaba y él no acudía. Y le reprochó, además, haberse alzado con el condado y no pagar los tributos debidos.
Ante estas palabras, el conde se puso en pie y replicó: “Señor, hace siete años que vine a vuestras Cortes y no cobré honra, sino deshonra. Si me he alzado con el condado, es porque no recibo la paga de la venta que os hice del caballo y el azor. Echad cuentas de lo que me debéis y yo os pagaré la diferencia.” Sancho enojado ante las palabras del Conde, le contestó: “Lenguaraz eres, conde, mas he de callar tu insolencia”. Y mandó que se le recluyera en prisión.
Cuando la condesa supo la prisión de su marido, se puso en camino acompañada de trescientos hijosdalgo castellanos, a los cuales dejó atrás. Llegando ella sola a pedirle al rey que le permitiera visitar a su marido. El rey lo permitió y llevaron a la condesa a la torre donde estaba el conde. Éste tuvo una gran alegría cuando vio a la condesa. Ella le dijo prestamente: “Levantaos, señor y trocad las ropas conmigo”. El conde lo hizo así y salió disfrazado con las vestiduras de la condesa, sin que el engaño fuera advertido por los soldados que guardaban al preso. Al día siguiente, y el conde ya en seguridad en sus tierras, las dueñas que habían acompañado a la condesa se presentaron, y al preguntárseles qué deseaban, contestaron que recoger a su señora. Abrieron la celda y con gran sorpresa vieron que quien la ocupaba era la esposa de Fernán González. El rey se asombró mucho de lo sucedido y dejó libre a la condesa, mandándola escoltada hasta encontrar a su marido.
El conde mando decir al rey que le pagase el azor y el caballo o lo cobraría por la fuerza. El rey echó cuentas y vio que la cantidad necesaria para pagar la deuda era superior a lo que podría reunir y no tuvo más remedio sino perdonar al conde el tributo que habría de darle.
Y así fue como Fernán González consiguió la independencia del condado de Castilla.

lunes, 20 de junio de 2011

Curiosidades poco contadas sobre la islamización de Hispania

Muchas veces nos hemos preguntado como fue la islamizacion de la península ibérica durante los primeros años de la invasión musulmana. Y decimos bien, musulmana, y no árabe. Ya que la propia invasión de Hispania, no fue un ataque organizado ni orquestado mayoritariamente por árabes de raza, sino mas bien de musulmanes fruto de diferentes etnias ya asentadas en el norte de África, como bien explica Rosa Sanz Serrano en su libro Historia de los godos – Cap; la perdida de Hispania y la leyenda de Ilyian 687 – 711.
En ese mismo libro explica como los musulmanes de Tarik, eran un complejo grupo militar formado por una considerable diversidad étnica, entre la que se encontraban vándalos convertidos al Islam, romanos convertidos al Islam del norte de África, salidos de la vieja provincia del imperio, y diferentes tribus bereberes. Todos ellos capitaneados por una casta de nobleza militar árabe, que unió a todos estos pueblos bajo la religión musulmana.
Todos estos pueblos tras la batalla de Guadalete, fueron recibidos bastante bien por la población del sur de Hispania, donde la presencia de los godos nunca había gozado de buena salud, y quienes veían a los musulmanes como salvadores de la tiranía de los bárbaros. bárbaros que recordemos, no solo habían llegado desde el norte imponiéndose a la nobleza mayoritaria hispano romana, sino que además combatieron contra el imperio de bizancio que se asentó durante algunos años en las costas del sur de Andalucía.
Sea como fuere, lo cierto es que las viejas tierras de Hispalis, fueron de las menos “gotizadas”, y en las que menos simpatía se tenia por la presencia y dominación visigoda. Quizás junto con las poblaciones del norte de España, aun cuando las causas del origen de la enemistad o simpatía eran notablemente diferentes.
En esta línea es sin duda muy acertada la teoría de A. Barbero (1992, p.216). Quien dice que la nobleza local (sur de Hispania) pactó con los árabes como antes lo había hecho con los godos, aunque una parte se les resistió con las armas y finalmente tuvieron que exiliarse a las montañas.
Los grandes perdedores, según este mismo autor, fueron las autoridades católicas, al menos en los territorios del sur que se fueron convirtiendo al islamismo, lo que no sucedió mas allá de la frontera del Duéro.
Es decir, para los que no lo han entendido aun. La invasión árabe de la península, fue muchísimo mas una invasión religiosa o proceso de islamizacion de la población, que de asimilación racial de la misma. La minoría árabe asentada en la nobleza, influyó notablemente en la historia del sur de Hispania, perdiendo fuerza según se aproximaban hacia el norte, donde no obstante las gentes eran hispano musulmanas (Vease – Taifas de Toledo, Taifa de Extremadura, Taifa de Zaragoza, Taifa de Valencia) fruto de una asimilación de la religión por parte de los nativos, bien por intereses, bien por dominación, o bien por imposición.
De entre todo esto, y con la excepción de la taifa de Zaragoza, casi toda la mitad norte de Hispania, fue una tierra poco o nada islamizada, y muchísimo menos dominada por los árabes. Tan solo algunas guarniciones guerreras o puestos de guardia, formaron la llamada “dominación árabe” de la península desde la mitad norte hacia el cantábrico. Un territorio que si bien es cierto pertenecía oficialmente al territorio del califato Omeya, no mostraron mucho interés por él, muy posiblemente por lo complicado de su geografía en el caso de las zonas mas montañosas (costas cantábricas, montañas de Castilla la vieja, país vasco y Pirineos), y lo áspero y “desértico” de su clima, en el caso de los campos de Gallaecia, también llamados campos godos, tierra de campos, o mas modernamente mar de Castilla. Tierras que si bien es cierto en la baja edad media pasaron a ser parte de la corona de Castilla, históricamente, y en origen, poco o nada tenían que ver con la Castilla vernácula norte o la vieja, siendo mas bien tierras tradicionales del reino de León, como bien nos indica su nombre mas antiguo de Campos de Gallaecia.
Fue precisamente la falta de interés por estas tierras por parte de los musulmanes, lo que facilito en un momento determinado la incursión de las tropas cristianas procedentes de León, y Castilla en sus tiempos de condado y mas tarde como reino, hacia el sur de Hispania, comenzando así la reconquista de la totalidad de la península.

sábado, 18 de junio de 2011

Gonzalo Fernández de Burgos

Gonzalo Fernández (? - ?). Conde de Castilla (c.909 - 915) y de Burgos (c.899 - 915).
Nombrado por primera vez en 899 como conde de Burgos, pronto hace de Lara su base, extendiendo su gobierno desde la zona de Espinosa de los Monteros y Escalada hasta el río Arlanza.
Esta localidad va a ser el punto de partida de la familia Lara que pocos años después va a conseguir la creación del condado hereditario de Castilla con su hijo Fernán González. Su iniciador, Gonzalo Fernández, tuvo primero que hacer frente a la guarnición musulmana de Carazo.
Ya hemos dicho que su nombre aparece por primera vez en la carta fundacional del monasterio de San Pedro de Cardeña (899), que será una de las instituciones monásticas castellanas más influyentes junto con el monasterio de San Sebastián de Silos (luego Santo Domingo de Silos).
En 912 participó en la expansión castellana hasta el río Duero repoblando Haza, Clunia y San Esteban de Gormaz.
Gonzalo Fernández aparece como conde en Burgos en un documento del 1-VIII-914 y como conde de Castilla el 1-V-915. Parece ser que después pasa a la corte leonesa donde figura en una asamblea de magnates y nobles antes de la derrota de Valdejunquera (920). Fray Justo Pérez de Urbel supone que después marcharía a la corte navarra donde entre los años 924 y 930 aparece un Gundisalvus comes, nombre poco frecuente en los documentos navarros.
Sus restos debieron reposar en el Monasterio de San Pedro de Arlanza, según narra fray Antonio de Yepes en su "Crónica general de la Orden de San Benito".

Casó con Muniadona con la que tuvo dos hijos:

Fernán González, conde de Castilla y Álava.
Ramiro González, muerto en 936 en combate contra los musulmanes.

Castilla en la Gallaecia - Reino de León

Las enigmaticas piedras de los vettones

Una cultura casi desconocida sembró la Península Ibérica de enigmáticos animales de piedra cuyo significado o propósito aún siguen siendo materia de debate para los arqueólogos. Son los vettones.

Uno de los fenómenos arqueológicos relacionado con los celtas más importantes de España tiene que ver con las representaciones escultóricas de los pueblos prerromanos que habitaron entre el Duero y el Tajo, en la meseta; los vetones. Toros, jabalíes, cerdos, osos, tal vez elefantes... Esculturas toscas de granito, de distintos tamaños y encontradas en tan diversos ámbitos que los investigadores aún no se han puesto de acuerdo en su significado — puede que fueran varios los motivos de su fabricación?—. Son los llamados “verracos” que es como se conoce a esta cultura que reúne más de 400 ejemplares en una estrecha franja de piedra y monte. Corresponden al trabajo de un grupo de artesanos que labraba la roca y que proveía a los vetones de estas figuras misteriosas, cuyo sentido aún no ha sido desvelado.

Hace 2.500 años...
Los vetones eran celtas, vivían de la ganadería y se preparaban para ser soldadas de postín. Celebraban ritos iniciáticos para los futuros guerreros en saunas excavadas en la roca y adoraban a las fuerzas de la naturaleza celebrando sacrificios animales y humanos en altares rupestres. Se repartieron por el territorio extendido entre el Duero y el Tajo, lo que ahora es Toledo, Cáceres, Salamanca, Ávila, Zamora, Segovia y las provincias portuguesas de Tras-os-Montes y Beira Alta. Construyeron sus ciudades fortificadas (oppida) más importantes en el valle abulense de Amblés, en montes colindantes a las sierras que rodean la capital de Ávila. En este marco se tallaron los verracos, considerados la expresión plástica más representativa de los vetones.
La curiosidad por estas esculturas milenarias ha respondido a patrones varios. Los romanos utilizaron la figuración de toros y jabalís de reducidas dimensiones en sus necrópolis, a modo de cistas y cupae —¿símbolo del enterramiento de alguien cuyos ancestros vetones adoraban a estos animales, igual que ahora se hace con la Cruz?—, o bien usarlas como sillares en la Edad Media en construcciones importantes, como la muralla de Ávila o varias iglesias de ésta y otras capitales y pueblos de la zona —quizá con el despectivo propósito de ahorrarse en pulir piedra cuando ya disponían de elementos de buena roca y, además, labrados—. Y, como los siglos dan tantas vueltas al arte, a partir del siglo XVI las familias nobiliarias los situaban en los jardines de sus sus palacios — reconocimiento a su valor artístico, a su antigüedad, o por una atracción del misterioso poder de estas esculturas milenarias hacía los ricos estamentos?—. Las pruebas arqueológicas y, a partir del siglo XV, la documentación de los cronistas, sitúan la construcción de estas esculturas en la Edad del Hierro, a partir del siglo V-IV a. de C. Sólo desde finales del siglo XIX, época en que surge la figura del investigador arqueológico se han realizado excavaciones más sistemáticas en los castros vetones, intentando descubrir algo del pasado de estos pueblos ganaderos y guerreros, y encontrándose con una cultura llena de enigmas y dudas.

¿Idea o figuración?
Entre dioses y hombres siempre ha habido una extraña relación. Temor, amor, miedo, petición, protección... distintas caras de una misma moneda en la que las circunstancias que nos rodean son fundamentales. En el caso de los celtas, las fuerzas de la naturaleza eran el misterio de la lluvia y de los ríos, la energía del Sol y la Luna, y la fuerza pétrea y el poder de los animales. La comprensión de lo que ocurría influía hasta transformar los elementos cotidianos de la existencia en objetos de culto.
¿Culto al toro o a la piedra? ¿O a ambos? Es una de las incógnitas de los verracos. Figuras esquemáticas, simples, muy geometrizadas; tanto, si las comparamos con las representaciones ibéricas de la misma época, que es casi imposible relacionarlas. ¿Cuestión de riqueza, de medios, de torpeza, o se trata de una visión buscada, de la mera representación de una idea sin un afán figurativo? Las relaciones de los celtas con la naturaleza fue tan acusada que puede que la idea sea sólo la conjunción de dos elementos naturales, fundamentales en su vida: la roca sobre la que construían sus poblados, que les protegía, y el toro, animal sagrado en mitologías clásicas, cargada, en este caso, de un componente sociológico que no se puede obviar: una de sus fuentes de riqueza era la ganadería.
Las piedras en el culto y el propio culta a las piedras también se han relacionado con las corrientes de agua. Por ejemplo, en el castro de Ulaca (Solosancho, Avila) se halló un verraco cerca de un manantial, y junto al castro de El Raso (Candeleda, Avila) también se encontró un ejemplar al lado de un río, junto al Santuario prerromano de Postolabosa. La presencia de es tas esculturas en extensas praderas, a modo de hitos en el paisaje, y algunos cerca de los poblados e incluso dentro de los mismos, se ha interpretada coma una sacralización de los mismos, en relación con la protección tanto del ganado como de los hábitats. Han pasado más de setenta años desde que el arqueólogo Juan Cabré, uno de los primeros que excavó los castros vetones, destacaba la función mágico-religiosa de estas figuras zoomorfas, relacionándolos con ritos de protección del ganado, fertilidad y reproducción de la especie. Se han encontrado esculturas en zonas de pastos especialmente ricas, en las cercanías de cañadas medievales, en las lindes de las tierras y de marcándolas — modo de hitos sagrados—. Hay teorías que indican, incluso, que los verracos trataban de señalizar las posesiones de los grandes guerreros (los privilegiados en la escala jerárquica de los poblados), como símbolo de su estatus social. Lo que aún no se ha confirmado es si, en realidad, los toros y verracos hallados se situaron en esos lugares en sus orígenes o si, por el contrario, han sido desplazados de su ubicación original a lo largo de los siglos. De algunas sí que se conoce con certeza su desplazamiento, lo que pone en duda a ubicación original del resto. Lo que será muy difícil averiguar es el cuándo y el por qué.

Los celtas en Castilla - Los pelendones I

Existen ciertas controversias sobre el carácter de la invasión celta del territorio de Iberia, también sobre las características de los pueblos que conformaron Celtiberia, sus expansiones territoriales, sus contactos y épocas diferenciadas en las que se produjeron.
Los estudios especializados parecen coincidir en que la presencia celta en la Península fue producto de una invasión de los pueblos de Centroeuropa, de forma prolongada en el tiempo a través de consecutivas oleadas. Sin embargo, existen pareceres encontrados en torno a sus momentos, intensidad y duración. Algunos autores defienden que la primera se produjo hacia el siglo XIII-XII A.C.
Sin determinar con exactitud el número (se han diferenciado más de cinco), ni los momentos precisos de estas, se describen dos grandes movimientos de integración territorial. El primero se habría producido hacia el siglo IX-VIII A.C., bajo la llamada Cultura Hallstática, o de "campos de urnas", y un segundo aporte en torno al VI-V A.C., con características culturales de La Tène, aunque hay autores que señalan que esta aportación cultural fue escasa debido a cierto aislamiento de los celtas peninsulares con relación a los del resto de Europa. De cualquier forma, los recién llegados respondían a un origen geográfico común, y a unas características culturales y lingüísticas similares, subdivididos en múltiples ramas y tribus. A este grupo étnico los conocemos como "keltoi", "gálatas", o "celtas".
Los PELENDONES (también nombrados como Cerindones en algunos textos) llegaron, de acuerdo con esto, hacia el siglo VIII-VII A.C., con el primer gran movimiento y se instalan en las zonas norteñas del Sistema Ibérico precedidos por los beribraces (o bebriaces en la Galia, quizás emparentados) que lo harían desde el Levante hasta el límite con la Meseta.
Procedentes al parecer de la zona belga (o Bajo Rhin), eran un pueblo eminentemente ganadero, en menor medida agrícola, con un gran conocimiento sobre la metalurgia, especialmente del bronce, pues la elaboración y el trabajo del hierro era incipiente en este momento y se desarrollaría plenamente hacia el s.IV A.C. Son notables armeros y duchos en el arte de la guerra que marcaba, como en el resto de los que luego serían denominados celtíberos, su idiosincrasia de autoprotección y defensa.
Se asentaron especialmente en lugares elevados desde donde dominaban con la vista pastos y valles. Regidos por un consejo de ancianos y una estructura de clanes familiares, estos asentamientos se sitúan a corta distancia entre sí dominando un territorio comunal. Acostumbran al rito de la incineración, depositando las cenizas del difunto en vasijas de arcilla (o urnas). Otros de sus ritos son el culto a las "cabezas cortadas" y la exposición de sus guerreros muertos a las aves. Aunque su estructura es patriarcal (consejo de ancianos, jerarquía guerrera), las mujeres desarrollan un papel fundamental, al menos, en igualdad con los hombres: reciben herencias, eligen a sus esposos, son alfareras, tejedoras, comparten las labores del ganado y, si es preciso, guerrean. En España se inscriben dentro de la llamada Cultura de los Castros sorianos, lugares parcialmente protegidos a los que se añadían defensas artificiales como murallas, y series de "piedras hincadas" que dificultaban las agresiones desde los accesos más débiles. A este tipo de construcción se la considera característica de este pueblo. Su muralla, que puede alcanzar los cuatro o cinco metros de altura, es única y está construida adaptándose al terreno con una cara interior y otra exterior de piedras más o menos regulares, rellenándose el espacio entre ellas de piedras más pequeñas y de tierra. En algunos casos se rematan con torreones y estructuras de madera. Dentro de su demarcación, pueden coincidir viviendas de tipo circular y rectangular, o casas adosadas a la muralla, o entre sí, formando espacios centrales o plazas. Están construidas a partir de un pequeño muro de unos cincuenta centímetros, sin cimentar, sobre el que se edifica una estructura de adobe y madera, para concluir en un tejado vegetal impermeable que filtra el humo de la hoguera. En estas viviendas se distinguen generalmente tres espacios, separados por tabiques de tablas o ramajes. En el centro se sitúa la estancia-cocina-dormitorio, espacio de la vida familiar, alrededor del hogar. Más allá, está la despensa donde se guardan los alimentos en grandes tinajas de barro sobre altillos. El espacio con más luz es la entrada, y en él se realizan las labores diarias, como el tejido en telares verticales o la molienda.
Su cerámica, hecha a mano, mantiene algunas reminiscencias excisas y campaniformes, lo que ha hecho pensar a algunos en la teoría del "ida y vuelta" de la cerámica peninsular en relación con la europea. Se realiza a partir de una base de arcilla a la que se le van añadiendo "cordadas" sucesivas, dándole forma y cociéndose después al aire libre entre las cenizas vegetales. Llevan distintos acabados en cuanto a su uso, como las vasijas de cocina en las que se incluyen arena y minerales para soportar los cambios bruscos de temperatura. Algún tiempo después conocerían el uso del torno. Los ejemplares son generalmente lisos y sin adornos, aunque también aparecen con incrustaciones del propio barro y, en los decorados, con estilizaciones de animales y símbolos solares, o característicos semicírculos concéntricos y espirales.
Como portadores de la cultura celta, poseían su propias deidades a las que adoraban desde lugares naturales destinados para ello, pues no se registran templos. Su mitología está inspirada en la naturaleza: el sol, la luna, el agua, árboles y animales. Estrabón nos habla de una "deidad innominada", a la que rinden culto las noches de luna llena, "danzando a las puertas de sus casas". Se identifica con la propia luna. Otras deidades están emparentadas con la cultura gala, o la irlandesa. La deidad LUG (sol, luz) sería la más importante de acuerdo a su concepción religiosa, una especie de Júpiter en los romanos (estos lo asimilaron a Mercurio). Sobre él no faltan referencias etimológicas y toponímicas en el noroeste peninsular, incluidas las ermitas de Santa Lucía. Son representativos: Cernunnos (bosque, caza, ciervo), Epona (difuntos, caballo), Ayron (profundidades, agua), Las Matres, en número de tres manteniendo la triplicidad céltica (fecundidad, tierra nutricia, agua), o animales de culto como el toro, el caballo, de mal fario como el cuervo, o sagrado como el buitre que subía al cielo el alma de los muertos en combate. Los pelendones se describen como adoradores, en especial, del dios Belenos (Belen de los galos), del que se desprendería su denominación "Belen" = belendones = pelendones. Es el culto al fuego, a las tormentas. A través de él se purifican hombres y animales. Aún pervive en el subconsciente colectivo en diferentes manifestaciones tradicionales. Boch Gimpera y Taracena coinciden en que los "Belendi", mencionados por Plinio y asentados en la región francesa de Aquitania, serían los antecedentes directos de la rama que cruzó los Pirineos Atlánticos.


Los celtas en Castilla - Caelia la cerveza de los celtiberos

La Caelia Celtibérica era, a decir de historiadores y arqueólogos, la bebida favorita de los Celtíberos. Se trataba de una especie de cerveza elaborada a base de trigo, que según Orosio:

“Se extrae este jugo por medio del fuego del grano de la espiga humedecida, se deja secar y, reducida a harina, se mezcla con un juego suave, con cuyo fermento se le da un sabor áspero y un calor embriagador.”

Hay dudas sobre si estaba realizada íntegramente de trigo, o una mezcla de cereales. No se trata de ninguna pócima mágica. Según los estudiosos, la caelia formaba parte de su cultura, y se tomaba en rituales quizá prebélicos. Los Cántabros desarrollaron su propia cerveza llamada zhytos, muy similar a la caelia.
La fabricación de la cerveza era pues algo habitual entre los indígenas usando un producto, el cereal, que permitía su elaboración durante todo el año. Se destinaba, generalmente, a un consumo familiar, por lo que no era necesario tener grandes espacios o estructuras dedicadas a su producción.
El consumo de cerveza en la península Ibérica tiene una larga tradición,
En el valle de Ambrona, en Soria, se hallaron restos de cerveza elaborada con trigo en vasijas y otros recipientes que correspondían a parte de los ajuares funerarios, con 4.400 años de antigüedad (hacia el 2.500 a.C).
Son pocos los elementos que permiten evidenciar en un poblado la presencia de esta bebida, salvo los recipientes relacionados con su fabricación como son los denominados “vasos cerveceros” o candiotas. Poseen en la parte baja un pico vertedor y posiblemente, se utilizarían como decantadores.Se desprende de ello que era una bebida común en los poblados y consumida en numerosas ocasiones.
La caelia celtibera, era posiblemente bebida en ocasiones singulares por los pobladores indoeuropeos de esta vieja península. Seguramente en rituales, festejos o festividades religiosas. Pero no fue únicamente una bebida destinada al disfrute culinario de los habitantes de Iberia.
Según los describe Orosio 5,7, 2-18, hablando de cuando los numantinos se reúnen valor para el ultimo combate (133 a C):

"Por último irrumpieron todos de súbito por dos puertas, después de haberse bebido una gran cantidad, no de vino, en el que esta región no abunda, sino de jugo de trigo artificiosamente elaborado, jugo que llaman "caelia" porque es necesario calentarlo. Se extrae este jugo por medio del fuego del grano de la espiga humedecida, se deja secar y, reducida a harina, se mezcla con un juego suave, con cuyo fermento se le da un sabor áspero y un calor embriagador. Encendidos por esta bebida, ingerida después de larga inanición, se lanzaron a la lucha..."

Dejando bastante claro que al igual que otras culturas indoeuropeas de centro Europa y el norte del continente, los celtas de la iberia indoeuropea usaban la caelia como vehículo ritual para encontrar un valor sobrenatural que les hiciera luchar hasta la muerte contra un enemigo muy superior. Algo similar a los hongos que utilizaban años mas tarde los famosos berserk vikingo, una costumbre tipica entre varios grupos de pueblos europeos de raigambre hiperborea.

La batalla de Clavijo

La batalla de Clavijo, una de las más célebres batallas de la Reconquista, se habría producido en el denominado Campo de la Matanza, en las cercanías de Clavijo, La Rioja (España), fechada el 23 de mayo del año 844. Sus características míticas (la intervención milagrosa del apóstol Santiago), su condición de justificación del Voto de Santiago, y la revisión que desde el siglo XVIII supuso la crítica historiográfica de Juan Francisco Masdeu; la han hecho ser considerada en la actualidad más bien una batalla legendaria, cuya inclusión en las crónicas se debería al arzobispo Rodrigo Jiménez de Rada, y que incluiría, mezclándolos y mixtificándolos, datos de otras batallas de diferentes momentos y localizaciones, aunque es en grandes rasgos, la mitificación de la batalla de Albelda. No obstante, la batalla siguió siendo celebrada como un elemento de conformación de la historia nacional española. También es la referencia histórica que Enrique IV y posteriormente el resto de Jefes de Estado han empleado para la creación y confirmación de privilegios al Antiguo e Ilustre Solar de Tejada, único señorío que se ha mantenido desde entonces hasta la actualidad.
La batalla tendría su origen en la negativa de Ramiro I de Asturias a seguir pagando tributos a los emires árabes, con especial incidencia en el tributo de las cien Doncellas. Por ello las tropas cristianas, capitaneadas por Ramiro I, irían en busca de los musulmanes, con Abderramán II al mando, pero al llegar a Nájera y Albelda se verían rodeados por un numeroso ejército árabe formado por tropas de la península y por levas provenientes de la zona que correspondería actualmente con Marruecos, teniendo los cristianos que refugiarse en el castillo de Clavijo en Monte Laturce. Las crónicas cuentan que Ramiro I tuvo un sueño en el que aparecía el Apóstol Santiago, asegurando su presencia en la batalla, seguida de la victoria. De acuerdo con aquella leyenda, al día siguiente los ejércitos de Ramiro I, animados por la presencia del Apóstol montado en un corcel blanco, vencieron a sus oponentes.
El día 25 de mayo en la ciudad de Calahorra el rey dictaría el voto de Santiago, comprometiendo a todos los cristianos de la Península a peregrinar a Santiago de Compostela portando ofrendas como agradecimiento al Apóstol por su intervención.
Con este suceso, el apóstol se convirtió en símbolo del combate contra el islam, siendo reconocido desde entonces como Santiago Matamoros.

Descubrimiento reciente de la epopeya castellana.

La primera de todas estas manifestaciones, la epopeya medieval, es un descubrimiento reciente de la ciencia.
Hace poco más de medio siglo el estudio de la poesía épica se reducía al estudio de Homero, de Virgilio, del Tasso, del Ariosto y de sus imitadores; esto es, a la epopeya de tipo clásico. Sólo cuando la ciencia moderna fue sacando a luz toda una literatura caballeresca de la edad media, se renovó completamente la crítica de la epopeya, distinguiendo con claridad dos categorías: de un lado una epopeya primitiva, más espontánea, de carácter popular, o mejor dicho, tradicional, como la Ilíada, la Chanson de Roland, los Nibelungos; de otro lado una epopeya más tardía, más docta y artificiosa, escrita en un estilo más personal y erudito; por ejemplo, la Eneida, el Orlando furioso, la Araucana, la Henríada. Los poemas de vida tradicional son anónimos o debidos a autores sin una personalidad literaria bien definida, se escriben y se difunden dentro de un ambiente cultural poco especializado y están destinados a ser cantados en público; los poemas eruditos, al contrario, son obra de un literato perfectamente individualizado, celoso de su reputación, que escribe pensando habrá de ser leído en privado por un círculo reducido de personas entendidas.
Muchos pueblos tienen una poesía tradicional lírica o lírico-épica, pero muy pocos han logrado esa forma más desarrollada y compleja que constituye un poema narrativo de alto vuelo. Se pretende que la epopeya es una creación propia de los pueblos llamados arios, y más precisamente, de unos pocos de ellos, a saber: la India, la Persia, la Grecia, Bretaña, Germania y Francia. A éstos pudo añadirse el nombre de España sólo desde 1874.
Antes de esa fecha, aun los que conocían más a fondo la edad media española, como Fernando Wolf y R. Dozy, afirmaban no sólo que España no había tenido poesía épica, sino que no había podido tenerla, y aducían para ello buenas razones históricas. España podía darse por contenta con la universal admiración que despertaba el romancero, en particular por sus originales romances fronterizos, y se repetía en todos los tonos que España, como Servia y Escocia, no había dado un desarrollo completo a estos esbozos de cantos épicos. Entonces se conocían ya dos poemas extensos: el de Mio Cid y el de las Mocedades de Rodrigo; pero Wolf veía tan sólo en ellos rudos y desdichados intentos para imitar un género francés, cuya aclimatación en España resultaba imposible.
En 1874 la crítica comenzó a descubrir y a estudiar toda una poesía épica castellana. Se probó que los dos poemas recién mencionados, de Mio Cid y de Rodrigo, no eran un caso aislado, sino que habían existido otros referentes a ese mismo héroe, dos por lo menos sobre Fernán González, tres sobre los Infantes de Lara, más de uno sobre Bernardo del Carpio, otros sobre Garci Fernández y sobre el Infante García… Se ha probado, en fin, que hubo en Castilla una gran actividad épica, cuyo apogeo ocurre en los siglos XI y XII, seguido de una decadencia, notable aún y fecunda, en los siglos XIII y XIV; se ha probado, además, que varios de los más viejos romances no son sino fragmentos desgajados de largos poemas de la decadencia.
Si quisiéramos asistir a la proclamación de esta conquista de la ciencia, nada mejor que escuchar la completa contradicción que existe entre dos afirmaciones hechas con treinta años de intervalo por el venerable maestro de la filología romántica Gastón Paris… En 1865 decía él: “España no ha tenido epopeya...” ; …después, en 1898, …reconoce que Milá y Fontanals ha probado la existencia de una epopeya castellana y que muchos de los romances del siglo XV “son esencialmente fragmentos desprendidos, y con frecuencia alterados, de antiguos cantares de gesta”; reconoce que los descubrimientos posteriores han probado además: “que la vida de la epopeya castellana ha sido más larga, más rica y más variada de lo que se había creído hasta aquí”;y después de exponer la opinión de que esta rica epopeya nació por imitación de la epopeya francesa, el maestro continúa en estos términos: “No es en modo alguno por despreciar la epopeya española por lo que yo afirmé su originaria dependencia de la francesa. Ésta, a su vez, tiene muy probablemente sus raíces en la epopeya germánica, lo que no le impide ostentar su valor propio y ser plenamente nacional. Lo mismo sucede con la epopeya española: jamás un retoño trasplantado a otro suelo se ha impregnado más ávidamente de los jugos de la tierra en que arraigó, ni ha producido flores y frutos más diferentes de los del tronco nativo.
Ramón Menéndez Pidal

Teoría sobre el origen francés de la epopeya castellana

La tesis del origen francés de la epopeya castellana que Gastón Paris enucia en el pasaje citado, fue aceptada por el eminente crítico español Eduardo de Hinojosa, y mucho antes ya había sido expuesta por el hispanoamericano Andrés Bello.
Gastón Paris apoya su presunción sobre dos consideraciones. La forma métrica en las gestas francesas y en las españolas ofrece muchas semejanzas, “y no es probable que esta forma naciese espontáneamente e independientemente al sur y al norte de los pirineos”. Ahora bien, el examen de la métrica española nos revela que no nació con la perfección o semejanza que pudiera esperarse en una imitación de una métrica ya perfeccionada, sino que fue evolucionando lentamente por sí misma, siempre aparte de la evolución seguida por el metro francés, y que además ofrece desde sus comienzos un procedimiento fundamental, la –e paragógica, desconocido de las chansons de geste.
El otro argumento de Gastón Paris establece “que la producción épica comenzó en España cuando ya la epopeya francesa existía hacía mucho tiempo y estaba en toda la fuerza de su plena floración, y que no parece haberse cantado ningún suceso histórico español antes de la introducción de las gestas francesas”. Sin embargo, el hecho es que el primer contacto activo de la brillante civilización francesa con la española se produjo a fines del siglo XI bajo la iniciativa de Alfonso VI, y que las primeras noticias que se tienen de la introducción de canciones de gesta francesas en España datan de comienzos o mediados del XII, en la Historia Silense y en el falso Turpin; pero, en cambio, los sucesos que son asunto de los cantares de Fernán González y de los Infantes de Lara pertenecen al siglo X, y si se tiene en cuenta la sorprendente exactitud que hoy se descubre en esos cantares respecto a ciertos pormenores históricos, geográficos y genealógicos, se llega al convencimiento de que estos poemas hubieron de recibir su primera forma muy poco después de ocurrir los sucesos que cantan. Gastón Paris no puede menos de considerar esta contemporaneidad respecto al cantar de los Infantes de Lara, pero la rechaza al fin, porque no puede ponerla de acuerdo con su hipótesis del origen francés de la epopeya castellana.
El crítico alemán H. Morf, que no admite este origen francés, admite sin vacilación que existió en el siglo X un cantar contemporáneo sobre la muerte de los Infantes de Lara.
En suma: El poema del Cid en el siglo XII y otros poemas en el XIII revelan indiscutiblemente persistente influencia de la epopeya francesa, influencia posterior a la primera gran invasión de gentes y costumbres francesas en tiempos de Alfonso VI, y a las primeras noticias relativas a la introducción de las gestas francesas en España; pero mucho antes de la penetración francesa se compusieron cantos relativos a Fernán González, a los Infantes de Lara y al Infante García, que por su fecha no podemos suponer inspirados en la épica extranjera, y más observándose en ellos una manera de concebir y de tratar poéticamente los asuntos muy diversa de la manera francesa.
Si es, pues, indudable el influjo de la épica de Francia en una época avanzada de la epopeya castellana, no hay motivo alguno para afirmarlo de sus orígenes...

el romance de Gaiferos

Aun más; este Walter de España quizá no sólo nos indica la existencia de relatos épicos entre los visigodos que se asentaron en la Península y nos da una muestra de ellos, sino además parece advertirnos que esos viejos relatos hubieron de ejercer un influjo persistente sobre la poesía peninsular, ya que nos vemos sorprendidos de encontrar el recuerdo de un poema de Walter en el romance español juglaresco y popular en el siglo XVI, que cuenta cómo Gaiferos salió huyendo de Sansueña con su esposa Melisenda, allí cautiva. Los moros persiguen a los fugitivos, y Gaiferos tiene que combatir contra ellos, los vence, y llega con su esposa a su patria, donde es recibido muy honradamente y celebran fiestas, como Walter a su llegada con Hiltgunda. La semejanza total del asunto es muy completa, pero además existen otras de pormenor en extremo curiosas, si comparamos el romance con el poema latino del siglo X, que es la más completa exposición que conocemos de la leyenda germánica.
En su huida Gaiferos mira a menudo hacía atrás y cuando ve muy cerca ya a sus perseguidores manda a su esposa que se apee y se entre en una gran espesura, mientras él combate con los moros; lo mismo que Walter, cuando su esposa vuelve la cabeza y ve venir a sus perseguidores, la manda entrar en el bosque cercano, mientras él espera. Vencedor en el combate, Gaiferos busca a su esposa; y ella, al verle teñido en sangre, le pregunta si tiene heridas, que ella las vendará con las mangas de su camisa o con su toca; asimismo Walter llama en altas voces a su esposa, la cual llega y liga las heridas al vencedor y a los vencidos, y luego les escancia el vino. Al huir, Gaiferos y su esposa andan “de noche por los caminos, de día por los jarales”, e igualmente Walter y su esposa caminan de noche y al amanecer entran por los bosques y los matorrales espesos (lugar común para indicar la cautela del caminante, pero que valdrá aquí unido a las otras coincidencias).
En fin, Gaiferos y su esposa, que después de la lucha prosiguen su camino, se sorprenden al ver llegar otro caballero armado, y se preparan para un nuevo combate; lo mismo Walter, después de haber vencido a sus primeros agresores a la boca de una caverna de los Vosgos, se pone en camino, y su esposa tiembla al ver venir detrás dos perseguidores.
Tantas analogías acumuladas no pueden ser pura casualidad. El Walter de España, célebre en el siglo XIII en Alemania, en Noruega, en Inglaterra, lo debió ser también en su patria, donde existía, como en Alemania, una robusta epopeya, de modo que podemos considerar la huída y los combates de Gaiferos como un resto, conservado por acaso, del lazo misterioso que une la poesía heroica de los visigodos con la epopeya castellana. Ese lazo se nos hace ya tangible al final de los tiempos góticos en la leyenda del rey Rodrigo, que acabamos de mencionar, leyenda de máxima divulgación e ininterrumpidas manifestaciones, por ser imprescindible en todas las historias de la Península, árabes o cristianas; no puede chocarnos que la insignificante leyenda de Walter no se nos haga visible en España sino en un romance juglaresco, tan sólo recogido por la imprenta a mediados del siglo XVI.

Cuadro social que presenta la poesía heroica en España

Como se ve por estos ejemplos, que pudieran multiplicarse en abundancia, el cuadro social que nos presenta la poesía heroica de España reproduce multitud de rasgos que como originarios y característicos de los pueblos germánicos hallamos en el cuadro que el historiador romano nos dejó trazado. Los paisajes mismos que sirven de fondo a las gestas castellanas: esa Tierra de Campos, esos Campos de Toro (Campi Gothorum) o de Villatoro (Villa Gothorum), cuyas llanuras de trigales, inmensas y solemnes como el océano atraviesa el viajero sin encontrar el habitante que las cultiva, parecen una réplica de los vastos campos de la Germania, de Tácito, a los que el bárbaro, desdeñoso de toda otra agricultura, no pedía sino trigo.
Esta abundante serie de instituciones y costumbres ajenas a los romanos, y como ajenas notadas por Tácito, se reflejan en las gestas españolas con muchísima más intensidad que en cualquier otra producción de nuestra literatura, pues constituyen no sólo el ambiente, sino el espíritu mismo de la epopeya. No pudieron crear primitivamente tal poesía los elementos hispanorromanos de la población peninsular, que nada de ese espíritu sentían ni en la vida ni en el arte. Tal poesía tuvo que nacer entre los descendientes de los germanos establecidos en España, los que ocuparon aquellos Campos Góticos, en cuyo límite oriental surgen las primeras manifestaciones épicas conocidas...
Menéndez Pidal

Escasez de elementos árabes en la epopeya castellana

Frente a tan numerosas señales de la influencia germánica, buscaríamos inútilmente en la epopeya castellana rastros de la influencia árabe que ciertos críticos han exagerado tanto respecto a toda la literatura española. Apenas encontraríamos algunos tipos y usos de la vida militar, por ejemplo, los adalides o guías prácticos de la guerra, los enaciados o espías, la algara, incursión o razzia, los alaridos, gritos de combate, y más especialmente, la notable costumbre de que el vasallo entregase al rey o señor la quinta parte de las ganancias de la guerra, quinta prescripta por una sura del Corán, y que el conquistador de Valencia, el Cid, pagaba religiosamente a Alfonso VI, lo mismo que, en plena edad moderna, el conquistador del Perú, Francisco Pizarro, pagaba al emperador Carlos V, sin que ni el uno ni el otro sospechasen que en ello se ajustaban a un precepto del odiado Mahoma. Hay que llegar a una época muy tardía, al momento en que una rama de la poesía heroica, cambiando completamente de solar y de forma, trasplantada a la vega de Granada, dio allí vida a los romances fronterizos y moriscos, para que en éstos encontremos rasgos manifiestamente inspirados en los gustos y en las costumbres de los moros nazaritas.
Menéndez Pidal

Influencias paganas en la epica castellana

Una superstición, que toca a lo maravilloso, debemos mencionar por último: la de los agüeros, y no sabemos si añadirla al influjo de los germanos o atribuirla a los romanos, a los hispanos o a los árabes, pues todos estos pueblos la practicaron. Lo notable es que el uso de los agüeros tiene una gran importancia en la epopeya castellana, mientras que la epopeya francesa no lo conoce. En Castilla, todo ayo, para educar y aconsejar a los jóvenes nobles a él encomendados, debía saber interpretar bien el vuelo de las aves.
Un ejemplo de este difícil saber nos da la gesta de los Siete Infantes de Lara: cuando los siete hermanos atraviesan el pinar de Canicosa para entrar en tierra de moros, ven dos cornejas y un águila colocadas en tal forma que presagian una gran desgracia, según entiende el viejo ayo Nuño Salido, el cual advierte a los Infantes que no osen pasar más allá de estas aves, sino que vuelvan a casa para esperar allí que las señales se muden; si de todos modos quisieran los Infantes seguir camino, sería preciso “quebrantar aquellos agüeros”; esto es, conjurarlos, fingiendo que la desgracia presagiada por las aves había ocurrido ya, para lo cual debían enviar mensaje a su madre, que cubriese de luto siete lechos y llorase a los hijos como si hubiesen muerto. Menospreciando este prudente consejo, los siete hermanos y su tío Ruy Velázquez discuten luego muy agriamente con el viejo ayo sobre la interpretación que cabe dar a aquellos agüeros, mostrándonos esa trágica discusión lo complicado que era el arte adivinatorio y lo universalmente admitido que estaba. Era superstición general entre las gentes de guerra: el adalid, o guía, observaba cuidadosamente el vuelo de las aves e indicaba al capitán el momento oportuno para empezar la batalla; ¡y ay de aquel que llevado de su ardor menospreciaba el agüero y se lanzaba a la pelea antes del momento favorable!
El Cid “cataba las aves” cuando partía para el destierro o cuando caminaba en tierra enemiga, y si antes de la batalla en Tébar el conde de Barcelona le echa en cara su confianza en los cuervos, cornejas, gavilanes y águilas, él le hace pagar cara su incredulidad burlona, derrotándole y haciéndole prisionero. Muchos guerreros insignes de aquellos siglos fueron hábiles agoreros, y el serlo es uno de los defectos que la casquivana reina doña Urraca achacaba a su marido, el rey aragonés Alfonso el Batallador. En fin, el arte augural se consideraba comúnmente en Europa como cosa propia de españoles; así, por ejemplo, según Guillermo de Malmesbury, el papa Silvestre II había aprendido entre los españoles, la astronomía y la magia, la adivinación por el canto y vuelo de los pájaros; también Robert Wace, en su Brut, introduce a un astrólogo español que asiste al rey sajón Edwin, adivinando por el vuelo de las aves los planes del enemigo. Menéndez Pidal

Entrevista del conde Fernan Gonzalez con el rey Sancho de León

El leonés quiso acallar la reclamación del conde con un ejército; y ya ambos iban a pelear, cuando el abad de Sahagún y otros prelados que allí había, impidieron la batalla y concertaron una entrevista en un vado del río Carrión, límite entre el reino y el condado. Esta entrevista formaba una de las escenas más animadas del poema perdido, llena de brío y brusquedad. Según la prosificación que seguimos, el conde, al llegar al rey, le va a besar la mano, pero el rey se la niega.

“Conde –le dice- no os doy mi mano a besar, pues os rebelasteis con Castilla; y si no fuese por el abad y los prelados, os cogería por la garganta y os echaría en las torres de León, donde os guardarían mejor que la otra vez”.
“Callad, Rey, que mal cumpliríais vuestras amenazas. Si no fuese por las treguas de los prelados, yo sí que os quitaría la cabeza de los hombros y teñiría el agua de este río con vuestra sangre; vos venís en gruesa mula y yo en ligero caballo; vos traéis sayo de seda, yo traigo un arnés trenzado; vos con guantes olorosos, yo con los de acero claro; vos con la gorra de fiesta, yo con un casco afinado; yo tengo esta espada en cinta, vos traéis ese azor en la mano.”
Y diciendo esto, hincó espuelas a su caballo, y de la arrancada que el bruto dio en el río, salpicó al rey con el agua y la arena.
Esta escena final es un cuadro de época muy exacto. Entrevistas borrascosas como la del vado del río Carrión eran frecuentes; en una semejante, a orillas del Pisuerga, Alfonso VII, oyendo del conde Rodrigo González palabras descomedidas, le echó las manos al cuello, y ambos cayeron de sus caballos a tierra; por eso, para evitar una parecida ocasión, el cauto D. Juan Manuel no se quiso avistar con Alfonso XI ni aun teniendo ambos un río por medio.
La insolencia del conde Fernán González está pues, perfectamente dentro de la época, y solo a un piadoso biógrafo eclesiástico se le pudo ocurrir explicar aquel brusco separarse el conde del rey en el vado del río, diciendo que, como el conde sintiese que su ira se iba encendiendo, por no pecar contra Dios, volvió la rienda al caballo, y éste “levantó muchas aguas por encima del rey”.
En este texto del poema de Fernán González de Menéndez Pidal. Vemos una vez mas, como la espada del reino de Leon, era la naciente Castilla. El propio conde Fernán González, recalca con arrogancia al rey de Leon, que mientras el viste ropas de seda, y disfruta de una placida vida en las tierras remotas leonesas. El y sus soldados, visten cofia de mallas, lorica de anillas, y espada en sus monturas. Ellos, los castellanos del siglo IX al XI, fueron los que salvaron y pararon la invasión árabe hacia el reino de Leon.

Nuño Rasura, Juez de Castilla

Nuño Rasura, o Muño Rasuella, es una figura legendaria del Condado de Castilla, uno de los jueces de Castilla que los castellanos eligieron, junto a Laín Calvo, como propio (hacia el año 842), para resolver sus pleitos, evitando así acudir a la corte leonesa.
Durante el reinado de Ordoño II sucedió la derrota de Valdejunquera y así como el monarca leonés atribuyese el desastre a la negativa de los condes castellanos de acompañarle los condujo presos a León donde los ejecutó. Indignados los castellanos por esta acción y no pudiendo levantarse en armas acordaron proveer por sí mismos su gobierno, eligiendo entre los nobles dos magistrados, uno civil y otro militar, con el nombre de Jueces, para recordarles que su misión era de hacer justicia y no la de oprimir a los pueblos con su autoridad, o menoscabar su libertad.
El nombre de Nuño, Munius o Nunius, proviene del latín Nonnus , que viene a traducirse como respetable; o quizás del godo Hermann o hermunius , traducido como hombre del ejército lo equivalente a hidalgo de sangre en el sentido de distinción aristocrática. En Roma hubo un político famoso Lucio Munnio pretor en Hispania en el año 154 a. C

Diego Lainez, el padre del Cid

Infanzón activo en Burgos y padre de Rodrigo Díaz, conocido como «El Cid». Segun la genealogía legendaria del Campeador, Diego era descendiente de Laín Calvo, uno de los hipotéticos dos Jueces de Castilla y de la estirpe de Diego Porcelos, fundador de la ciudad de Burgos.
Casado con María, Sancha o Teresa Rodríguez (solo se conoce con seguridad el apellido de la madre del Cid), que era hija del conde de Oviedo Rodrigo Álvarez de Amaya y nacida de una hija ilegítima del Rey de León.
Fuera del matrimonio, con una campesina tuvo a Fernando Díaz, quien se casaría con una hija de Martín Antolínez, vasallo de El Cid que se enfrentó y venció a Diego González, infante de Carrión.

Doña Jimena Diaz

Era hija del conde de Asturias don Diego Fernández de las Asturias (hacia 1034), y de la condesa Doña Cristina Fernández.
Su madre era hija de Fernando Gundemárez (hacia 1002 – 1052) y Jimena Alfónsez (hacia 1010 – 1037), princesa de León, hija de Alfonso V de León (hacia 1004 – 1057) y de la princesa Urraca de Navarra, hija de García Sáncehz II el Temblón (hacia 964 – 999), rey de Navarra, Conde de Aragón en 994.
Entre los varios hermanos que pareció tener figuran:
Rodrigo Díaz de las Asturias, conde de Asturias. Fernando Díaz de las Asturias, conde de Asturias. Bernardo Díaz Meneses, quien confirma privilegios en 1119. Casó con N. Alonso, hija de Alonso Téllez, Señor de Montealegre, Mayordomo Mayor del Rey Alfonso VI de León.
La familia de su padre el conde Diego Rodriguez, es menos conocida pero era de las más poderosas e influyentes de Asturiasen el sigloXI. Se conoce la carta de arras del matrimonio del Cid con Jimena. La fecha de tal documento es el 19 de julio de 1704, y en él se dice:

Ego vero denique Rodericus Didaz accepi usoren nomine Scemenam filiam Didaco Ducis de terra Asturiensi [...] Ego quoque scemena Didaz similiter faciam tibi vir meus Rodericus Didaz.[...]

Pasa Jimena la primera época de su matrimonio en compañia de sus hijos, Maria, Cristina y Diego, en el convento de San Pedro de Cardeña. Más tarde pasa a vivir a Valencia, donde muere su hijo Diego a los 19 años de edad.
Fue mujer de Rodrigo Diaz de Vivar, el Cid Campeador. No es seguro que naciera en Nava ( algunos la suponen nacida en Oviedo) , pero si que vivió en dicha villa en reiteradas ocasiones. Descendía Jimena de los reyes asturianos por línea que alcanza hasta Alfonso I ( 739-57 ).
El 21 de mayo de 1101, en un diploma escrito de su puño y letra por Jimena, se confirma que aún vivia; y en octubre del mismo año defiende Valencia, con ayuda de su primo el rey Alfonso VI, de los ataques del guerrero moro Emir-Al Munemin Yusuf. Jimena abandona Valencia por orden de Alfonso VI y se marcha a su refugio de San Pedro de Cardeña, y en 1113 se sabe que vende una heredad procedente de las tierras adquiridas por arras, y otorga documento fechado en Cardeña. Después de dicha fecha, nada más se sabe de ella.

La Batalla De Clavijo y El Milagro De Santiago. La Rioja . Spain

El tributo de las cien doncellas

Cuenta la leyenda que el rey astur Mauregato, uno de los cuatro conocidos como los reyes holgazanes por su escasa aportación a la reconquista, pactó con los moros un tributo anual por el cual tenía que entregar cien doncellas de gran belleza de las cuales cincuenta tenían que ser de origen noble y las otras cincuenta de origen plebeyo, a cambio, él tendría asegurada la paz de sus tierras.
Muchas fueron las doncellas enviadas al sur, pero algunas que se negaban a ir y luchaban con más fuerza que las demás, decidieron desfigurarse pues así al perder su belleza también perdían valor y no eran aptas como pago del tributo.
En tiempos de Alfonso II se seguía pagando este tributo y es en este tiempo donde comienza la leyenda que voy a relatar.
El rey designó a Nuño Osorio para custodiar a las doncellas hasta el lugar donde se debería de hacer la entrega de este curioso tributo y cuando llevaban un buen trecho recorrido, una de ellas, Sancha decide desnudarse y animar a las demás a que lo hagan también y no sirvió de nada que sus guardianes quisieran convencerlas de que volvieran a vestirse, ni con ruegos ni con amenazas y por mas que les preguntaban por que lo hacían, ellas no decían ni palabra y en vista de que no conseguían hacerlas entrar en razón, decidieron continuar el camino hasta que al aparecer los moros que venían a recogerlas, ellas volvieron a vestirse y es entonces cuando Sancha dice:

“Atiende, Osorio cobarde, afrenta de homes, atiende, por que entiendas la razón, si non entenderla quieres. Las mujeres non tenemos vergüenza de las mujeres; quien camina entre vosotros, muy bien desnudarse puede, porque sois como nosotras, cobardes, fracas y endebres hembras, mujeres y damas; y así no hay por que non deje de desnudarme ante vos, como a hembras acontece. Pero cuando vi los moros, que son homes, y homes fuertes, vestíme, que non es bien que las mis carnes me viesen. ¿Qué honestidad he perdido cuando vengo entre mujeres? ninguna pues que lo sois tan cobardes y tan leves.”

Claro, llevar custodiadas a unas cuantas mujeres para entregarlas a los moros para que se diviertan con ellas lo podían admitir, pero ¿qué les llamasen mujeres? jamás, así que además de montar en sus caballos, montaron en cólera y arremetieron contra los moros y no dejaron ni uno con vida y supongo que los pobres moros pasaron en un momento de estar con cara de asombro sin entender ni jota de lo que estaba pasando a solicitar en el otro mundo las huríes prometidas en toda guerra santa.

La bandera de Clavijo

Cuentan las crónicas que la Bandera de Clavijo, a la que se conoce también como "La Seña" o "La Enseña" fue portada en la Batalla de Clavijo en el año 844 por el alférez del Rey Ramiro I, Luis Osórez (señor de Villalobos), del cual descienden los Osorios (Marqueses de Astorga), en la contienda contra las tropas de Abderramán II en el término de Clavijo.
Osórez regresó a Astorga victorioso de la batalla con la bandera de la batalla de Clavijo que fue custodiada por sus descendientes, hasta que en el siglo XV fue cedida al municipio de Astorga con la condición expresa de que ésta fuese portada en procesión hasta la Catedral todos los años el día de la Asunción para que fuera recibida por el cabildo al que el marquesado debía abonar 60.000 maravedíes.
En la actualidad se conservan algunos trozos originales de la Bandera de Clavijo, entre cristales, en una arqueta de madera forrada de terciopelo rojo, muy deteriorada, -que data de hace 250 años-, junto a documentos acreditativos. La bandera recibe los honores de Capitán General.
Descripción de la bandera: sobre fondo amarillo, dos lobos pasantes de color rojo. Rodeada de triángulos superpuestos, rojos y azules.

Rey Ramiro I de Asturias. Los jueces castellanos

Los colonos y repobladores de la zona oriental del reino reconocían al rey Ramiro, pero éste era incapaz de ejercer una justicia eficaz en la zona. Como ejemplo que ilustre el estado de cosas, un tal Rebelio, señor cántabro partidario de Nepociano, había obtenido de éste la propiedad del monasterio de San Juan del Castillo, que dependía del de Santa María del Puerto. A pesar de la derrota de Nepociano, Rebelio siguió con la propiedad hasta que los monjes de Santa María lograron hacer valer sus derechos en tiempos del siguiente rey, Ordoño I.
La dificil geografía de la zona también tuvo mucho que ver en la situación, ya que el camino hasta Oviedo primero y León despues era muy largo. Además, el derecho, basado en el Fuero Juzgo visigodo, era muy complicado y exigía el cumplimiento de sentencias en unos plazos de tiempo que las largas distancias impedían cumplir. En definitiva, los colonos no podían esperar de la corte de Oviedo una justicia rápida ni la protección militar apetecida.
Por estas razones, los habitantes de la zona obtuvieron el permiso real para elegir dos jueces, con atribuciones casi condales, para dirimir pleitos sin tener que desplazarse hasta Oviedo o León. La leyenda menciona los nombres de los dos primeros jueces: Nuño Rasura y Laín Calvo (Flaginus). Según el poema de Fernán González, éste desciende del primero de los mencionados, y el Cid Campeador del segundo. Se especula con la posibilidad de que Nuño Rasura fuese el conde Nuño Nuñez, repoblador de Brañosera.
Fuentes
Claudio Sánchez Albornoz. Orígenes de la nación española. SARPE. Madrid, 1985. Página 199-214
Pérez de Urbel. El Condado de Castilla. Tomo I, páginas 124-148, 160

Nuño Nuñez de Castilla

Son tantas y tan varias las opiniones acerca del origen, vida, sucesos, autoridad y aun existencia de los Jueces de Castilla Nuño Nuñez Rasura, y Lain Calvo, que aunque seria de mucho interés dar alguna idea de ellas para el mejor convencimiento de la verdad, los precisos límites de un sumario no lo permiten. Dejando pues este prolixo trabajo para quien de intento se tome, como lo ha hecho alguno, el de escribir su historia, se formará su extracto de las noticias mas fidedignas y mas autorizadas que se han podido adquirir.
Nuño Nuñez Rasura, Señor y Conde de Amaya, nació en esta Villa, probablemente á fin del año de 789, ó principio de 790, siendo Soberano de Castilla el Conde D. Rodrigo, abuelo suyo. Su padre D. Nuño Rodriguez, no el fabuloso D. Nuño Belchides, hombre de probidad y de talento, puso todo su esmero y su conato en educarle según su calidad, y como á hijo único que era, encargando el cuidado de su instrucción y sus costumbres á un venerable Monge de S. Martin de Tama, llamado Mauro. No fuéron infructuosos sus desvelos: desde sus mas tiernos años comenzó á dar pruebas de la impresión que habían hecho en su alma sus lecciones, y apenas había entrado en la edad juvenil, quando ya su nombre era respetado en la sociedad y en la milicia. Los continuos choques que sostenían los Castellanos contra los Sarracenos para mantener su libertad é independencia, y para extender sus dominios, acreditaron á Nuño de buen soldado, y sus consejos en la dirección de los negocios de la Provincia de buen político.
No tenia aun treinta y cinco años, cuando junto con su muger Doña Argilo, dió fueros á su Villa de Brañosera, estableciendo en ella un gobierno sabio, que después influyó infinito en el general de Castilla, y le sirvió á él mismo como de norma en el desempeño de su famosa judicatura.
Muerto D. Alfonso el Casto, y llamado á la sucesión de la Corona de Asturias suprimo D. Ramiro, Conde soberano de Castilla por su segunda muger Doña Urraca Paterna, heredera de su padre el Conde D. Diego Rodriguez, temerosos los Castellanos de que con la falta de sus verdaderos dueños se suscitasen en Castilla iguales alborotos y levantamientos á los que se experimentaban en Asturias y Galicia por no tener á la vista legítimo Señor que les gobernara, acordaron entre sí elegir dos hombres rectos, que con absoluto poder les administrasen justicia, y amparasen sus tierras de semejantes insultos y de las continuas correrías de los Moros. Juntos pues á este efecto todos los Ricoshombres, Hijosdalgo de Castilla y los Procuradores de los Concejos de Bardulia, á propuesta de D. Suero Fernandez, uno de los sujetos mas calificados del congreso, fueron nombrados Nuño Nuñez Rasura, y Lain Calvo. Resistiéronse uno y otro, exponiendo con vigor su insuficiencia para el desempeño de un cargo tan importante; pero firmes los congregados, insistiéron en su resolución hasta que por los dos les fué otorgada la gracia de admitirle. Confirmáron los Condes esta elección como Soberanos de Castilla; y en virtud de tan sagrados y legítimos títulos exerciéron su autoridad Nuño y Lain, con poder supremo y absoluto en las ausencias de los Condej, y limitado á la administración de justicia cuando estos Soberanos residían en Castilla.
Las circunstancias en que se hallaban por entónces los Castellanos exigían que uno de estos insignes varones, en quienes habían depositado su confianza, atendiese peculiarmente á los negocios de la guerra; y habiéndose encargado de ellos á Lain, cayó todo el peso del gobierno político sobre Nuño. No es posible caracterizar con hechos particulares la conducta de este supremo Magistrado en su judicatura; pero la general opinión no interrumpida, la tradición constante entre los Castellanos sostenida por documentos auténticos, y el Fuero de Castilla formado por el del Albedrio, en que Nuño tuvo la mayor parte, son testimonios de su mucha sabiduría y de su prudencia. Búrgos, Capital y Corte de Castilla, aunque fundada algunos años después de la muerte de Nuño, por su Conde Soberano D. Diego Rodríguez Porcelos, le miró no obstante como á su escudo, y atribuyó á su sabio gobierno establecido su conservación y subsistencia. Así lo acredita, entre otros documentos ménos públicos, la inscripción con que se consagró á su memoria la efigie de este ilustre Magistrado, que hoy se conserva pintada al fresco en la sala capitular de la torre antigua de dicha Ciudad, llamada de Santa María, que es la misma que posteriormente se puso al pie de una estatua de piedra que se le dedicó también, y colocó en la fachada de la propia torre, y es la siguiente:
Nunio Rasure civi sapientiss.
Civitatis Clipeo.
No se sabe puntualmente quando murió Nuño Nuñez Rasura; pero segun la memoria para una fundación hecha, ó que debió hacerse, por su nieto D. Fernán González, Señor de Lara, en la antigua Parroquia de Santiago de dicha Ciudad, que es sin duda la que está unida hoy á la de Santa Águeda ó Gadea, fue en el año de 862. Su retrato se ha sacado de la referida efigie pintada, la qual no pudiendo haberse tomado del gmal, se ignora si es copia de alguna otra, ú arbitraria y formada de las ideas de figura, que sus servicios heroicos habian dejado grabadas en los corazones de los Castellanos. Debe ser recomendable la memoria de este grande hombre en la antigüedad castellana, no solo por sus virtudes singulares, sino por haber sido progenitor de los tres últimos Condes Soberanos de Castilla.

Garcia Fernández, el quinto conde de Castilla

Era hijo de Fernán González, nacido en Burgos en 938. Sucedió a su padre en 970, del que heredó su espíritu. Se casó con una princesa francesa, de la que tuvo tres hijos: Sancho, Velasquita y Elvira. El primero sería su sucesor; las otras se casaron sucesivamente con Bermudo II de León.

Campañas contra el califa Alhakam II (975-978)
Mientras enviaba embajadas de paz al emir Alhakam II, peleaba contra los moros vecinos, apoderándose de Deza y derrotando en Albolea a un moro principal de la familia de los Banu Amril. Pero el emir intervino y derrotó a las huestes castellanas en la batalla de Gormaz (975). El conde se tomó el desquite tres años más tarde, recuperando Gormaz y Atienza en 978.

Campañas contra Almanzor (981-989)
A la muerte del califa Alhakam su sucesor Hixem fue dominado por el general Almanzor, que se reveló como un auténtico azote de los infieles cristianos.
En 981 las tropas castellanas fueron derrotadas en la batalla de Rueda; como consecuencia el conde García perdió las plazas de Gormaz, Sepúlveda, Osma y Alcoba.
En 989 Abd Allah, hijo de Almanzor, que se había revelado contra su padre, se presentó ante el conde García para pedirle protección; éste se la otorgó durante un año, hasta que le entregó a Almanzor debido al sesgo desfavorable que estaba tomando la campaña.

Rebelión de su hijo Sancho (994-995)
Almanzor no se contentó con la entrega de su hijo y, decidido a vengarse, fomentó la rebelión de Sancho, hijo del conde García, mientras que Almanzor se apoderaba de Clunia.
García peleó valerosamente contra unos y otros; pero en la batalla de Alcocer, librada en 995 un paraje entre Alcocer y Langa, a orillas del Duero, cayó herido y fue hecho prisionero por los musulmanes.
A los cinco dias murió de las heridas. Su cuerpo fue enviado a Córdoba y más tarde trasladado a Cerdeña. Le sucedió su hijo Sancho García.

Segunda batalla de la Morcuera (8 y 9 de agosto de 864). Victoria de Abd al-Malik ibn Al-Abbas sobre el conde Rodrigo de Castilla.

Tras su victoria en la primera batalla de la Morcuera de dos años antes y despues de reponer las bajas habidas y de descansar a sus tropas, el emir organizó un nuevo y muy numeroso ejército que puso otra vez al mando de su hijo Abd al-Rahman y del general Abd al-Malik ibn Al-Abbas. Todas las provincias y ciudades de Al-Andalus enviaron soldados. Además de Córdoba, y otras ciudades cuya aportación se ignora, sabemos de las siguientes:

Sidonia: aportó cerca de 6.800 caballeros

Elvira: 2.900

Málaga: 2.600

Jaén: 2.200

Cabra: 1.800

Écija: 1.200

Priego, Algeciras, Tacorona, Carmona, Fahs al-Balud, Morón, Todmir, Rovdina, Calatrava y Otero aportaron entre todas ellas unos 20.000 caballos.
En esta ocasión el objetivo era la fortaleza de Amaya, repoblada cinco años antes (860) por el conde Rodrigo de Castilla. Abd al-Malik ibn Al-Abbas guió el ejército hasta Toledo. Allí tomó la vía romana que conducía a Zaragoza hasta Sigüenza o Medinacelli. En uno de estos dos puntos tomó la calzada romana que llevaba hasta Osma. Cruzaron el rio Duero entre Inés y Olmillos (si venían de Sigüenza) o en Vadorey (si venían de Medinaceli). Una vez en Osma siguieron la calzada romana hasta Clunia, donde torcieron al oeste por la calzada romana de Cantabria que conducía directo hasta Amaya, pasando el Arlanza por Tordomar, el Arlanzón por Pampliega, entrando en la gran llanura del Pisuerga por el boquete de Castrojeriz, atravesando el Odra por el puente de Matajudíos y el Pisuerga por Melgar.
Una vez allí, avanzaron hacia el noroeste rápidamente durante tres días hacia Amaya para sorprenderla. Amaya emerge imponente en la llanura amarillenta desde muchos kilómetros de distancia. Sus proporciones se agigantan conforme uno se acerca. Es una peña de unos 300 metros de altitud, 1000 metros de larga y unos 500 metros de anchura. El rio Odra y otros arroyos le sirven de foso. Su cumbre, plana, es suficiente para mantener un buen ejército. En un extremo se erguía un castillo. Ante su visión el general Abd al-Malik ibn Al-Abbas decidió no atacarla y entrar en tierras del norte de Castilla. Eligió como punto de entrada la Hoz del "Paradiso", defendida por cuatro fuertes, que permitía el acceso a los valles de Ordejón y de Humada y tomar la calzada romana en dirección a Mena. Tras atacar y arrasar los fuertes, el ejército musulmán cruzó los dos de kilómetros y medio que mide la hoz, y entró en los verde valles norteños.
El ejército musulmán comenzó sus acostumbradas razzias, arrasando las tierras de cuatro condes: Rodrigo, de Castilla; Diego, de Oca; Gonzalo, de Burgos; y Gómez, de Mijancos. Abd al-Malik finalizó la campaña atacando el castillo de Salinas de Añana, en las tierras del conde Rodrigo de Castilla, situado a mitad del curso de los ríos Omecillo y Bayas en su camino al Ebro, dominando el acceso a las tierras vizcaínas. Una vez desmantelado el castillo y arrasados sus muros, Adba al-Malik se inició la retirada por la calzada romana de Astorga a Burdeos, que tomaron bajando por uno de los dos rios citados. Llegaron al valle de Miranda, cerrada planicie entre montañas que cruza el rio Ebro desde Sobrón hasta las Conchas de Haro. Para dirigirse hacia Córdoba el jefe musulmán tenía cuatro posibilidades:

En el extremo este, podía adentrase en la Rioja cruzando el Ebro por el estrecho paso de las Conchas de Haro, situado entre los cerros de Buradón y Bilibio.

En el extremo oeste, podía dirigirse hacia la Bureba y Burgos a través del desfiladero de Pancorvo, que podía cerrar un puñado de hombres valientes y decididos.

Por el centro, podía cruzar el Puerto de la Morcuera en dirección a Sajazarra; pero el paso es muy alto y atravesarlo exigía un considerable esfuerzo militar.
También por el centro, podía atravesar la ancha y llana garganta de la Hoz de la Morcuera en dirección a Foncea y Cellorigo por un camino de suave pendiente y entre montañas.

Cualquiera de las dos últimas rutas le adentraban en la Rioja, donde podía tomar la Vía Aureliana hasta Logroño. Una vez allí podía bajar hasta Zaragoza por las tierras de los Banu Casi, o esquivarlas dirigiendose hacia el Duero por las calzadas romanas que acababan en Numancia. Abd al-Malik ibn Al-Abbas eligió salir del valle de Miranda por la Hoz de la Morcuera. Este era el camino habitual de los ejércitos musulmanes y por él discurría una vieja calzada romana.
La Hoz de la Morcuera tiene una longitud de dos millas romanas, de entrada dificil, una vez superada ésta la hoz discurría entre cerros redondeados que dejan espacio a un valle que en algunos sitios alcanza la anchura de unas quinientas varas, y con un par de curvas que sirven para preparar emboscadas en ellas. Al final de la hoz se alza un cerro que alarga su borde hacia el oeste y avanza a modo de talud hasta alcanzar el cerro de enfrente. Fue en este lugar donde el conde Rodrigo de Castilla decidió desplegar a sus hombres para cortar la retirada a los musulmanes.
Mientras Abd al-Malik razziaba sus tierras, el conde Rodrigo preparó y fortificó con trincheras la defensa de la hoz, llamada Al-Mukwiz por los musulmanes. Si éstos elegían otro paso para salir del valle de Miranda, podía atravesar la hoz y atacarles por la retaguardia en menos de una hora mientras efectuaban el cruze por el paso elegido. Los musulmanes dividieron sus fuerzas. Abd al-Rahman, el hijo del emir, instaló un campamento junto al rio Ebro, que discurre una millas al norte de la hoz. Abd al-Malik desplegó sus tropas en orden de batalla frente a las de Rodrigo.
El miércoles 8 de agosto de 865 comenzó la batalla. Los musulmanes atacaron de frente a los cristianos. Estos aguantaron la acometida en las trincheras y se entabló una lucha encarnizada. Durante horas nadie cedió terreno, pero al cabo los cristianos se vieron obligados a retroceder empujados por la superioridad numérica del enemigo y se acogieron a la segunda línea de defensa: el cerro del extremo final de la hoz. Con el foso y la trinchera en poder del enemigo, los cristianos combatieron en la colina. El combate seguía siendo duro, y al llegar la noche aún no se había decidido. Los musulmanes pararon sus ataques y establecieron su campamento frente a los castellanos y alaveses.
A la mañana siguiente los musulmanes reanudaron el combate. Pero los cristianos pronto cedieron ante el empuje de las tropas de Abd al-Malik. Volvieron la espalda al enemigo, se desorganizaron y huyeron en desbandada perseguidos implacablemente por los musulmanes. Estos hicieron una espantosa carnicería entre sus enemigos, y apresaron gran número de combatientes que llevaron cautivos a Córdoba. De los que huyeron, muchos murieron ahogados en el Ebro al tratar de cruzarlo por la zona de Haro. La matanza acabó hacia el mediodía y Adb al-Malik pudo regresar victorioso a Córdoba con las cabezas de sus enemigos clavadas en la punta de sus lanzas.
Las bajas del conde Rodrigo, que actuaba como segundo del rey Ordoño I, fueron considerables. Las crónicas árabes hablan de unos 20.000 infieles muertos. En cualquier caso, la derrota sufrida fue lo suficientemente grave como para retrasar algunos decenios la repoblación cristiana de aquellas tierras e impidió el avance de Ordoño y Ramiro hacia la Rioja.
Claudio Sánchez Albornoz. Orígenes de la nación española. SARPE. Madrid, 1985, páginas 247-252.

Batalla de Atapuerca (1 de septiembre de 1054). Batalla que enfrentó en 1054 a los reyes y hermanos, García III de Navarra y Fernando I de Castilla,

A la muerte de Sancho III el Mayor de Navarra, ocurrida en 1035, sus hijos heredaron sus estados: al primogénito le correspondió el reino de Navarra, donde reinó como García Sánchez III; al segundogénito, Fernando, le correspondió el condado de Castilla, mientras que Aragón pasó a Ramiro I y los condados de Sobrarbe y Ribagorza pasaron a Gonzalo.
En 1037 Bermudo III emprende una guerra contra su cuñado Fernando (casado éste en 1032 con Sancha, hermana de aquél) resultando derrotado y muerto en un enfrentamiento que pasó a la historia como la batalla de Tamara o Tamarón. La muerte del leones sin descendencia, convierte por matrimonio a Fernando I en rey de León, aunque no entró en en aquella ciudad hasta el mes de junio del año 1038. En la batalla de Tamara Fernando contó con la ayuda de su hermano García III de Navarra bajo la promesa de entregarlos territorios castellanos comprendidos entre Oca y Burgos; desde Briviesca hasta el valle de Urbel; desde Castrobarto hasta Bricia, al sur de Reinosa, y desde el Nervión hasta Santander integrando al viejo reino astur en el reino navarro.

Primera versión


Según el Monje de Silos escribió sobre la vida de Alfonso IV, hijo de Fernando I, más de medio siglo después de que se desarrollaran los hechos. Su versión es que la envidia devoraba el corazón de García, y movido por ella no dudó en atentar contra la vida de su hermano Fernando aprovechando una visita que hiciera éste a Nájera con motivo de una enfermedad de García que le tuvo cerca de la muerte. Poco después, para hacerse olvidar su atentado o para sincerarse de él, García fue a visitar a Fernando en su corte, "más para disimular su frustrado crimen, que para consolar a su hermano". Lleno de ira al verle, Fernando hizo que le cargasen de cadenas y mandó que le encerrasen en una torre de Cea. El navarro logró escaparse y deseando vengar la injuria, declaró la guerra a su hermano.
La historia nos presenta la personalidad del monarca navarro como visceral y poco reflexiva, y plantea la disputa de la causa mediante una guerra. Fernando I de Castilla, al parecer más sensato, intentó varias veces solucionar el problema mandando embajadores y procurando acuerdos, todo para evitar el litigio. Pero el navarro los rechazó a todos y la guerra no se pudo evitar.
El 1 de septiembre del año 1054 las huestes castellanas y leonesas se encontraban en Atapuerca, a tres leguas al oeste de Burgos. Fernando atravesó, aunque poco, los límites de su reino para salir al encuentro de su hermano. Según el Silense, García tenía en su ejército fuerzas auxiliares moras, y tal vez le ayudara su hermano Ramiro I de Aragón. En los Anales Compostelanos podemos leer: "En la era hispana de MLXXXXII (que, sin que nadie explique porqué, cuenta con 38 años más que la era cristiana), el primer día de septiembre fue matado el rey García, luchando con su hermano el rey Fernando en Atapuerca, por un caballero suyo, llamado Sancho Fortún, a quien había injuriado con su mujer". Desde entonces, el lugar del campo de batalla fué conocido como "el campo de la Matanza".
El "amo" del rey, Fortún Sánchez, no quiso sobrevivir a aquella desgracia, y buscó la muerte arrojándose entre las mesnadas enemigas. También debió terminar allí la vida del viejo servidor del rey, Sancho Fortún Ochóiz, señor de Cantabria. El mismo asesino, que se puede identificar con Sancho Fortún señor de Funes hasta poco tiempo antes, debió perder la vida tras su asesinato.
La Crónica Najerense, sin embargo, nos habla de unos parientes fideles del rey difunto Bermudo que, empujados por su hermana la reina Sancha, se lanzaron furiosamente hacia el rey García, acción contraria a la intención manifestada por Fernando de capturar vivo a su hermano.
Tal vez el rey castellano quedó aterrado por el inesperado desenlace de la batalla y renunció a perseguir a los navarros. Tal vez éstos, lejos de perder la serenidad, supieron defenderse hasta que el comienzo de la noche separó a los combatientes. El hecho es que los navarros tuvieron ánimo, no sólo para recoger el cadáver de rey y llevarle a enterrar en Nájera, sino también para aclamar en el mismo campo de batalla a su hijo y sucesor Sancho Garcés IV, que llevaría en la Historia el nombre triste de Sancho de Peñalén y que entonces debía de ser un adolescente de unos 15 años.

Segunda versión

Fernando I pretendía las comarcas de las Asturias de Santander, Castilla la vieja, Briviesca (Bureba) y parte de la Rioja, cosa que el de Nájera no estaba dispuesto a ceder. Enfermo García fue visitado por su hermano, quien sospechando que aquel le quería prender, se puso a salvo rápidamente. García, al parecer inocente de esas acusaciones, y para demostrar su buena disposición, sabiendo más tarde que Fernando estaba enfermo en Burgos fue a verlo. El castellano le apreso en el castillo de Cea, sin embargo el navarro logro huir. Resuelto a vengar la injuria, García llamó en su ayuda a algunos moros y con ellos y su gente entró en Castilla armado contra su hermano. Aunque en Atapuerca trataron de ajustarse a razones, se llegó por fin a las armas. Dos soldados de García traidores a su rey (uno de ellos llamado Sancho Fortun), llegaron hasta él hiriéndole mortalmente. Al poco tiempo murió y todos los suyos huyeron.
Su hermano Fernando I concedió que enterrasen el cuerpo en la iglesia de Santa María de Nájera, construida años antes por orden del muerto. Tras la batalla se apoderó de los teritorios que pretendía: Briviesca, Montes de Oca y parte de la Rioja. Fernando I llegó hasta Nájera y se apoderó de todas las tierras y poblaciones de la derecha del Ebro. Desde entonces la Bureba y la Rioja se incorporaron definitivamente al reino de Castilla, cuya frontera oriental alcanzó el rio Ebro. Además de las pérdidas territoriales, la derrota supuso para Navarra el reconocimiento de vasallaje del nuevo monarca navarro Sancho Garcés IV, el de Peñalén, ante el rey castellano.

Noticia sobre El Cid

En algunas fuentes se habla de la presencia del Cid Campeador en la batalla. Este dato no se sostiene puesto que éste al parecer, nació en el año 1048 (aunque otros sugieren el año 1043), y no parece lógico que una criatura, que, como mucho tuviera 11 años de edad, y siendo como era de buena familia, fuese reclutado para la lucha. Sin embargo, podemos asegurar que el padre del Cid, Diego Laínez, fuera un general que con sus huestes formara parte del ejército de Fernando I. Está documentado que Diego Laínez consolidó la recuperación de la Bureba para Castilla en los meses siguientes a la batalla de Atapuerca.
Academia de Infantería. Historia Militar. Segundo curso. Guadalajara, 1945. Página 100.
Diccionario Enciclopédico Espasa. Editorial Espasa-Calpe. Madrid.